Son miles las historias que se podrían contar de jienenses a quienes la crisis les ha roto sus esquemas de vida, tantas como parados hay en esta provincia. O incluso más, ya que en las listas de desempleados no suelen estar incluidos los estudiantes que están terminando la carrera y que tienen ante sus ojos un futuro lleno de incertidumbre y de pocas esperanzas. Es la ya comúnmente conocida como la generación mejor preparada de nuestro país. Titulados superiores que han hecho másteres, que tienen un buen nivel de idiomas y que poseen, además, una alta cualificación que, sin embargo, no encuentra hueco en un mercado laboral que ya casi ni les da oportunidades para hacer prácticas, mucho menos de ofrecerles un contrato medio digno.
Hay excepciones, lógicamente, pero la mayoría de los universitarios jienenses que están a punto de terminar sus estudios o que lo acaban de hacer se sienten perdidos, sin saber muy bien hacia dónde orientar sus pasos. Algunos creen que salir al extranjero es la única opción, otros, de hecho, ya han probado suerte y nos cuentan su historia desde su nueva ciudad. En IDEAL, hemos hablado con cuatro jóvenes que representan bastante bien a esa generación que es la mejor preparada y, sin embargo, la que ha salido peor parada.
Paradojas de la vida, cuanto Antonio Cobo, de 25 años, estaba planteándose qué estudiar, optó por Topografía porque entonces era una de las pocas carreras con menos paro. Muchos alumnos eran ya reclamados por las empresas para trabajar en segundo o tercer curso y eso le hizo pensar que por ahí podía enfocar su futuro. Hoy, apenas unos años después, ese sueño se ha esfumado y, como muchos otros titulados, los topógrafos también engrosan las listas del paro en un país donde la construcción ha caído en picado.
Actualmente, está terminando el proyecto fin de carrera y no para de darle vueltas a la cabeza sobre lo que hacer cuando acabe. Pensaba en buscar prácticas en España, pero ahora, asegura, «las empresas no quieren estudiantes a los que tengan que enseñar, sino gente con experiencia». Lo intentará, dice, pero lo ve complicado. Por eso se inclina más por la opción de marcharse fuera, y concretamente a Brasil, país emergente que cree que le puede brindar oportunidades.
«Hay empresas españolas que trabajan allí y lo ideal sería conseguir que me contrataran desde aquí y marcharme para allá, pero si no lo consigo, tampoco descarto la opción de hacer la maleta e irme», apunta. En ese caso, claro, debería contar con algunos ahorros y por eso lleva tiempo trabajando en un restaurante de comida rápida. «Me voy sacando un dinerillo, pero de eso tampoco se puede vivir», señala Antonio. Al mismo tiempo, también mejora su inglés y cree que en Brasil no tendrá problemas porque estuvo de Erasmus en Portugal y domina algo el idioma. En definitiva, ve la situación «difícil, pero no imposible». Para él «hay una salida, aunque lejana», y no le importa irse «a miles de kilómetros para encontrarla». Si se queda aquí sabe que le pasará como a muchos de sus amigos, «todos andan perdidos, algunos están haciendo una segunda carrera, otros preparan oposiciones, pero con los recortes tampoco salen plazas, no tenemos nada».
Con 26 años, Ángela Romero va por su segunda carrera. Terminó Relaciones Laborales y, como no tenía oportunidad de trabajar, decidió seguir estudiando. Ahora está acabando Ciencias del Trabajo y, de momento, sólo ha tenido oportunidad de hacer algunas prácticas y de desempeñar algún puesto de trabajo esporádico que ni siquiera estaba relacionado con su formación.
Cuando se le pregunta por el futuro, asegura que lo ve «muy difícil» y no duda en calificar la situación de «alarmante». Por un lado, se había planteado hacer unas oposiciones, «pero si lo privado está mal, lo público no está mejor, no convocan apenas plazas y es prácticamente imposible». También piensa en hacer el doctorado, es decir, estudiar dos años más, pero tampoco termina de encontrarle el sentido. Además, dice, «aunque la formación no ocupe lugar, voy teniendo una edad en la que me apetece salir de casa de mis padres, independizarme, incluso casarme y tener hijos, pero es algo que ni siquiera puedo plantearme en la situación en la que estoy», lamenta.
En alguna ocasión, también se le ha pasado por la cabeza irse fuera de España, concretamente a Alemania, donde parece que está la solución, pero de momento lo descarta por su situación familiar. Eso sí, tiene claro que hay que saber idiomas para poder aspirar a un buen trabajo. Pero no sólo eso, recuerda, «también necesitamos experiencia y nadie nos la da». Es consciente de que «cuando empiezas a trabajar sin experiencia no se puede pretender cobrar un sueldazo», pero eso es una cosa, dice, y «otra abusar de los jóvenes, como se hace».
