Lo que dice Google Maps no va a misa

Subida complicada con el castillo de Segura de la Sierra al fondo. /Laura Velasco
Subida complicada con el castillo de Segura de la Sierra al fondo. / Laura Velasco

Un error en el sistema envía a los que van desde Segura de la Sierra a El Yelmo por una ruta maldita

LAURA VELASCOJAÉN

Cualquier millennial que se precie confía en Google Maps casi más que en su madre. Es nuestro salvador cuando tenemos que enfrentarnos a nuevos territorios. Con él, iríamos de Invernalia a Roca Casterly con bastante seguridad en el cuerpo. Y si hasta en reinos ficticios nos fiaríamos de sus indicaciones, cómo no hacerlo aquí, en la provincia de Jaén. Aunque un fallo suyo puede arruinarte un fin de semana. Como me ocurrió hace unos días con el desvío maldito de Google Maps.

A todos nos ha causado problemas más de una vez. Unas obras nuevas que no están registradas en su base de datos; una calle en dirección prohibida por la que él decide que sí podemos echar; o percances varios con el ‘redirigiendo’, es decir, cuando el GPS se vuelve loco y te cambia la ruta. Y te pones más nervioso que Frodo en una joyería.

Pero aún así, le hacemos caso. Si tu madre te dice derecha y Google Maps izquierda, creo adivinar a quién le haces más caso. Una fe ciega que podía encuadrarse hasta dentro de una religión. Y en la que hace unos días dejé de creer. Un desafortunado percance con sus indicaciones ha cambiado nuestra relación para siempre.

Los hechos se remontan al último fin de semana del año. Decidí pasarlo con mi amiga Ana en Puente de Génave con el fin de visitar algunos encantos de las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas. Ella tenía desde hace bastante tiempo un pack de dos noches de hotel y quería gastarlo conmigo –el pack en cuestión fue un regalo de su ex, así que gracias, Rubén. O con todo lo que nos pasó, no sé si darte las gracias o enviarte una maldición por tu gafe-.

La primera mañana de nuestra escapada decidimos invertirla en Segura de la Sierra, elegido recientemente como uno de los pueblos más bonitos de España, y con razón. Paseamos por sus calles y visitamos su castillo. Después, quisimos ir a El Yelmo, el emblemático pico con espectaculares vistas –que nunca llegamos a ver–. El problema comenzó ahí. Daré detalles para evitarle desgracias a futuros turistas. Salíamos del pueblo, dejamos a la derecha la famosa estatua de Jorge Manrique. Pues bien, si en ese punto introduces en Google Maps ‘El Yelmo’ y le pides que te guíe en coche... Estás perdido.

Salimos del municipio e hicimos unas cuantas curvas antes del fatídico desvío. El desvío a la izquierda que cambiaría nuestro fin de semana. El desvío maldito. Al principio, parecía un camino relativamente normal. Muy de campo, pero normal. Seguimos adelante. Dentro del camino había una bifurcación a la derecha, la cogimos. Teníamos programadas las indicaciones tanto en el móvil de mi amiga como en el mío, y ambas coincidían. No podíamos estar equivocadas. Para más inri, nos cruzamos con un risueño señor que nos saludó con la mano mientras cogíamos la bifurcación. Ya podía habernos dicho que no debíamos ir por ahí. Pero no lo hizo, y nosotras lo tomamos como otra señal de que íbamos bien.

El camino comenzó a ponerse feo. Bastante feo. Parecerá que recorrimos horas y horas por ahí, pero realmente bajamos el sendero durante 10 o 15 minutos. Pero fueron suficientes. Diría que a los siete minutos más o menos de bajar empezamos a pensar que podía ser que Google Maps nos hubiese equivocado. Piedras por todos lados, tierra y una estrechez cada vez más pronunciada. Y a nuestra izquierda, un hermoso precipicio por el que no queríamos caer. Así que decidimos actuar.

