Otra 'visión' de Linares

El Pósito está adaptado a las personas con alguna discapacidad. /ENRIQUE
El Pósito está adaptado a las personas con alguna discapacidad. / ENRIQUE

Francisco Toledo y Francisca Zafra disfrutan de la ciudad sin el sentido de la vista | Un recorrido por el centro de la ciudad sirve para conocerla de otra manera a través del resto de los sentidos

JÉSSICA SOTOLINARES

Poco más de dos horas bastaron para conocer y entender la realidad de aquellos vecinos que son un ejemplo de superación cada día y que disfrutan de Linares aun no teniendo el sentido de la vista. A las diez y media de la mañana, Francisco Toledo (75 años) esperaba en la Plaza del Ayuntamiento a una servidora y a Francisca Zafra, también exvendedora de la ONCE como él, y con la que hace tiempo no coincidía.

La historia de cada uno de ellos bien merece ser presentada. Francisco es natural de Linares, le ha quedado tan solo un 33% de visión tras una degeneración macular, «y ahí vamos manteniendo la vista, como podemos», dice. Reside en Arrayanes y se mueve en autobús para ir, por ejemplo, al Centro de Participación Activa para Personas Mayores. Todos los días cuenta los cuatro tramos de 8 escalones que hay en su casa y, de ahí, se enfrenta a una ciudad que pese en la que encuentra barreras, conoce bien por sus 12 años recorriéndola y repartiendo suerte desde las 'Ocho Puertas'.

En otra esquina, también en esta céntrica localización, hacía lo propio Francisca. Ella es natural de Andújar, ha vivido en Bilbao y lleva un cuarto de siglo en Linares. Su visión es de un 0,10%, pero esto no le impide realizar actividades como zumba, baile y es voluntaria en el Colegio Cardenal Spínola donde confiesa: «¿sabes lo que aprendo yo en el colegio, a pesar de que no veo?».

En la Plaza del Ayuntamiento, Francisca tiene que apoyarse en la pared para subir los escalones que dan acceso a ella porque se siente así más segura. «La profesora de la ONCE ha estado conmigo tres meses enseñándome a limpiar, a hacer la comida... y he aprendido mucho», revela Francisca. Su pérdida de visión también fue progresiva y empeoró considerablemente hace tres años cuando padeció un glaucoma.

Un museo accesible

En la Plaza del Ayuntamiento perciben el ruido del agua de la fuente y sienten las sombras que les proporciona el arbolado porque disminuye la temperatura y curiosamente aumenta su visión. De allí, nos dirigimos al Pósito de Linares. Pepa García, una de las trabajadoras, les explica brevemente lo que allí hay y les entrega una audioguía para que puedan visitar el museo. «Cuando vienen personas con algún tipo de discapacidad sin ningún guía, uno de nosotros los acompaña. Es un museo accesible porque tienen la audioguía y la gente se suele ir muy contenta porque no encuentran barreras», subraya Pepa.

A la información que reciben por medio de la audioguía y a los diferentes sonidos que envuelven al visitante como los palos del flamenco, el saludo y las canciones de Raphael, se les añade la que perciben a través del sentido del tacto gracias a que Pepa les invita a tocar elementos que en el museo se exponen como, por ejemplo, la mesa escritorio que Raphael tuvo en su despacho cuando vivía en Estados Unidos, algo que les ayuda a hacerse una idea más fidedigna de todo lo que allí hay. Los dos se sorprenden gratamente de cómo resulta visitar el Pósito y aseguran que recomendarán conocerlo a todos los vecinos, independientemente de si tienen alguna discapacidad o no.

Descendiendo por la calle Iglesia, encaramos el centro de la ciudad a través de la Plaza Ramón y Cajal y el Pasaje del Comercio. El sentido del oído es el que más 'activan' en este tramo ya que hay algunos semáforos que emiten un sonido que les avisa cuando pueden cruzar de forma segura. Sin embargo, cuando carecen de él, se guían por los pasos del resto de vecinos y cuando detectan que los vehículos han reducido su marcha.

Los olores

El bullicio de gente es el sonido que relacionan con el Pasaje del Comercio, al igual que lo que les sucede en las Ocho Puertas y en la Corredera de San Marcos. El olor que predomina para ellos en el Pasaje es el de café, que sale de un establecimiento. «Aquí huele a café que es agradable», señala Francisca. El olor a hierba recién cortada y el sonido de la fuente les avisa de que estamos pasando por Santa Margarita. En primavera también intensifican el sentido del olfato una vez que nos encontramos en el Paseo de Linarejos. Allí detectan hasta cuando han regado la vegetación que abriga este emblemático espacio. Sentados en un banco, les viene a la mente otros olores característicos de la ciudad como los aromas a especias que predominan en la calle Serrallo o el olor a naranjos de la calle Espronceda.

La accesibilidad sigue siendo una asignatura pendiente pero que se va aproximando al aprobado, para ellos. «Hay barreras arquitectónicas que a los minusválidos nos impiden pasar a muchos sitios, pero nos vamos manejando como podemos», asegura Toledo. «Se han hecho cosas, pero se tienen que hacer muchas más», asevera Francisca.

En un banco del Paseo reflexionan sobre cómo les afectó su enfermedad. Mientras Francisco se aferra a la idea de que hay que aceptarla y añade que no ha tenido problema alguno, Francisca es más tajante. «Me he dicho: o te quedas en la casa o agarras el toro por los cuernos y te haces la valiente. Yo he decidido ser valiente», declara Francisca. A las 12:30 horas, Francisco se despide porque tiene que encargarse de hacer la comida para celebrar con su familia su cumpleaños. Francisca, que ha sacrificado una de sus clases para poder hacer el reportaje, también se tiene que encargar de otros asuntos. Al fin y al cabo, son dos vecinos más a los que la falta de visión no les impide hacer una vida relativamente normal en la ciudad.

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