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España ya 'reconocía' a Palestina

Adolfo Suárez recibe a Yasir Arafat en la Moncloa durante una visita oficial del presidente palestino en 1979.
Adolfo Suárez recibe a Yasir Arafat en la Moncloa durante una visita oficial del presidente palestino en 1979. / Efe
  • Siempre ha existido una solidaridad con la resistencia nacional palestina y la audaz decisión de Adolfo Suárez para sacralizarla, al recibir a Arafat, nunca fue cuestionada

El próximo martes está previsto celebrar un pleno del Parlamento español para votar una explícita exhortación al Gobierno de que reconozca ya el Estado palestino. Apuntada la iniciativa por el PSOE (como en Francia, donde ha sido cosa del PSF o en Gran Bretaña, de inspiración laborista), también aquí sucederá lo mismo que en los países mencionados: una holgada mayoría parlamentaria aprobará o no se opondrá al reconocimiento… por la buena razón de que esa conducta tiene un amplio respaldo social.

El caso español merece una puntualización para señalar que aquí se mostró más simpatía y más perspicacia que en Europa: Madrid siempre se solidarizó con la resistencia nacional palestina y la audaz decisión de Adolfo Suárez para sacralizarla al recibir calurosamente a Yasir Arafat, líder indiscutible del movimiento palestino hasta su muerte en 2004, nunca fue cuestionada por los sucesivos gobiernos.

En cierto modo y a efectos prácticos, esa fecha, el 13 de septiembre de 1979 exactamente, Palestina existió. Fui testigo directo de las evidencias materiales del hecho: la OLP dejó por fin su modestísima y atestada oficina de una habitación en la sede de la Liga Árabe y se trasladó a unos locales decentes en la calle Zurbano. En la ventana central de los mismos ondeó desde entonces la bandera palestina, que izó Arafat en persona, y se concedieron a la representación palestina las inmunidades de rigor y las facilidades propias de los status diplomáticos.

Continuidad ininterrumpida

Era ministro de Asuntos Exteriores Marcelino Oreja, de la escuela ‘castiellista’, quien –bien asesorado por diplomáticos muy versados y de mérito, Pedro López Aguirrebengoa en cabeza– no hizo a fin de cuentas más que solemnizar lo que era la tradición de los sucesivos gobiernos desde el fin de la guerra civil: una comprensión de las causas árabes y el no reconocimiento de Israel, que se había ilustrado un poco más de la cuenta, en sostener el boicot a España en la ONU. En el palacio de Santa Cruz se tenían muy en cuenta las diatribas anti-españolas de su embajadora en la ONU, Golda Meir, que sería después primera ministra en Israel y su ‘dama de hierro’.

La decisión fue, sin embargo, algo más que coherente y supe en su día que la mano personal de Adolfo Suárez, que yo sepa en sintonía con Zarzuela, jugó un papel central. El intuitivo presidente del Gobierno supo que ya entonces el pueblo que le dio su voto en dos elecciones generales, simpatizaba con la causa palestina: él, por tanto, hizo lo que le pedía su corazón y le permitía su cabeza. Solo hubo, como era de esperar, reacciones esporádicas de los círculos pro-israelíes. Por lo demás, como estaba también previsto –y era de hecho cuasi obligado cara al ingreso en la CEE– el primer Gobierno socialista, con un ministro de Exteriores muy apreciado por los medios árabes, Fernando Morán, estableció relaciones con Israel en enero de 1986.

Es útil recordar aquí que cuando tal cosa ocurrió, Madrid difundió en un anexo una solemne ‘Declaración del Gobierno de España’ que reafirmaba su no reconocimiento de cualquier anexión de territorio palestino ocupado a partir de 1967 y su defensa de los derechos y aspiraciones del pueblo palestino, singularmente el de su autodeterminación.

¿Por qué tal tardanza?

Siendo esto así, el lector se preguntará por qué Madrid ha tardado tanto en hacer ahora lo que podría haber hecho antes. Pero esto tiene explicaciones políticas, jurídicas y de conveniencia diplomática general. La España de la CEE (y después de la UE) se vinculó a la conducta estándar de sus socios europeos que, entre tanto, habían ido aceptando oficinas paradiplomáticas palestinas en sus capitales y apoyaban la ya célebre (por los años que han transcurrido desde su inútil teorización) fórmula de ‘dos Estados contiguos viviendo en paz y seguridad’… algo que Israel ha impedido con su política de anexión de Jerusalén-este y el Golán sirio, la erección del muro-frontera y la intensa colonización de territorios.

Lo que sucede ahora, la epidemia de resoluciones de los grandes parlamentos del mundo pidiendo a sus gobiernos el reconocimiento eventual de la ‘estatalidad’ de Palestina en los territorios ocupados, según decenas de resoluciones de la ONU, es una bomba de relojería diplomática y política por una razón sobrevenida y que da a lo sucedido una importancia capital: Washington no se opone (o si se opone formalmente es para guardar las apariencias porque la solución de dos Estados a partir de las fronteras del 67 es también allí la línea oficial).

Hay quien sugiere, incluso, y ‘se non è vero è ben trovato’, que todo ha sido solicitado por los norteamericanos, hartos de la intransigencia israelí, que compromete a fondo su papel como líder de toda coalición contra el terrorismo de inspiración islamista. Si la epidemia sigue, Israel será en poco tiempo un Estado que ocupa ‘otro Estado’ en tanto que inexorablemente será aceptado con pleno derecho en la ONU: algo inmanejable que le convertirá definitivamente en un ‘Estado apartheid’… con consecuencias devastadoras en las instancias penales y políticas internacionales.

Madrid lo tenía fácil: ni con el muy pro-israelí José María Aznar, amigo político y personal de Benjamin Netanyahu y familia, cambió el rumbo español. Ahora se reconfirma tras las iniciativas británica, sueca, irlandesa y francesa, que al final nos precedieron. “Esto, con el duque no habría pasado” me dijo un diplomático palestino ayer… pero, le respondí, más vale tarde que nunca.