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La estatua fusilada

ESTATUAS Y MONUMENTOS

La estatua fusilada

10.04.10 - 02:24 -
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Cuando se acometieron las últimas obras de la Plaza de Andalucía de Úbeda, que implicaron la construcción de un aparcamiento subterráneo y la destrucción de la plaza, salió muy mal parado el más bello monumento escultórico de la ciudad: el levantado en honor del general Leopoldo Saro, Conde de la Playa de Ixdain, según la leyenda situada a los pies de la estatua de bronce. Se retiraron la estatua y su espléndido basamento de piedra sin mucho cuidado, y con aún menos cuidado se almacenó esta obra de Jacinto Higueras en unos depósitos municipales, donde con el paso de los años acabaría desapareciendo hasta la cabeza de la Victoria. Y es que así -almacenada, olvidada- permaneció la estatua de Saro siete años, acusada de ser un «símbolo del franquismo». El propio Muñoz Molina señaló, hace unos meses, que «algún analfabeto con cargo municipal -en la política española el analfabetismo es un mérito casi tan valorado como la desvergüenza- debió de pensar que siendo de un militar tenía que ser de un militar franquista». Luego, milagrosamente, acabó imponiéndose la cordura y la estatua agujereada de Leopoldo Saro -que nunca pudo ser franquista porque fue fusilado, en Madrid, el 19 de agosto de 1936- volvió al centro de la plaza que un día llevó su nombre, y un tallista local hizo una nueva cabeza para la efigie de la Victoria y agua de la fuente vuelve a lamer los pies musgosos del ángel de la Paz...
Pero, ¿qué hizo un hombre nacido en Camagüey, en enero de 1878, para que Úbeda le levantara un monumento tan principal, encargado a uno de los más grandes escultores del momento?
Hijo de un coronel destinado en Cuba, el jovencísimo Leopoldo Saro ingresa en la Academia de Toledo y en 1895 es destinado a su país natal, donde destaca por su valentía. Sale de Cuba poco antes del Desastre de 1898 y se reencuentra con la guerra en Melilla: su arrojo en el desastre del Barranco del Lobo le hace ascender a comandante y es a partir de ese momento cuando se intensifica su relación con Úbeda, ciudad a la que la unían íntimos lazos familiares.
Hijo adoptivo
Precisamente recién ascendido a comandante, y convertido en uno de los oficiales más prestigiosos del ejército, Úbeda lo nombra Hijo Adoptivo el 13 de abril de 1910. (El Ayuntamiento de Torreperogil lo nombraría Hijo Predilecto de la Villa en 1927.) Un Saro emocionado recibe el nombramiento en el mismo Salón de Plenos, y es despedido por una multitud en la puerta del Ayuntamiento con vivas a España, al ejército y al rey que el comandante contesta con un «viva Úbeda». A partir de ahí, la relación de Saro con Úbeda se intensificaría y Úbeda acudiría a su cada vez más influyente hijo adoptivo para pedir su intermediación en distintos asuntos. Así, recién nombrado teniente coronel -en 1912- el Ayuntamiento le pide que interceda para aumentar la dotación del cuartelillo de la Guardia Civil, lo que se consigue. Y en 1920, siendo coronel jefe del Regimiento de Infantería del Rey, la banda del mismo llega a Úbeda para hacer más esplendorosos los actos de la Feria de San Miguel. Y cuando en 1921 es ascendido a general de brigada por su valerosa actuación en la guerra del Rif, Úbeda le regala un bastón de mando; y en 1923, cuando el general va nuevamente camino de África, la Corporación se desplaza a la estación Linares Baeza a recibirlo y la ciudad -donde hasta el comercio había cerrado- lo recibe como a un héroe...; y el 8 de septiembre de 1925 dirige una de las columnas que culminan el desembarco de Alhucemas -crucial para resolver el problema marroquí- y encomienda la acción a la Patrona de Úbeda, cuya festividad se celebraba ese día, y a su regreso le cede a la Virgen de Guadalupe su fajín de general de división, ascenso conseguido por su actuación del 8 de septiembre junto con el título de Conde de la Playa de Ixdain.
