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Guardiola-Mourinho: Tal para cual

SOCIEDAD

Guardiola-Mourinho: Tal para cual

Uno follonero y otro comedido, apasionados ambos, Mourinho y Guardiola tienen más cosas en común de lo que aparentan

20.04.11 - 02:04 -
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JOSEP GUARDIOLA. Pep, el insaciable

Cuando Pep Guardiola supo lo que se le venía encima, descolgó el teléfono y llamó a Xavi Pascual, entrenador de la sección de baloncesto del FC Barcelona. Pep quería saber cómo se podía mantener la tensión competitiva y la frescura mental jugando cuatro duelos casi consecutivos contra el Real Madrid, una circunstancia insólita para los futbolistas, pero habitual para los gigantes de la canasta. Nadie sabe qué remedios le recetó Pascual ni cuáles está aplicando Guardiola, aunque la anécdota ilustra el apetito voraz de Pep: un tipo insaciable y preguntón, que colecciona maestros y nunca se cansa de aprender.
Nada más colgar las botas, cuando meditaba si convertirse o no en entrenador, Guardiola viajó a Argentina para charlar con dos venerables patriarcas del fútbol, César Luis Menotti y Marcelo Bielsa. El catalán los había elegido como gurús y aterrizó en Buenos Aires sin reloj en la muñeca, dispuesto a beberse las reflexiones de aquellos dos profesores con la ansiedad de un explorador perdido en el desierto.
Según cuenta uno de sus grandes amigos, el cineasta David Trueba, cuando el Flaco Menotti vio llegar a Pep, tan agitado y sediento de consejos, se pidió un whisky solo, lo paladeó, encendió un cigarrillo, envolvió su respuesta entre virutas de humo y, con mucha prosopopeya, le animó a sumarse a su cofradía. «Así -le espetó- nos repartiremos los palos». Días después, el Loco Bielsa le convidó a un asado tradicional argentino en su casa de campo. Estuvieron once horas hablando. Once. En aquella conversación oceánica, Bielsa dejó caer a su inesperado alumno que, cuando entrenaba a un equipo, jamás concedía entrevistas. Le parecía injusto primar a los grandes grupos de comunicación y marginar a las pundonorosas emisoras de segundo o tercer nivel. Cuando Guardiola se sentó en el banquillo azulgrana, se arriesgó a seguir la misma pauta.
Si hubiera fallado, como pronosticó Menotti, le habrían llovido los palos. Pep proyecta una imagen tan perfecta (tan justa, tan objetiva, tan elegante, tan educada, tan amable, tan seductora) que resulta difícil no cogerle algo de manía. Una manía irracional y estúpida, sí, como la que despierta el alumno que saca todo sobresalientes, juega muy bien al fútbol y además es guapo, cortés y simpático, pero una manía peligrosa. Quizá por eso Guardiola coquetea con la retirada y apuesta por firmar contratos cortos, de año en año: sabe que hay muchos lobos con los colmillos afilados esperando un tropiezo, por leve que sea. Algunos periódicos deportivos pagarían millones por encontrar alguna esquina turbia en el carácter de Pep Guardiola, pero, de momento, apenas pueden esgrimir un par de lapsus sin demasiada importancia.
Coquetos y sobrios
Mourinho y Guardiola han creado personajes antitéticos: el portugués se ha construido una fachada excesiva, atormentada, confusa, llena de aguijones y de estalactitas; el catalán ha buscado unas líneas más puras, rectas y luminosas, sin recovecos apreciables. Sin embargo, el apabullante barroquismo de José y el minimalismo posmoderno de Pep esconden interiores semejantes: ambos sienten el fútbol con pasión febril, ambos se casaron con su novia de la adolescencia, ambos protegen a sus familias del embate de la fama, ambos son cultos, inteligentes, coquetos y políglotas, ambos exigen disciplina, ambos trabajan de sol a sol, ambos prefieren la sobriedad a la ostentación, ambos tienen el don de la palabra, ambos, en fin, suelen recibir el elogio casi unánime de sus discípulos. Tal vez por eso, cuando el destino los unió, hicieron buenas migas: el capitán y mediocentro del Barcelona, Guardiola, era uno de los frecuentes interlocutores de José Mourinho, el entonces ambicioso ayudante del técnico azulgrana, Bobby Robson.
Aquellos dos muchachos, convertidos hoy en los entrenadores más famosos del mundo, mantienen desde el sábado un formidable duelo psicológico, como si fueran pistoleros que se fulminan con la mirada antes de desenfundar. Durante estos días, Pep se devana los sesos inventando estrategias, tramando emboscadas, analizando mil vídeos y dibujando cruces en pizarritas. Quizá se distraiga unos minutos leyendo versos de Martí i Pol, oyendo canciones de Lluis Llach o escuchando las historias del colegio que le cuentan por la noche sus tres hijos, Marius, María y Valentina; pero no puede descansar. El fútbol le obsesiona, le consume por dentro como una enfermedad irremediable. Ya llegará el momento de cortar por lo sano y de marcharse a su adorada Italia (o a su retiro campestre de Sant Vicenç de Montalt) con su familia y con la de su mejor amigo, Manel Estiarte; ya llegará el momento de probarse los nuevos modelos de Antonio Miró, de cogerse la última novela de Vila-Matas, de reírse con los cuentos de Quim Monzó o de escuchar el nuevo disco de Manel.
Ahora no. Ahora debe disparar.


