Escalar la cumbre de las universidades, el ranking Shanghái

Biblioteca de la Facultad de Comunicación y Documentación, la que más ha 'escalado'. / Alfredo Aguilar

La UGR ha entrado por segundo año en el grupo de las 300 mejores, gracias a los esfuerzos en materia de investigación | La producción científica es clave para subir posiciones en este listado, determinante para establecer relaciones internacionales

JAVIER MORALES

Las universidades contienen el aliento cada año a mediados de agosto. Justo cuando la actividad en las facultades hiberna -valga la expresión- se hace público el 'Ranking Shanghái', un estudio que clasifica a los centros más prestigiosos del planeta atendiendo al nivel de su producción científica. No evalúa directamente la calidad de la docencia, pero es determinante de cara a atraer a estudiantes, profesores e investigadores extranjeros de prestigio cuyo trabajo, a su vez, 'suma puntos' en el ranking. Es una rueda. La Universidad de Granada entró en el 'top' de las 300 mejores hace un año, y ahora ha repetido. La cumbre del Shanghái queda aún lejos, pero el reto ahora no es seguir la escalada, sino mantener la altura.

Algo difícil. El Academic Ranking of World Universities (nombre real del Shanghái) se empezó a publicar en 2003, con la UGR entre los puestos 400 y 500, y se ha consolidado entre otras clasificaciones similares porque la comunidad universitaria internacional ha aceptado como estándares las variables que mide: son objetivas y no cambian de año en año. Además, el resto de clasificaciones suelen corroborar los resultados del Shanghái. Por todo ello, funciona como una especie de pasaporte. Cuando una universidad llama a las puertas de otra para proponer convenios de colaboración científica, intercambios de personal o alumnos, por ejemplo, la receptora de la oferta suele echar un ojo al ranking antes de valorar la propuesta. Estar arriba en la clasificación es sinónimo de prestigio. Y prestigio lo es de facilidad a la hora de entablar relaciones internacionales.

De ahí, en parte, que los primeros puestos estén siempre copados por las mismas universidades. Harvard (EEUU) no se ha movido nunca de la cabeza; Cambridge (RU), Stanford y Massachusetts (EEUU) se han sorteado el segundo y tercer lugar desde la primera publicación del ranking. Entre las 50 mejores universidades del mundo, una treintena son estadounidenses y el resto de la tarta se reparte entre sólo diez países. España no está entre ellos.

El presupuesto anual de Berkeley es equivalente a lo que dedica España a educación en los PGE

Meter cabeza en el 'lobby' de las más célebres es, hoy por hoy, imposible para los centros de nuestro país. Basta una comparativa en datos para entenderlo. La de California en Berkeley, en cuarta posición, es la primera universidad pública que aparece en el ranking. Fue fundada tres siglos después que la UGR. Pese a que la estadounidense tiene casi 40.000 estudiantes menos que la española, su financiación es seis veces mayor. La relación de presupuesto por alumno en la UGR supera los 5.000 euros, mientras que en Berkeley roza los 80.000. Este análisis es ingenuo y no tiene en cuenta las numerosas diferencias entre una y otra institución, pero basta para resumir las desventajas de Granada en esta hipotética confrontación. Un último dato: el presupuesto anual de Berkeley, unos 2.598 millones de euros, es lo mismo que dedica el Estado español a todo el sistema educativo en los presupuestos generales de este año.

Las limitaciones económicas son un obstáculo evidente de cara a atraer contratos de renombre y desarrollar investigaciones punteras. Una cuarta parte de la puntuación en el ranking de Shanghái corresponde al número de alumnos que hayan conseguido premios Nobel o Fields Medals (conocidos como 'los Nobel de las Matemáticas'). Aquí, el 'marcador' de Granada se queda a cero. La UGR sí saca pecho en cuanto a número de investigadores altamente reseñados en artículos científicos, con Salvador García, Francisco Herrera y Enrique Herrera-Viedma entre los 1.000 más citados. Los tres pertenecen al departamento de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial.

Informática abrió el camino

Este grupo, con base en la Escuela Técnica Superior de Ingenierías Informática y de las Telecomunicaciones ha ejercido como 'locomotora' de un tren que cada vez cuenta con más vagones. «En los últimos años pusimos más énfasis en intentar publicar en revistas muy buenas trabajos que tuviesen mucho impacto», explica Herrera-Viedma, vicerrector de Investigación y Transferencia. «Con dinero se puede hacer muchas cosas, pero yo no creo en eso, creo en crear una base científica grande», añade el vicerrector. En la UGR hay una apuesta decidida por el ranking que tratan de inocular departamento a departamento: trabajar artículos de gran impacto publicables en las revistas científicas más relevantes.

Aparecer en la prestigiosa 'Nature&Science', por ejemplo, es otro punto a favor en el ranking. La UGR no puede sacar pecho en este sentido: con 6.2 puntos, queda por debajo de la Pompeu Fabra (21), la Autónoma de Barcelona (13.2), la Complutense de Madrid (9.8) o la Politécnica de Valencia (7.5).

Entonces, ¿qué variables sostienen la presencia de Granada en el 'top 300'? Además del número de investigadores altamente citados, la cantidad de artículos científicos elaborados, que supone un 20% del total de la puntuación.

Con la ley sobre la mesa, ¿cabe alguna trampa para engordar las cifras? Se podría pensar que los investigadores universitarios elaboran gran cantidad de artículos científicos 'sencillos' -recopilaciones de información, por ejemplo- en los que hacen referencia a otros investigadores de la misma universidad para acrecentar la cuantía de publicaciones y citas. Pero, según argumentan desde la UGR, los requisitos para publicar en las revistas son sólidos y penalizan este tipo de intenciones que, además, no supondrían grandes variaciones dentro del ranking.

Aproximarse al pico del Shanghái, o al menos a sus últimos tramos, es garantía de reconocimiento en la esfera científica. Pero hay voces dentro de la UGR que advierten de que el empeño por atender a la producción científica, lo que puntúa en el ranking, puede ir en detrimento de la labor docente. Al fin y al cabo, los estudiantes, especialmente de grados -el grueso de la población universitaria- eligen universidad no por su excelencia investigadora, sino por la variedad y calidad de la enseñanza.

El conflicto entre investigación y docencia no es un asunto local. Desde hace años es un tema de debate en grupos como la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (Crue) o las Coordinadora de Representantes de Estudiantes de las Universidades Públicas (Creup). El desequilibrio reside en que la Aneca, organismo encargado de habilitar a los profesores universitarios, no cuenta con ningún sistema de evaluación de su calidad docente. Pero sí controla su actividad investigadora.

Tampoco hay clasificaciones aceptadas por la comunidad internacional, similares a la Shanghái, que puntúen a las universidades en función del valor de su enseñanza. No obstante, Enrique Herrera-Viedma establece una correlación entre éxito investigador y buen nivel docente. «No queremos que los profesores dejen de dar clase: hay que dar clase para transferir el conocimiento nuevo, la ilusión por aprender», agrega. El nuevo curso llega con un objetivo claro: asentar la posición. No es momento de seguir escalando, sino de aclimatarse a la altura.

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