Lunes, 16 de julio de 2007
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Los inmigrantes que cruzaron la frontera a los 17 copan los servicios de inserción
El programa Proinvida ayuda a jóvenes ex tutelados, la mayoría del Magreb, a labrarse un futuro una vez que han cumplido la mayoría de edad y la Junta deje de hacerse cargo de ellos
Los inmigrantes que cruzaron la frontera a los 17 copan los servicios de inserción
INTEGRACIÓN. Las orientadoras sociales ayudan a la integración de los inmigrantes en el mercado laboral. /IDEAL
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DETALLES
F El programa: Es fruto de un convenio entre la Consejería de Igualdad y Bienestar Social de la Junta de Andalucía y Cruz Roja.

F Infraestructura: Dos pisos, uno para varones en la capital y otro para mujeres en Linares.

F En Jaén: Capacidad para 6 personas, para las que trabajan tres orientadoras sociales.

F Límite: La estancia máxima es de un año y medio.

F Complementario: Además de los pisos, el proyecto Labora, también de Cruz Roja, ofrece servicios similares, pero como centro de día.

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En sus cinco años de funcionamiento, el programa Proinvida (Programa de Cruz Roja de atención para jóvenes ex tutelados por la Junta de Andalucía) no había tenido listas de espera. Su función no era ni es otra que dar cobijo y formar para la vida laboral a jóvenes que viven en centros de menores y que, al cumplir la mayoría de edad, se ven obligados a buscarse un lugar en el mundo por ellos mismos.

En los últimos meses la demanda para el Proinvida, que cuenta con un piso y seis plazas para muchachos en la capital, crece a un ritmo mayor. Las solicitudes las copan inmigrantes, principalmente del Magreb, que vivían hasta hace poco en centros de menores tras jugarse la vida en una patera a los 17 para llegar a España y lograr el permiso de residencia al cumplir los 18 años.

Las dificultades del idioma y de la cultura los hacen 'carne de cañón' para este tipo de programas. Sin el empujoncito definitivo que les dan las tres trabajadoras del piso, la mayoría se vería abocada a vivir en un mundo de marginación y pobreza. Es lo que evitan a toda costa estas tres especialistas a las que muchos ya llaman cariñosamente sus 'madres de España'.

El piso es un inmueble normal, en una urbanización corriente y en una calle como muchas otras. Es normal por fuera y, casi del todo, por dentro. En él habitan los chicos y está ubicado el despacho de las trabajadoras sociales, que suelen estar mañana y tarde. Los muchachos hacen su vida como estudiantes o jóvenes cualquiera. Compran en el supermercado, salen con sus amigos y ven los partidos de fútbol en el sofá. Ayer decidieron comer arroz a la cubana con huevos fritos. Los preparó Ahmed (nombre ficticio) que esta semana es el cocinero del piso. Los demás deben limpiar, cada uno según su turno.

Libertad

Las orientadoras no suelen meterse en el discurrir de su cotidianeidad. «No somos sus tutoras, sino simplemente las que las ayudan a saber convivir, a organizar su economía o a buscar trabajo, que es lo fundamental para que aprendan a valerse por sí mismos», explica una de ellas. Las orientadoras trabajan en lo suyo (en concertar ofertas de trabajo con empresarios y arreglarles los 'papeles', entre otras muchas cosas) y siempre dejan abierta la puerta del despacho para atender cualquier consulta o necesidad de «sus chavales», como les gusta llamarlos.

Saben jugar con equilibrio entre la confianza y la firmeza. «Porque tenemos que imponer respeto, pero dejar bien claro que su estancia aquí es voluntaria y sólo vale para ayudarlos», apunta la orientadora. Y su receta les ha dado, por ahora, muy buenos resultados. Salvo algún incidente aislado y pocas expulsiones, la vida diaria en el piso transcurre con total normalidad. Y eso que, por las noches y durante los fines de semana, los jóvenes viven completamente solos. «Pueden recibir visitas, pero siempre que no se interrumpa la privacidad y bienestar de sus compañeros», apostilla.

Pactos consensuados

El secreto es «pactar todo y no imponer nada». «Se crean unos objetivos, según la condición de cada uno y, a partir de ahí, se hace el seguimiento», añade. El objetivo final no es otro que, al cabo de año y medio ¯tiempo límite de estancia en el piso¯ los jóvenes tengan trabajo, ahorros y aptitudes para poder progresar en el ámbito personal y laboral. Por ahora, más del 95% de los 27 jóvenes que ya han pasado por el piso, lo han conseguido.

Son, como se diría vulgarmente, hombres de bien, con un futuro prometedor y un pasado que ya quedó atrás.

 
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