Domingo, 26 de agosto de 2007
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OPINIÓN

EDITORIAL
Energía o alimentos
LAS advertencias del Banco de España sobre la importante subida de los precios en los alimentos no elaborados se están viendo ratificadas por los empresarios. Los representantes del sector calculan que de aquí a octubre el litro de leche entera pasará a costar la cifra redonda de un euro, mientras que la carne de pollo se encarecerá un 20%, en una escalada que afecta también al pan y a otros alimentos básicos. La constatación del alza en la cesta de la compra no va acompañada de una visión compartida sobre el modo de frenar un incremento motivado por dos factores dispares pero confluyentes: el aumento de la demanda de cereales para la producción de nuevos biocombustibles, y el creciente consumo de leche en China, India o Rusia. Los combustibles de origen vegetal, como el etanol, pretenden superar la dependencia energética con respecto al petróleo y reducir el 70% de las emisiones de CO2 de los vehículos. Estas expectativas abren la esperanza de que el citado sustituto de la gasolina, obtenido del maíz, represente el 12% del combustible utilizado. Pero tan estimulantes perspectivas están oscurecidas por efectos preocupantes como el alza en los precios de los alimentos. Su tasa interanual de subida en el segundo trimestre de este año ha representado el 5,8% en España, a la espera de repercutir incrementos del 40% en materia prima para las industrias lácteas, o de un 60% en maíz y un 50% en trigo para ganaderos y fabricantes de piensos. Unas cifras que si para los hogares europeos menos holgados pueden traducirse en un encarecimiento difícilmente soportable, retraerían el acceso a productos esenciales de 700 millones de personas amenazadas por la hambruna.

La producción de combustibles de origen vegetal se presenta como una 'fórmula verde' que puede coadyuvar al desarrollo de los países más desfavorecidos o en vías de progreso. Sin embargo, Naciones Unidas mantiene serias reticencias no sólo porque se reduce la oferta de alimentos básicos, sino por la paradoja que supone que la producción de esos productos ecológicos lleve aparejado un apreciable consumo de derivados petrolíferos. El abastecimiento energético y la reducción de la dependencia justifican la apuesta por los biocombustibles. Pero su implantación debe tener en cuenta los riesgos de que se rompan otros equilibrios trascendentales; sobre todo, cuando los síntomas ya comenzaron a aflorar hace tres años, al superar la demanda de cereales la oferta existente. Un déficit ante el que los estados de la UE ven limitada su capacidad de reacción por una política agraria regida hasta 2015 por las cuotas y por las subvenciones a la reducción de cultivos, lo que en España se traduce en una producción anual de seis toneladas de leche para un consumo interior de nueve millones. En un contexto de posibles incrementos relevantes en la demanda de cereales, azúcar, semillas oleaginosas y aceites vegetales, parece razonable abogar por una nueva estrategia que permita responder con una oferta más ajustada ampliando la superficie de cultivos sin talar hectáreas de bosques.

 
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