No es raro que en más de una ocasión, al entrar en una cueva la expedición se encuentre con 'huéspedes' inesperados. «Alguna vez nos encontramos un murciélago donde se supone que no había, y después otro y toda una colonia. Lógicamente, después del susto, nos salimos. La conservación es lo primero», apunta Pérez. Pero si hay una situación que no olvidará el espeleólogo sin duda fue la que vivió hace unos años. La jornada había terminado y habían completado todos los estudios previstos. Avanzaban tranquilos, con la sensación del deber cumplido, cuando vieron caer una piedra tras ellos. Y luego otra, y otra. La montaña se les venía encima, una avalancha. Pese a la experiencia del grupo, poco se podía hacer, así que la solución fue refugiarse. Pero entre las prisas y el pánico no vieron ningún sitio donde resguardarse alrededor. Salvo un árbol. Un árbol de cinco centímetros de grosor, como mucho. «Eso era para vernos, cinco o seis escondidos en fila india tras un arbolito. Era para hacernos una foto», comenta Pérez. No les pasó nada a ninguno. Lo que no pudieron hacer en el momento fue contener la risa, la misma que se le escapa al espeleólogo al recordar la situación. «Lástima no tener una foto», añade.