«El primer día, cuando hicieron los grupos y llegamos a clase, me dijeron que iban a por mí». Lo cuenta un adolescente de 14 años que ha sufrido acoso escolar ('bullying') a manos de compañeros de clase de su instituto en Mengíbar. Una sentencia del Juzgado de Menores de Jaén considera probado que cuatro jóvenes «previamente concertados (...) cada vez que se acercaban a él le dirigían todo tipo de insultos tales como trompeta, cabrón, hijo de puta, langostino, maricón llegándole a propinar todo tipo de cogotazos y empujones», y ha impuesto a los agresores un año de libertad vigilada, tiempo durante el cual tendrán que asistir a talleres donde les enseñen a relacionarse con las personas, a que los eduquen en valores -para que se responsabilicen y tomen conciencia de lo que es el respeto- y a aprender a controlar sus impulsos para resolver situaciones de conflicto.
Desde el inicio del curso 2004/05 la víctima sufrió aisladamente injurias, lesiones, daños, amenazas... Los insultos los llegaron a escribir en la pizarra de la clase. Hasta el 29 de octubre. Ese mañana le avisaron de que iban a ir a por él. Lo esperaron a la salida, lo persiguieron, lo acorralaron, le tiraron las gafas al suelo y se las pisotearon y le dieron puñetazos y patadas. El parte médico del centro de salud de Mengíbar que acompañaba a la denuncia que presentó la familia habla de politraumatismos. Pero el menor (de 14 años) y toda su familia tuvieron que enfrentarse con lo que venía después: «cuadro depresivo reactivo y fobia social».
El menor no salió de su casa en varios meses sólo en contadas ocasiones y siempre acompañado por un familiar- más que para ir dos días al instituto. Dejó de ir a clase simplemente porque no podía superar el miedo. «Me despertaba por las noches, gritando por las pesadillas», recuerda su hermano, que comparte cuarto con él. «Corría una hoja y se asustaba», dice el padre. Los amigos de entonces desaparecieron. «Ninguno ha llamado», lamenta la familia.
En la sentencia se afirma que se causó al menor un «trato degradante que ha menoscabado su integridad moral». El informe psicológico lo describe como una persona «sensible, impresionable, acomodaticio, sumiso, sobrio, prudente, poco expresivo, dependiente, conducido por el grupo y que desea el apoyo de los demás y se orienta hacia ellos». La magistrada-juez de Menores explica que con este perfil era «fácil blanco» de conductas que son «ejemplo del fenómeno 'bullying', de una alarmante actualidad con situaciones que pueden llegar hasta el extremo, como el tristemente conocido 'caso Jokin' y frente a las que hay que adoptar una postura firme». Jokin se tiró por una muralla un mes antes de que al menor de Mengíbar le diesen una paliza.
La presión social
Los padres del menor acosado aseguran que ellos también sufrieron en sus carnes el calvario de su hijo. No se sintieron respaldados ni por la dirección del instituto (distinta a la actual) ni por la delegación de Educación. «Hemos tenido que escuchar que somos unos bordes, que no teníamos que haber denunciado, que eran cosas sin importancia, que deberíamos cambiar a nuestro hijo de instituto, que queríamos vivir a cuenta de mi hijo -por hacer una reclamación judicial por la vía civil de 40.000 euros- y hasta nos han insultado». En el acto del juicio, responsables del centro ese curso llegaron a admitir que se había dicho a la familia que aquello era «cosa de niños». A su juicio, la administración educativa no hizo «nada» por su hijo, sino que se puso de parte de los acosadores.
Un informe de la Consejería de Educación apunta sin embargo que se trasladó de clase a uno de los agresores para que no coincidiese con su víctima y que hubo varias reuniones de los órganos directivos y la comisión de convivencia, incluso encuentros con los padres. «No comprenden que no se haya sancionado a estos alumnos», se dice sobre los padres.
Fuera de las instancias educativas la cosa tampoco iba mejor. «Nos han perseguido por la calle haciéndonos fotos con móviles, nos han insultado, han intentado atemorizarnos», son algunas de las situaciones que describe la madre. En una localidad donde todo el mundo se conoce no muchas personas los han entendido. La familia ha perdido amistades y algunos vecinos les han retirado el saludo. Pero con la sentencia en la mano que les da la razón ellos tienen claro qué debe hacer cualquiera en una situación similar: «Que denuncie».
Mientras, el menor ha vuelto al instituto. Al que van también los chavales que le acosaron y agredieron. «No me siento seguro cuando voy a clase. Los sigo viendo constantemente, por más que haga por no verlos», asegura.