Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Opinión

TRIBUNA
La terrible soledad del firmador de libros

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
(Dedico este artículo a todas aquellas personas que por amistad, lástima o despiste, se pasaron por la mesa del firmador de libros de El Corte Inglés' de Jaén el pasado sábado y que paliaron mi soledad).



ANTES lo sospechabas pero ahora la has vivido en tus propias carnes: es terrible la soledad del firmador de libros. Tú has ido a un primoroso centro comercial de Jaén a firmar libros. Te lo ha pedido el editor porque tú necesitas promocionarte y él vender libros. Vas allí y te sientan en una mesa con un montón de tus libros al lado. Detrás hay un gran cartel que pone tu nombre en letras grandes y el título del libro que has escrito. Te sientes importante. En la megafonía anuncian tu nombre y dicen que en la planta sótano estás firmando libros. Te sientes más importante todavía. Los fotógrafos de los diarios locales te echan fotos. Un chaval del periódico en el que tú empezaste hace más de 30 años, el diario 'Jaén', te hace una pequeña entrevista. Ese detalle colma el recipiente en el que guardas la vanidad. Pero la dura realidad viene después.

En la planta sótano también se vende aceite y muchas cosas más. Hay pocos clientes porque es sábado por la mañana y ese día es cuando la gente que trasnocha los viernes se queda disfrutando de la cama. De todas maneras estás allí porque les has dado tu palabra a Miguel Sáinz y a Lorenzo Risueño, los dos amigos que han organizado este cotarro. A tu mesa no se acerca nadie. Entonces, para disimular, abres el periódico y disimulas también que estás leyendo. A los pocos minutos estás a punto de tirar la toalla y salir corriendo de allí. A nadie parece importarle tu novela, esa en la que has trabajado los cinco últimos años de tu vida. Una señora pasa por delante del montón de libros, coge uno y se pone a mirar detenidamente en las solapas quién es el autor y de qué va el tomo. Tú dices, vaya, ya hay alguien a quién le has interesado. La señora se acerca a la mesa y como en una confidencia pregunta: «Oiga, ¿los libros estos son gratis?» Tú le dices que no, que tiene que pasar por caja. Entonces ella suelta el libro en el montón con mucha diligencia y asco, como si hubiese cogido algo peludo y de pronto se diera cuenta de que era una rata. Te acuerdas entonces de una película que se llama 'El día perfecto' en que al protagonista le pasa lo mismo. De vez en cuando la realidad se parece al cine. Y entonces sólo deseas hacerte un escritor muy famoso, al menos como Arturo Pérez Reverte, sólo para que aquella mujer se arrepienta del desprecio con el que te ha tratado. Te la imaginas en una larga cola de personas que esperan para que les firmes el libro y tú diciéndole: «A usted no se lo firmo porque un día no confió en mí». Y es que los escritores poco conocidos pasan mucho tiempo pensando en vengarse de todo el que le ha ignorado: de las editoriales que han rechazado sus manuscritos, de los periodistas que no les han hecho entrevistas y de los ciudadanos que no han comprado sus obras. La venganza es algo inherente al juntaletras herido.

Algunos empleados de los grandes almacenes se acercan y compran el libro para que se lo firme. Piensas que debes estar dándoles lástima. Son personas muy agradables que intentan animarte. Esto es así, parecen decirte todos. También el responsable del centro, Pedro Fernández, hace que tú te sientas más cómodo en aquel ambiente. Tú se lo agradeces infinitamente. De pronto ves aparecer a dos buenos amigos, Javier Fuentes y su mujer Mari Ángeles. Los abrazas como si fueran una tabla que encuentras en el mar después de un naufragio. Compran tu libro y charlas ampliamente con ellos porque tiempo es todo lo que tienes en ese momento en el que huyes de la soledad. Después viene un escritor al que admiras, Manuel López Pérez, con el que también charlas sobre lo que pasó en Jaén durante la Guerra de la Independencia. Quisieras haberle puesto en la dedicatoria que en ese libro que se llevaba había mucho de su espíritu investigador. Después viene Francisco J. Cano que quiere hacerte una foto, que es la que acompaña a este escrito. Y por último aparece tu gran amigo y maestro Vicente Oya, que también quiere comprar tu libro. Vaya, te dices, al menos los amigos no te han fallado. ¿Si no son los amigos los que compran tus libros, quién coño los va comprar?, piensas. En ese momento te gustaría tener un millón de amigos para hacerte millonario escribiendo libros. Cuando estás guardando el bolígrafo porque se ha terminado el tiempo del compromiso, se acerca un hombre que dice que es de Martos con el libro en la mano. Es el único al que le vas a firmar un libro que no entra en el catálogo de amigos o de aquellos que seguramente lo han hecho por lástima. Es un hombre de unos cincuenta años que te dice que a él le gusta mucho la novela histórica y que estaba interesado por el tema de la novela que has escrito. Tú le agradeces el detalle. Te dice que le dediques el libro a él y a su señora, que se llama Paqui. Mientras piensas en lo que le vas a poner, le cuentas la anécdota de esa pareja que al divorciarse tuvo que intervenir el juez para determinar a quién de los dos correspondían los libros que tenían firmados por los autores con el nombre de ambos. El hombre se queda un poco pensando y al final dice: «¿Coño!, no había pensado en eso. Ponga sólo mi nombre».

Menos mal que anécdotas como esa son suficientes como para justificar artículos como éste.

Vocento
SarenetRSS