Los vuelos siniestros

La Zaranda

Hace unos días otro amigo daba cuenta en las redes del descubrimiento de ese ruido nocturno sobrevolando el lugar que habitamos. Afirmó contundente el destino de ida y vuelta: Siria

Los vuelos siniestros
MANUEL MOLINAJAÉN

Viernes noche, una imprevista cena con deleite, buen lugar y mejor compañía hacen que retrase y alargue mi último paseo nocturno con mis perros, demorado hasta altas horas. De repente, en torno a la una larga de la madrugada un sonido ronco de avión rompe el silencio. Es un ruido de motor distinto al de otros vuelos regulares que surcan también de noche, es más intenso y como si lo imitáramos hacia dentro, con un eco extraño. Un amigo me comentó que ese era el ruido de los B-52, el mayor transporte aéreo de armamento. Me lo mostró años atrás cuando el gran bombardeo de Trípoli. Decoraba su habitación con dos enormes ilustraciones de aviones de guerra y los identificaba por el ruido de los motores, era su afición, puesto que nunca fue al ejército cuando era obligatorio, declarándose objetor de conciencia.

Hace unos días otro amigo daba cuenta en las redes del descubrimiento de ese ruido nocturno sobrevolando el lugar que habitamos. Afirmó contundente el destino de ida y vuelta: Siria. Me levanto el sábado y tengo desazón al conectar la radio, no quiero escuchar lo que dentro de un momento sea certeza, un nuevo ataque de aliados occidentales a Siria. Un nuevo vuelo de muerte que ha sobrevolado mi cabeza sin ser una metáfora, como escribía el poeta bosnio Izet Saralijc al pergeñar poemas bajo las bombas en su ciudad. Un indicio de cuervos en este caso disfrazado de ronquera aérea que presagia la muerte y la destrucción, un vuelo a siniestra, según los romanos. Los que cuidan de nuestra seguridad bombardean Siria, los que cuidan de la seguridad rusa bombardean Siria, los que cuidan de los sirios bombardean Siria. Parece el recitado macabro de una conjugación. Todos bombardean Siria.

Cantaba Silvio Rodríguez sobre un sueño, «Yo soñé con aviones que nublaban el día». Sófocles nos envió hacia el futuro un desgraciado planteamiento inquebrantable: «La guerra es eterna» y Alvar Núñez Cabeza de Vaca, soldado de un imperio en tierra ignota y adversa llegó a una conclusión tras sobrevivir milagrosamente a toda batalla humana y contra el territorio: «En las guerras siempre luchan los mismos en los dos bandos, pobres contra pobres». Tengo las dos últimas reflexiones grabadas a fuego en mi memoria. La guerra no cesa, tan solo cambia de nombre y se enciende en otro lugar cuando el rescoldo se apresta a su consumo. ¿Y quién pierde las guerras? Siempre los mismos.

No sé si valoramos nuestro impagable momento de paz. El hecho de que discutamos pero no lleguemos a las armas, ese impulso tan primario de tomar un hueso y buscar un cráneo ajeno. La condición oculta que se activa en algunos seres y fomenta el gozo de ese cercenar al otro. Ahora es Siria, junto a tantos otros conflictos aletargados en los medios de comunicación, pero tal vez esta misma noche se reúne alguien que está tejiendo en algún lugar del orbe la próxima estación bélica, alguien que nunca se manchará de sangre ya sea de vencidos ni ganadores -todos pierden- ni escuchará el impacto de un misil sobre la tierra en su vuelo de muerte desde un B-52. Actuarán como malnacidos, como el peor papel de la condición humana.

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