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Quinta generación de pasteleros baezanos

Manuel Raya posa en la pastelería con el famoso pastel baezano.
Manuel Raya posa en la pastelería con el famoso pastel baezano. / MARIBEL SÁNCHEZ CONCHA
  • DE PROFESIÓN... PASTELERO Y COCINERO

  • Manuel Raya creció aprendiendo de su padre y de su abuelo en el obrador que hoy regenta y al que hace poco le añadió también un bar-cafetería para poder ofrecer comidas

Para conocer los orígenes del negocio que Manuel Raya regenta en Baeza, hay que remontarse hasta el año 1886. Fue en esa época cuando sus antepasados comenzaron a elaborar dulces y pan en la que desde ese momento se llama pastelería Morral. Mucho ha llovido desde entonces y bastante han cambiado las cosas desde aquellos remotos inicios, pero algo se habrá hecho y se seguirá haciendo bien en este establecimiento cuando 130 años después no sólo permanece abierto, sino que además consigue crecer día a día.

Quinta generación de pasteleros, Manuel no ha conocido otro oficio que el que siempre ejerció su padre. «Era muy pequeño cuando me metía con mi padre en el obrador para ayudarle, lo he mamado, lo he aprendido desde chico y nunca me planteé dedicarme a otra cosa que no fuera esto», señala este baezano, que afirma orgulloso que todo lo que sabe de pastelería y panadería, y también del mundo de los negocios, se lo enseñaron su abuelo y su padre.

Ellos le inculcaron que para que el día cundiera, y diese tiempo a elaborar todos los productos, había que empezarlo pronto. Así, como buen panadero, Manuel está en planta todos los días a las 5 de la mañana, elaborando el pan y los dulces que horas después no sólo se comerán sus paisanos, sino también muchos turistas que no tienen reparos en alabar su buena mano en el obrador. Además, en la pastelería Morral tienen el honor de haber sido los creadores del famoso «pastel baezano», un delicioso dulce hecho a base de hojaldre que, aunque se comercializa en otros establecimientos de la ciudad, asegura este pastelero, «nació hace muchos años en este obrador, en pastelería Morral».

Pero, inquieto como es, Manuel no ha querido quedarse sólo en los dulces y hace aproximadamente un año dio un paso más para ampliar el negocio y para dar forma, de paso, a otra de sus aspiraciones. «Siempre me gustó la cocina, de pequeño no sólo ayudaba a mi padre con los dulces, sino que también me metía con mi madre en la cocina, por lo que al final decidí materializar también ese sueño y ampliamos el negocio», explica este pastelero (ahora también cocinero), que aprovechó la amplitud del local para remodelarlo e incluir también un bar-cafetería en el que se elaboran deliciosas tapas y platos.

Por suerte, dice, no se pueden quejar de la aceptación. «Baeza es una ciudad con mucho turismo y el apartado de comidas está funcionando bastante bien, tenemos muchas comidas de grupo, además de servir bastantes menús y también platos a la carta», recalca Manuel Raya, que asegura que sarna con gusto no pica y que, a pesar del aumento de trabajo que ha supuesto ampliar el negocio, no se arrepiente de haberlo hecho. Y no sólo porque la clientela esté respondiendo, sino, fundamentalmente, porque él está disfrutando con lo que hace.

Recompensa

«Es verdad que no tengo mucho tiempo para descansar, que cuando termino con el pan y los dulces me meto en el bar y empiezo a preparar comidas, pero me encanta lo que hago y la recompensa al final es muy grande», manifiesta Manuel, que añade que la mayor satisfacción es que la gente le felicite por lo que hace. «Nunca me han dicho que algo está malo, más bien al contrario, siempre me dan la enhorabuena porque se van encantados y eso para mí es el mayor premio, eso compensa todo el esfuerzo y lo sacrificado del horario, sobre todo en el apartado de las comidas que es el que es más nuevo para mí», subraya.

Además, no sólo es que lo feliciten al irse, es que muchos clientes después vuelven. «Incluso hay personas de fuera que al cabo del tiempo vuelven a venir a Baeza y vuelven a pasar por aquí, eso es muy importante», señala el pastelero y cocinero, que recalca que lo mejor de su trabajo es que disfruta «muchísimo» lo que hace. «El que día que no lo disfrute, lo dejo», apunta este baezano que dice que la parte mala es cuando le toca fregar. «Hoy en día con el lavavajillas hay que fregar poco, pero siempre toca algo y eso lo detesto, todo no podía ser perfecto», bromea.

Y después de cinco generaciones de pasteleros, Manuel reconoce que le gustaría que sus dos hijos siguieran sus pasos, aunque todavía, indica, es pronto para saberlo. Ambos están estudiando ahora mismo, aunque ya han mostrado también ciertas inquietudes por el negocio familiar. Será el tiempo el que dirá si, nuevamente, la saga continúa.

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