OGÍJARES brillaba en flamenco. Un ambiente fenomenal que se respiraba una hora antes del comienzo del festival. La familia Donnay Fernández comentaba que «es una noche esperada, que acaba con el verano ya que hace unos días estuvimos de fiestas». Sillas llenas y barra a reventar guardaron silencio cuando Juan Pinilla demostró en su primera presentación que es hombre de flamenco y de medios. Un sentido homenaje a Juan Bustos y bellas palabras para Eva 'La Yerbabuena' arrancaron los primeros aplausos, sirviendo de entrada a Antonio Gómez 'El Colorao', acompañado por Jorge Gómez a la guitarra.
Teoría y práctica del flamenco, Antonio definió a Granada como «la mejor afición de España», tras arrancarse por marianas, un cante con el que ha realizado una labor arqueológica al igual que con los fandangos primitivos con los que cerró una actuación donde también se entregó por soleá, alegrías y siguiriyas.
Resonando aún los ecos de la tierra, salía a las tablas Aurora Vargas junto a Diego Amaya a la guitarra y los dos 'Rafaeles', Junque y 'El Eléctrico', al jaleo. La fiesta comenzó por alegrías de raza y temperamento para continuar por soleares, tangos y bulerías. Durante todo el repertorio la sevillana alternó la presencia o ausencia del micrófono y la disposición del escenario para moverse con el descaro y el arte que la convierten en estrella pura del firmamento flamenco. Con 'Derroche' de Ana Belén conquistó a los más profanos en la materia y firmó cincuenta minutos de actuación soberbios.
El contraste a la Vargas lo puso José Menese. Voz rotunda, llena y cargada de sensibilidad y conocimiento. Uno de los matices no gitanos más premiados y admirados de la historia tuvo a su disposición las guitarras de José Talavera y Antonio Carrión. Salida por granaína que enamoró a los aficionados, sentando la base de un repertorio donde los cantes se daban el relevo con total naturalidad. De las cantiñas a la soleá y de la soleá a las siguiriyas evitando los fandangos porque, según Menese, «nunca le piso un cante a otro compañero».
Juan Pinilla anunciaba un breve descanso después de la actuación de Andrés Peña con su grupo al baile. Vestido en distintos tonos de gris y con detalles negros se gustó en un estilo que recuerda a muchos pero que solamente él puede hacer. Interpretó un baile sin fisuras con poderío en el tren inferior y mucha valentía en el resto de su 'gestoforma'. Breve, valiente y para recordar cuando en muy poco tiempo sea primera figura.
Militancia
'El Cabrero' salió a las 2 de las mañana. El frío comenzaba a notarse en un recinto al aire libre que reflejaba el fin del verano. Pero esta sensación de desasosiego y algunas estrellas en el cielo hacían aún más especial la intervención de José Domínguez. Tras superar unos problemas de sonido, el cantaor bromeó con los técnicos y el público. Una de sus virtudes es vivir sin prisa, y de la misma manera canta. Con la complicidad de Rafael Rodríguez a las seis cuerdas desarrolló su estilo sobrio y austero pero con una fuerza tremenda. La soleá sirvió de entrada a un precioso soneto de Borges al que ningún purista pudo poner un 'pero'. Sin embargo, 'El Cabrero', queramos o no, es un símbolo de la lucha política en este país, un icono cultural de una época donde había que medir las palabras para poder ser libre. Este argumento reunió a un amplio sector militante granadino que vibró con este fandango: «Yo soy un hombre de izquierdas y quiero que mi camino huela a rosas y no a mierda». Tras la ovación más cerrada de la noche, el de Aznalcóllar se definió como «aficionao» y habló de las primeras aguas en el campo. Ya había hecho unas siguiriyas llenas de personalidad al igual que su recreación de 'Carcelero', pero el as que guardó en su garganta hasta el final fue el de los fandangos de Alonso, esos que dignifica junto a camaradas como Arcángel. Todo estaba ya hecho cuando dejó de cantar a pesar de la insistencia de los presentes. «Aunque esté muy a gusto queda otro compañero detrás», dijo el cantaor.
Le tocó el turno a Miguel de Tena, quien dijo: «Empecé a los siete años y no he parado». Tras varias actuaciones en las principales peñas de la provincia y destacadas faenas en festivales como el de Maracena, Miguel disfruta de Granada y la define como «una tierra con un buen ambiente flamenco». «Siempre me reciben bien, incluso antes de lo del Cante de las Minas», añadió.
Su voz limpia y con el desgarro comedido cerró una noche de duende que deseamos por el bien de todos se repita.