Miércoles, 21 de marzo de 2007
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JAÉN
Los seis de San Vicente
Hoy se cumplen 40 años de la tragedia que marcó para siempre el nombre del pozo minero más profundo del distrito de Linares
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A NOCHECE en Linares tal día como hoy de hace cuarenta años. En una casa humilde -como lo eran casi todas las casas por entonces- se reúnen los vecinos en torno a una enorme radio que trae noticias funestas: seis trabajadores han muerto en un accidente ocurrido en el pozo de San Vicente, de la Mina San Miguel. La consternación cae de inmediato sobre ese edificio, al igual que en el colindante y en el de más allá. Quien más y quien menos tenía relación con las minas o conocía a alguien que trabajaba en alguna y cada vez que ocurría una desgracia el pueblo la sentía como suya.

Cuentan quienes estuvieron allí que el suceso se debió a una imprudencia de los mineros motivada por la impaciencia. Sólo les quedaba un viaje a la superficie para acabar su jornada laboral y se estaba haciendo de noche, por lo que decidieron subir los seis en la jaula junto con el pesado cable submarino que debían sacar de las profundidades del pozo. Con la palanca dieron la señal para que los ascendieran (un golpe y otros tres a continuación) y lentamente empezó el último trayecto en dirección al cielo abierto a través de las paredes hormigonadas. Momentos después ocurrió la tragedia. El cable de tracción de la jaula no aguantó el sobrepeso y se partió a escasos 70 metros de su objetivo. Fue visto y no visto, nada pudo hacerse.

La tumba fue la mina

Se intentó a la desesperada el rescate de los seis trabajadores, en un principio con la esperanza de encontrarlos con vida, y al poco tiempo ya sin ella. Todo fue infructuoso. El pozo quedó obstruido por un amasijo de hierros, maderas y cables en que se convirtió la jaula en su brutal descenso, a lo que se unía la dificultad añadida por la longitud del pozo (1 kilómetro, cuyos últimos 300 metros estaban inundados por entonces). San Vicente fue la tumba para Manuel Jiménez Díaz, Blas Muñoz Moreno, José Gago Núñez, Francisco Varela Hedrera, Fernando Rus Rodríguez y Jorge Antuña Roces. Todos casados y con hijos. El mayor, con 49 años, y el menor con 21.

La población no tardó en enterarse. Era Semana Santa y la noticia se transmitió por el boca a boca en las calles repletas de gente. Además, los medios de comunicación provinciales e incluso nacionales se hicieron eco del dramático suceso, y no era para menos. «Seis viudas jóvenes y 17 hijos pequeños dejan los mineros sepultados en Linares», rezaba un titular de IDEAL del Domingo de Resurrección, 26 de marzo. Diarios de tirada nacional, como Pueblo, también fijaron su mirada en Linares: «Quince mil personas asistieron a los funerales por los mineros», tituló el 29 de marzo.

Las exequias, celebradas en la parroquia de San Francisco, fueron un acontecimiento multitudinario que provocó un abarrotamiento de las calles adyacentes a la iglesia. Al poco tiempo se organizó una colecta popular para las familias y hasta Sebastián Palomo Linares ofreció una corrida benéfica con el mismo objetivo. La gente se volcó con las esposas (algunas casi adolescentes) y los hijos, la mayoría de corta edad, que tras la muerte de quienes traían el sustento a casa, se enfrentaban a un futuro desolador.

Tal respuesta popular no fue de extrañar. La muerte, de forma espectacular por un accidente, o bien penosa y callada por la silicosis, era algo indisoluble al trabajo en la mina, pero los linarenses estaban hartos -que no acostumbrados- de enterrar a amigos y familiares durante décadas. Este accidente puso el broche negro a modo de epílogo macabro a las últimas páginas de la historia minera de la ciudad, la historia de un esplendor económico en las calles que se tradujo en miles de historias de miseria de puertas hacia adentro.

Un dicho afirmaba que la vida del minero era como la del huevo, ya que «el que no moría podrido lo hacía estrellado». «Las minas eran muy malas, no tenía que haber habido ninguna», medita con amargura Miguel Aguilar, más conocido como 'Cachirulo' y minero durante más de tres décadas. Él sabe bien de lo que habla, puesto que trabajó en Venus, una de las minas más duras de Linares, sin apenas ventilación, donde la gente «salía silicosa en 5 años».

En el libro de Pedro Belinchón 'Accidentes y conflictos mineros en Linares' se relata una anécdota ilustrativa sobre la dureza del trabajo en las galerías. Los hermanos Bienvenida vinieron a torear a Linares y pidieron permiso para visitar una de las explotaciones. Bajaron hasta la planta 20 del pozo San José y al parar la jaula uno de los matadores salió blanco como una pared. «¿Qué te pasa?», le preguntaron. «Os voy a decir una cosa», respondió el diestro, «prefiero matar diez toros yo solo mano a mano y no bajar más a la mina, esto es peor que ponerse delante de un toro».

Profundidad

San Vicente no es un pozo cualquiera, de hecho es el que más profundamente se adentra en el suelo de Linares. El filón que lleva su nombre empezó a explotarse en 1825 y acabó siendo uno de los más productivos de la comarca. Cuando el agotamiento del mineral era más que patente el Estado financió labores de búsqueda de nuevos filones, llegando hasta los 1.008 metros, aunque con resultados desastrosos. En el momento en el que ocurrió el accidente la mina llevaba cinco años cerrada y sólo quedaba sacar la maquinaria para taparla definitivamente.

El Estado buscaba nuevas trazas de mineral, a pesar de que por entonces el plomo ya apenas se cotizaba, con tal de seguir manteniendo empleos. Sin embargo, el deseo implícito de muchos era no encontrar nada y abandonar definitivamente las minas, como señala Francisco Gutiérrez, presidente del Colegio de Ingenieros Técnicos de Minas de Linares. Desde la década de 1920 la extracción de plomo sufrió un lento declive, a excepción de algún pequeño repunte motivado por las necesidades del mercado, y esta búsqueda no era sino un intento de alargar la agonía de una muerte anunciada. El cierre de las minas estatales de Arrayanes en los 70 y La Cruz, en 1991, fueron el final de una historia que hoy se intenta recuperar con fines educativos y turísticos, en un tono algo más amable.

El de San Vicente fue el segundo accidente minero más grave de Linares (el peor fue en 1851 en Arrayanes, con 18 fallecidos). Una lápida, junto a la monumental cabria de piedra y ladrillo del pozo, recuerda los nombres de los infortunados trabajadores. Es un homenaje sencillo y sobrio, también apropiado para personas sencillas que, lejos de lujos y ostentaciones, sólo querían dar de comer a sus hijos y mujeres. Ni héroes ni mártires, fueron sólo víctimas de una desafortunada desgracia que aún hoy muchos recuerdan con respeto.

 
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