Yo ya llevaba unos minutos fuera del vehículo indicándole a Ana por dónde debía ir, ya que tenía que estar constantemente esquivando socavones, piedras enormes y el mencionado precipicio, claro. No había muchas opciones. O seguir adelante o ir marcha atrás. Elegimos la segunda. Nada. El coche no tenía suficiente fuerza como para hacerlo, ya que se topaba constantemente con piedras de todos los tamaños y las ruedas no se sujetaban bien al suelo. Cambio de planes. Había que dar la vuelta. Nuestro objetivo era entonces encontrar una parte del sendero que fuese algo más ancha para darle la vuelta al coche y subir de frente.

Un milagro

Según nos dijeron unas horas después, fue un milagro que lo lográsemos. Vimos una parte algo más amplia y decidimos girar el coche. Tras 30 maniobras, lo logramos. Ya solo quedaba subir. Al principio, con mis indicaciones y mucha paciencia logramos avanzar un tramo. Hasta que llegó el punto de inflexión, un punto que se prolongaría un par de horas más. El coche no avanzaba. La zona tenía tantas rocas y socavones que no podía apoyarse en ningún punto para seguir. Una rueda estaba, literalmente, en suspensión. Las piedras de debajo salían disparadas. Tratamos hasta de llenar de tierra la zona de debajo de las ruedas para crear un punto de apoyo, pero fue en vano. No andaba. Y había humo. Y olía a quemado.

Lo intentamos hasta el último momento, pero necesitábamos ayuda. Tras alguna que otra llamada al 112 y a amigos de Ana, la grúa era la mejor solución. El problema era que ese camino no salía ni en los mapas. En los de Google Maps, sí, por supuesto que sí, pero los vecinos del municipio no sabían dónde estábamos. Menos mal que existe WhatsApp y eso de mandar ubicaciones. Y teníamos cobertura e Internet. Ya estaba avisada la grúa, el policía local de Segura de la Sierra, el del 112, etc., etc. Solo tocaba esperar. Otra hora. Menos mal que teníamos refrescos, bocadillos, chocolate y bastante pavo. No pavo de comer, pavo de estupidez. Porque aunque no fuese una situación cómica –pese a que ahora lo parezca-, no paramos de reír.

Y llegaron nuestros salvadores. Javier Santiago y Tomás Egea, de un taller de Cortijos Nuevos, armados con su todoterreno y una cinta para remolcarnos, porque la grúa no cabía por ahí. Después de un buen rato conseguimos llegar hasta el comienzo del sendero maldito, donde las malas noticias no tardaron en llegar. ¿Recordáis que antes salía humo del coche y olía a quemado? Era el embrague. Se había roto. Estábamos sin coche, en mitad de la Sierra de Segura, después de la aventura automovilística de nuestra vida.

Un taxi que incluía el seguro del vehículo se dirigía a por nosotras para llevarnos de vuelta a Jaén, ya que el coche de Ana iba de camino al taller y sin vistas de ser arreglado a corto plazo. Francisco Blanco, el taxista, nos llevó muy amablemente a nuestro hotel a recoger las cosas. Y como no habíamos tenido suficiente, decidimos que el viaje debía continuar. Después de dos horas hasta llegar a Jaén, paramos en mi piso a por las llaves de mi coche y volvimos. Según nuestros padres, era una locura, pero estábamos de vacaciones y con la noche del sábado y el domingo por delante. Y veintitantos años no se tienen toda la vida, así que habrá que aprovechar. Y no nos arrepentimos. Un domingo bien aprovechado en Hornos de Segura y el embalse del Tranco completó nuestra accidentada estancia, por lo que le dijimos adiós a 2017 por todo lo alto. Y con un coche en el taller.

En definitiva, Google Maps no nos fastidió el fin de semana, pero sí que lo complicó un poco. Y para contrarrestar la opinión de todo aquel que esté pensando que somos un poquito ‘rubias’, no somos las únicas que han sufrido las consecuencias de este error. Según nuestros héroes particulares del taller, ya han rescatado a unos cuantos coches atrapados en el mismo camino. Por suerte, llegamos a tiempo de comernos las uvas en familia –yo ya pensaba que serían las 12 bellotas en mitad del campo–. Nos encargaremos de avisar a Google Maps de su error, pero por lo pronto ya pueden tomar nota todos los que pretendan acercarse por allí, porque lo que dice Google Maps no va a misa.

Fotos

Vídeos