El último videoclub de Jaén desafía al «The End»

Juan Antonio García posa con una de las novedades del videoclub. / M.A.C.

La filmoteca sigue abierta junto a la Catedral, la única en la capital jienense, como un reducto de culto al cine y «sigue siendo rentable»

MIGUEL ÁNGEL CONTRERASJAÉN

Estamos en el año 2018 después de Jesucristo. Toda Jaén está ocupada por internet, las plataformas online y la piratería... ¿Toda? ¡No! Un pequeño videoclub poblado por un irreductible soñador resiste, todavía y como siempre, cual aldea de irreductibles galos bigotudos a los romanos, al 'invasor' 2.0. La historia de este «mágico enclave» irreductible es de largo metraje y, al menos de momento, con un guión sin final. La clásica careta con la leyenda «The End» («Fin» en inglés) se resiste a salir en la pantalla del último videoclub que queda abierto al público en Jaén. Se llama Videoclub García y sobrevive con más 2.700 títulos en su catálogo. Lo fundó en 1981 Juan Antonio García y hogaño continúa fiel a una práctica ya en desuso por el cambio de costumbres que las nuevas tecnologías e Internet han introducido en la sociedad. En la provincia solo quedan cuatro. En la capital, de 35 videoclubs que llegó a haber a finales de los ochenta (solamente en la Avenida de Andalucía, el Gran Eje, había seis), únicamente existe hoy el suyo. Un pequeño templo que rinde culto al cine.

Lo más increíble de todo es que el negocio «sigue siendo rentable», asegura. No da para dispendios, pero con el local en propiedad y diversificando su producto (vende también las películas, clásicas y actuales, en 3D, figuras relacionadas con el séptimo arte, 'ambigú' y hasta ha probado con videojuegos, «pero la gente no los devolvía al alquilarlos, daban muchos problemas») lo que le da para obtener un sueldo en consonancia con los tiempos con el que sacar adelante a la familia. Además, hoy es el único empleado del negocio, cuando llegó a contar con tres.

También ayuda que el precio de las películas ha bajado notablemente. «Antes nos costaba una 13.500 pesetas (81 euros) y ahora 20 euros, Están cerrando muchos videoclubs así que también les compramos películas a ellos muy baratas».

En los ochenta llegó a haber 35 y hoy solo queda el suyo en una ciudad también sin cines en el casco histórico

¿Qué le dice la gente cuando ve que trabaja en un videoclub? «Pone cara muy, muy rara, no se lo explican», ríe. «Pero yo sigo defendiendo que somos útiles para el que le guste el cine. Nos llegan las películas a los tres meses de estrenarse en los cines, un mes antes de que esté en ninguna plataforma de forma legal (de ahí, aclara, que de forma pirata se hallen con calidad de DVD en internet muchas veces antes incluso de salir a la venta al público; ya tiene Coco de Pixar o Wonder, Julia Roberts). Quienes alquilan una película buscan la calidad del formato, las últimas novedades y no llevarse la sorpresa a la mitad de la película», esgrime el jienense.

Relojero, su actividad relacionada con el cine comenzó hace 37 años, el día de Santa Catalina. «Me encantaba el cine así que hicimos un experimento. Subimos a Madrid y nos hicimos con 40 películas y las pusimos en el negocio a ver qué pasaba. Todas se alquilaron o se vendieron en un día. Así que fuimos a por más. A la semana teníamos cien e igual. Nos dimos cuenta de que había negocio y aquí seguimos, pese a todo», explica García.

Anécdotas para reír y pensar

Los ochenta fueron la época dorado, dándole para ahorrar e invertir incluso, «entonces tener cine en casa era un acontecimiento». Los noventa fueron años buenos. La flecha del gráfico cayó en picado «en 2008 o así». «Hemos pasado tres grandes crisis. La primera fueron los vídeos comunitarios y la llegada de las teles privadas. Luego el top manta y finalmente internet, la más grande. Y ahora con Netflix y HBO y eso ni te cuento», lamenta. En su lista de clientes hay hasta el número 15.952. «La mayoría ya no aparecen por aquí desde hace mucho, claro. Pero hay unos 400 o así que todavía se dejan caer de vez en cuando, sobre todo en fin de semana. En realidad somos más como una gran familia, la relación en muchos casos es de amistad. Vienen, te saludan y se llevan alguna peli», apostilla. «He conocido a tres generaciones, algunos que era jovencitos vienen ahora con nietos pequeños», se congratula. Está en Facebook y periódicamente manda whatsapp a sus clientes «para que no se olvide de nosotros» informándoles de lo último y de ofertas.

«A mí me ha pasado salir de aquí y decirme ¿Todavía ves películas del videoclub, en serio? O subir una foto en Facebook y la gente comentaba sorprendida ¡Ostras, un videoclub abierto!», rememora José Luis Romero, «más que cliente amigo».

Los clientes dan la cara

Manuel López es otro de los que sigue acudiendo a por su película cada cierto tiempo. «Me gusta ver los extras, los audiocomentarios, las escenas eliminadas, las voces en versión original y todo eso. Soy un poco friki. Aparte de que en internet te puedes llevar 'sorpresas' a mitad de la película».

Entre las anécdotas que recuerda García, la de un cliente que le pidió una película de Chato Morales, jienense célebre, «y yo le dije ¿cómo? ¿ha hecho películas? y él sí, sí, un montón. Después de un rataco haciéndole preguntas resulta que era Charles Bronson», ríe. U otra para reflexionar y ponerse en los zapatos del otro.

«Estando en una plaza de aquí de Jaén con un amigo me quejé de la cantidad de mantas con películas pirata y que nadie hacía nada. Un señor se me acercó y me dijo que pobres, que también tenían derecho a vivir. Yo le dije que sí, que solo faltaría, pero pagando impuestos como todos y con las mismas reglas. Al cabo de los años me llamaron la atención en la calle y era él y me dijo ¿se acuerda de mí? Le pido perdón. Como le entiendo ahora. Ahora me está pasando a mí con los bolsos».

El Videoclub García ha cambiado de ubicación en tres ocasiones, actualmente en la calle Manuel Jontoya, donde empezó, pero con instalaciones ampliadas. Por el aniversario directores de Jaén hicieron un acto en el propio establecimiento, donde estuvieron emitiendo películas en honor a ste resistente que no piensa bajar el telón y seguirá cultivando desde su rincón junto a la Catedral el amor por ese «espejo pintado» que es el cine, como lo definió el director italiano Ettore Scola. En un lugar que se puede considerar «histórico en la ciudad», como bien proclama su propietario.

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