A raíz del golpe de Estado de Primo de Rivera y de la constitución del Directorio Militar, Saro se convierte en un personaje clave de la política española, lo que le permite influir aún más en beneficio de su tierra adoptiva. Es uno de los grandes valedores del ferrocarril Baeza-Utiel y consigue que se construya el Canal de la Comunidad de Regantes del Jandulilla. Pero donde de verdad se volcará a lo largo de la década será en Úbeda. De una manera u otra, la poderosa mano de Leopoldo Saro -uno de los 'caciques' principales de Jaén- está presente en la construcción de nada menos que cuatro grupos escolares y el Teatro Ideal Cinema; en la apertura de la Biblioteca Municipal, la Escuela de Artes y Oficios y el Parador de Turismo; y en la reconstrucción de la Casa de las Torres... Ante tal avalancha de consecuciones en tan poco tiempo, Úbeda no puede estar más que agradecida: el 28 de mayo de 1927, el Ayuntamiento bautiza con el nombre de 'Plaza del General Saro' la antigua Plaza de Toledo, centro de la vida ubetense; y el 11 de julio, la Comisión Permanente del Ayuntamiento decide rendirle un homenaje público. En ese momento surge la idea -que cuaja- de levantar una estatua en su honor. En 1928 el Ayuntamiento aporta 5.000 pesetas a la suscripción popular abierta para pagar el monumento y ya para entonces el gran pintor Tamayo había realizado un espléndido retrato de Saro. El agradecimiento es tan grande que la estatua se le encarga nada menos que a Jacinto Higueras, en plenitud de su fama.
Vicisitudes
Higueras realiza un extraordinario monumento para el General Saro, uno de los mejores que hay hoy en día en la provincia. En el magnífico basamento de piedra se aprecia, de un lado, la Victoria rodeada de soldados con gestos aguerridos y en ademán de lucha, empujando combativos hacia adelante; en el otro lado el sereno ángel de la Paz -de un clasicismo extraordinario y tocado con elementos militares, para destacar el mensaje, tan propio del momento, de que la paz fructífera es consecuencia de la lucha-, rodeado de obreros, jornaleros... (Todo este basamento, sobre todo en el lado de la Paz, se encuentra muy deteriorado por los distintos traslados que ha sufrido el monumento y especialmente por el trato a que fue sometido desde junio de 2000). Sobre esta mole de piedra se levanta la estatua en bronce del general, inclinado hacia delante, con el capote militar casi arrastrando y caído de uno de los hombros, y con la mano derecha sosteniendo los prismáticos con los que parece otear el horizonte, en plena dirección de una batalla. Fue inaugurado en 1930, pero pocos meses después, instaurada la República y abierto el torpe proceso de responsabilidades por colaboración con la Dictadura, el Ayuntamiento pide a la familia -así lo acuerda el 13 de mayo de 1931- que desmonte el monumento y se haga cargo de él. Los Saro así lo hacen y el monumento es instalado en la finca de 'El Teatino'.
En 'El Teatino' -mientras las milicias buscan por Madrid a Saro para fusilarlo- los anarquistas fusilan la estatua en el verano de 1936 y la arrancan del pedestal para arrojarla a la alberca en la que pasaría los tres años de guerra: todavía son visibles esas míticas 'heridas' de bala en la efigie de Saro, todavía están visibles en el bronce las manchas del agua verdosa. Nada más terminar la guerra, la estatua es rescatada y el monumento completo se instala en la Plaza del Mercado -bautizada por entonces como "Plaza del Generalísimo"- y el 17 de agosto la ciudad celebra un funeral en memoria de Leopoldo Saro en una abarrotada iglesia de Santa María. Y se le encarga a José María Tamayo que pinte un nuevo retrato del general -el anterior también había sido pasado por las armas-, ya con los atributos de general de división, que es el que hoy cuelga en el Salón de Plenos del Ayuntamiento.
Avanzada la dictadura franquista, el monumento del general Saro vuelve a trasladarse de sitio. Si somos maliciosos, debemos pensar que no debía hacer gracia a las autoridades franquistas que un general tuviese un monumento en una plaza del Generalísimo, porque eso podía hacer pensar a los menos duchos en los entresijos de la tiranía que el 'generalísimo' era Saro y no Franco. Así que a finales de la década de los 50, y con la excusa de poner en el centro de la Plaza del Mercado una estatua a San Juan de la Cruz, el monumento de Saro se vuelve a desmontar y se traslada a la Plaza del General Saro, hoy Plaza de Andalucía. Allí la conocería el niño y adolescente y joven que fue Muñoz Molina, y el General Orduña y su estatua fusilada y su plaza llena de personajes, forman parte imprescindible del universo literario de Mágina. Allí sigue hoy en día el monumento, aunque estuvo a punto de desaparecer fusilado y ahogado por la estrechez de miras y la ignorancia políticas.
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