Ella, como muchos de sus compañeros, jamás se imaginó cuando comenzó a estudiar que se encontraría con esto. «Siempre pensé que si no era en el sector público, sería en lo privado, pero ni en uno ni en otro, es imposible», señala. Respecto a si ha pensado en emprender, explica que sí, que también se lo ha planteado, pero vuelve a lo mismo. «Si no tengo experiencia, no puedo hacer nada, es alarmante».
Está acabando Administración y Dirección de Empresas en la UJA y, gracias a una beca 'Erasmus', Azahara Lorite, de 24 años, se encuentra actualmente en Novara, una ciudad del Piamonte italiano. Le han ofrecido una beca para continuar allí algunos meses y aun no sabe lo que hará. Asegura estar muy a gusto y se ha sorprendido de que los extranjeros sean muy admirados en la ciudad en la que vive. «Supongo que es porque somos capaces de hablar tres idiomas, en mi caso, inglés, italiano y español», indica.
No obstante, a Azahara le gustaría regresar a España y poder trabajar aquí, «si no en mi ciudad, al menos sí en mi país», pero también tiene claro que si no lo consigue volverá a hacer su «maleta de 25 kilos y me iré allí donde encuentre un trabajo», recalca. Reconoce que Italia le tira mucho, que, a pesar de que la situación allí es casi igual que aquí, «aunque la gente es mucho menos reivindicativa y se conforma con todo», dice, también es cierto que «las universidades italianas valoran mucho un título español», por lo que, intuye, no le sería difícil encontrar trabajo.
Y aunque es consciente de que tener un buen expediente y saber idiomas abre muchas puertas, también cree que «hay que tener carisma para utilizarlos». En cualquier caso, en opinión de Azahara, «los jóvenes son los más castigados por esta crisis, nos explotan con algunos trabajos por 400 euros porque es a media jornada y nos piden una experiencia que nunca tendremos si nadie nos da una oportunidad». Las empresas, dice, «no quieren becarios, le sobran trabajadores».
El caso de Alejandro Avilés es, quizás, la excepción que confirma la regla. Este joven estudiante de Ingeniería Informática está pasando el cuatrimestre en Japón, concretamente en la Tokyo University of Science. Allí está realizando una investigación de Swarm Intelligence (Inteligencia de Enjambre), una rama de la inteligencia artificial. Está a punto de acabarla y, con un poco de suerte, señala, será publicada. En unas semanas estará de vuelta a Jaén para dedicarse al proyecto fin de carrera y comenzar así una etapa que, aunque califica de «delicada», no ve tan negra como la mayoría de chicos de su edad.
Asegura que se hace muchas preguntas, no sabe si «comenzar el largo camino del doctorado, malvivir de becas y prácticas hasta que suene la flauta o salir a la aventura con la esperanza de encontrar un puesto con el que meter la cabeza en el mercado laboral». En cualquier caso, tiene claro que quiere que sus pasos le lleven «lejos, no necesariamente en el sentido geográfico, pero lejos, no me conformo con poco», apunta.
No considera el autoempleo como algo descabellado, aunque ahora mismo no dispone de los fondos para embarcarse en una aventura así, «quizás más adelante». También le motiva «formar parte de grandes proyectos que aporten algo a la sociedad» y en ese sentido explica que tiene un buen amigo en el CERN, en Suiza, «deseando verme por allí».
Tras haber estudiado primero en Estados Unidos y ahora en Japón, gracias a las ayudas de movilidad internacional de la Universidad de Jaén, la idea de levantar las raíces de Jaén o de España no se le hace tan extraña, «que no por ello menos dolorosa ahora que sé de primera mano lo que es dejar atrás tu vida y seres querido a muchos kilómetros». Cree que vivir en el extranjero puede tener sus ventajas «si tienes la formación suficiente y te adaptas bien», aunque le parece «bastante desalentador para el futuro del país que muchos, y bien cualificados además, nos estemos planteando ésta como la opción más prometedora para triunfar». Le recuerda «a otros tiempos», dice.
Aun así, no le gusta el «tremendo derrotismo» que se vive en España. Considera que la fórmula para triunfar es «apuntar alto y tensar bien la cuerda; fuerza de voluntad y voluntad de éxito, en otras palabras». Cree que «siempre hay oportunidades para el que sabe buscarlas con determinación». No duda que se pueda triunfar en España, «solo que las circunstancias no ayudan», apostilla.
Tener un buen expediente y dominar el inglés es fundamental, afirma, pero también «saber hablar y expresar bien las ideas, puro marketing». Esas son las claves para este optimista que confía en las oportunidades que ofrece la informática y que espera «no sólo tener suerte, sino conseguir construírmela cada día».