DURANTE las largas y silenciosas mañanas del ámbito rural, donde paso unas vacaciones, me ha sorprendido gratamente la presencia de esa figura entrañable del 'afilador', que avisa a la clientela con un corto sonido musical, muy pegadizo, y que hace a las vecinas salir a la puerta de casa con los cuchillos, las tijeras, todos aquellos instrumentos cortantes que precisan ser afilados. Es ésta una estampa prácticamente perdida en la ciudad. Tal vez persista en algunos de los barrios antiguos que son más fieles a la tradición. La verdad es que el reclamo musical del afilador ha despertado en mí la dormida memoria de otros tiempos en los que este personaje formaba parte de nuestra vida cotidiana. Hay que ir a los pueblos para tener estos y otros reencuentros que nos permiten el gozo placentero de la gente que estrecha relaciones amicales con pausadas conversaciones, sin prisas, para hablar de lo divino y de lo humano, allí donde el reloj parece que marcha más despacio.
El 'afilaor' de antes iba con su rueda grande que accionaba con el pie, para que diera vueltas y más vueltas, a fin de alcanzar gran velocidad. Sobre la piedra se aplicaba la cuchilla, salían chispas y quedaba afilado el cuchillo. Ahora el afilador va sobre una moto o en una furgoneta y ha cambiado los viejos artilugios por otros medios posiblemente más eficaces para hacer su trabajo. Pero no ha cambiado, desde luego, la forma de avisar, el sonido musical entrañable, para la convocatoria de la clientela. Y eso hace que, de alguna manera, perviva la vieja estampa localista.
Con el tiempo, ciertamente, se han perdido muchos usos y costumbres. Han desaparecido muchísimos viejos oficios que, en determinados casos, no han sido sustituidos de forma más eficaz. Ya son muy pocos los afiladores que quedan y los que sobreviven despiertan nostalgia en los mayores y admiración en los jóvenes. Pero vale la pena valorar debidamente estos oficios que, a lo largo del tiempo, constituían un servicio a la comunidad.
Permítame hoy el lector que rinda mi homenaje al afilador y que lo eleve al altar de los trabajadores honestos que llenaron nuestras calles de anécdotas tan jugosas como la vida misma. Quizá la sociedad de hoy, y aquí viene una ligera reflexión, tenga la necesidad de afilar comportamientos excesivos, aligerar la brocha gorda con que se dibujan las malas maneras de las relaciones humanas. Y, en tantos casos, afilar las lenguas malsanas que tanto daño hacen. Me quedo, desde la memoria recobrada, con la noble figura del afilador que he visto reaparecer, en un pueblo rural, con su voz musical y con su rueda dándole vueltas al corazón del mundo.