JOSÉ MOURINHO. Mou, la máscara

Mi antipatía es una defensa». En las escasas ocasiones en que José Mario dos Santos Mourinho Félix accede a hablar sobre sí mismo, lo primero que deja claro es que Mou, el entrenador, es un personaje, una máscara, un guiñol armado para el banquillo, listo para el consumo inmediato de las cada vez más vociferantes turbas de los estadios. Las hinchadas rivales esperan al tipo hosco, prepotente, chulo, volcánico y malencarado que han prefabricado los tabloides y él les ofrece un producto recién horneado. No le importa.
«El problema es cuando alguien que me conoce habla mal de mí... Los otros tienen todo el derecho a insultarme. El fútbol me ha dado tantas cosas buenas que tiene todo el derecho a darme alguna mala», ha declarado el técnico portugués.
Hoy dejaremos de lado el mundo de la pizarra, las tácticas y 'La Biblia', como llama el muy católico Mourinho a sus informes sobre los equipos rivales, estudios que, encuadernados y ordenados, ocupan un archivador de su domicilio. Hoy vamos a presentar a un tipo chiflado por los perros (tuvo dos pastores, 'Gullit' y 'Rijkaard', bautizados así por la pasión que Mou profesa por el fútbol holandés), los trajes y los deportivos italianos. Un personaje que, en su primera rueda de prensa inglesa, se presentó como 'the special one', un tipo especial. No es raro. Si escriben Mourinho en Google, obtendrán 40.700.000 resultados. De Guardiola aparecen 17 millones de referencias. ¿Y de Zapatero? Pues apenas 22.900.000. En el Real Madrid cobra 10 millones de euros por temporada. ¿Especial?
El pasado mes de enero, cuando José Mourinho acudió a recoger a Zurich el Balón de Oro que la FIFA le concedió como mejor entrenador del año, vestía como un dandy de pelo cano: camisa levemente desabotonada, corbata gris grafito de nudo grande y un traje italiano de Brioni (7.000 puntadas, 440 manos y 22 horas de trabajo) que le proporcionaban el aspecto de un maduro galán. El jefe de la manada cuida los detalles. Todos los detalles. Sus éxitos se sustentan en la inteligencia emocional, en una personalidad arrolladora y en el talento para relacionarse con unos jugadores («me ocupo de la gestión de egos»), que le admiran y estarían dispuestos a matar por él. Defiende Mourinho que la autoridad más eficiente es la que surge de la admiración.
De Ferrari y botines
A diario viste el chandal Adidas, un diseño único con sus iniciales marcadas en el lado derecho o el traje que Pedro del Hierro, la marca del Grupo Cortefiel ha cortado para el Real Madrid. Eso sí, en el banquillo, siempre trajes grises con camisas negras o en tonos pizarra. Calza botines de ante, elegantes, pero con suelas de caucho para aislar a este tipo enteco del frío cemento del banquillo y de la humedad del césped.
Alguien se preguntará ¿es friolero Mourinho? Como casi siempre aparece con una bufanda gris al cuello... Puro marketing. La bufanda es de Armani, para quien Mou es una especie de modelo volante. ¿Y el reloj? También publicidad. En sus apariciones públicas Mou usa un gran y deportivo Tag Heuer Microtimer con correa de caucho, un modelo que ronda los 4.000 euros, aunque Mourinho prefiera las grandes complicaciones de la relojería suiza y francesa para su muñeca cuando abandona los estadios.
En Madrid el míster ha escogido un Audi A7 Sportback, un coupé negro de 5 puertas y 245 caballos, puesto por el patrocinador. Pero el hombre de mundo seducido por la dolce vita italiana tiene en el garaje de casa un Ferrari Scaglietti, diseño Pininfarina, bautizado en honor del artesano que ideó la carrocería del Testa Rossa, que suma 540 caballos y consume 20,7 litros a los cien. Su escudería se completa con un Mini y con un gran Cadillac para acomodar a la familia.
En Madrid, los Mourinho viven en la casa de Alejandro Sanz (20.000 euros de alquiler mensual), en La Finca (Pozuelo de Alarcón), considerada por algunos como la urbanización más exclusiva de Europa para nuevos ricos. Tiene por vecinos a Cristiano Ronaldo, Benzemá, Kaká (que pagó por un chalet gemelo al de su entrenador 7,2 millones de euros), Fernando Torres, Agüero, Guti y Raúl. Son 1.400 metros cuadrados construidos, obra del arquitecto Alfonzo Azqueta. El estudio A-cero se encargó del interiorismo.
Mourinho (Zé, en familia) está casado con Matilde Faria (Tami, «la mejor entrenadora del mundo, la que manda en casa»), a la que conoció con 14 años en Setúbal, donde pasaba los fines de semana. Es hija de un 'retornado', un comerciante que hizo fortuna en Angola y que retornó arruinado a Lisboa. Tienen dos hijos que estudian en el ASM, el Colegio Americano de Pozuelo, en la carretera de Aravaca. Se llaman Matilde y José. El crío juega en el Canillas, de portero, como su abuelo paterno.
Dicen que Cristiano Ronaldo sería la traslación de Mou al césped. Pero su auténtico mariscal de campo, quien reproduce sus órdenes allá abajo, es Ricardo Carvalho, otro portugués inquebrantable de hueso y pedernal.
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