Ideal

Las cuevas de Vilches

Cuando un libro se convierte en protagonista de la calle, cuando su contenido se incorpora a la tertulia familiar, amistosa, íntima, cotidiana, es porque sus páginas van directas al alma del pueblo. Para que un libro se vuelva entrañable es importante que el lector se sienta identificado con la vida que narra, la equipare con su propia experiencia, la haga suya, llegue a tal grado de identificación, que el protagonismo del autor se pierda en beneficio del lector, aunque su firma se proyecte en la medida que aumenta el número de lectores. Es entonces cuando un libro pasa a ser tu libro, cuando se lee, relee y regresas a él como vuelves con un amigo, cuando lo contemplas desde el orgullo de la propiedad y el libro te responde con la benevolencia del agua fresca del desierto.

El historiador Juan Peña Jiménez lo ha conseguido con ‘Las cuevas de Vilches’, un libro de 525 páginas y 1.265 fotografías que se convierte en imprescindible tratado para conocer los núcleos de cuevas de un pueblo que conserva su estructura troglodita, la disposición pétrea del complejo rupestre y las relaciones humanas desarrolladas en su interior. Juan percute su bisturí en el origen cuevero vilcheño, describe a personas y familias que habitaban en cada una de ellas, sus historias, vivencias, recuerdos, los motivos por los que las construyeron y también por los que las abandonaron. Tan identificado se siente el lector , que le es difícil abstraerse de la emoción que transita por páginas con olor a raíz, tierra, trabajo, miseria, intriga, lucha, lealtad, esperanza, amor. De la cueva de La Higuerilla, en la que Salvador ‘Ratoncillo’ no consiguió que su mujer entrara porque le daba miedo y le tuvo que hacer una habitación exterior, hasta el grupo de La Cimbarrilla en la que una de sus propietarias, Luisa ‘La Chinorra’, recuerda la gran parra que daba sombra para sacar la mesa y comer al aire libre. Entre una y otra la Cueva de los Molina en el Camino Real, muy celebrada por las orzas de ponche con las que celebraban los bautizos; la Cueva del Tío las Máquinas en el Cerro del Marteño, minúscula gruta que concitaba interés por la misteriosa familia que en ella habitaba; la Cueva de Basilio en La Callejuela a la que los pequeños acudían para que su abuela le diera la comida masticada o la Cueva de Antonio Simón en Las Fuentezuelas en la que el joven convivía con sus padres, cuatro hermanos, una borrica, una marrana y algunas gallinas.

493 fueron las cuevas y covachas que llegó a tener Vilches, todas llenas de historias, que siguen vivas, nacieron de la acción natural y fueron ampliadas con el alfabeto de las manos y el sudor, pues nadie olvida el enorme trabajo que suponía picar una cueva, labor de machaqueo en la que colaboraba toda la familia, incluidos los chiquillos, quienes con una maza de madera poco pesada con mango de adelfa golpeaban la piedra arenisca hasta convertirla en arena que luego transportaban en serones y vendían en obras para la construcción. 326 de esas cuevas perviven al paso del tiempo. Lo delatan sus paredes con incontables manos de cal, unas veces blanca, otras tintadas de azulete. Y solo medio centenar han sido rehabilitadas por sus propietarios para sostener el desafío urbanístico de los tiempos modernos. No estaría mal que alguna vez se presentara a la Unión Europea un proyecto común de recuperación de las cuevas de Vilches para rescatar el espíritu troglodita de un pueblo por el que pasaron todas las civilizaciones.