Razón y pasiones

ALFREDO YBARRA

Sigo sobrecogido. Ligar emociones y razón es algo demasiado complicado, y demasiado costoso, no sólo en Cataluña, sino en esta España que tanto ha ahondado en su historia en las dicotomías antagónicas. No aprendemos. Pero lo de Cataluña tal como lo están llevando los oligarcas del separatismo es que es tormentoso y falaz. El “procés”, en su viaje a Ítaca en la nave de la agitación social, dice tener la brújula de la Arcadia. Pero la Arcadia, esta Arcadia ahora prometida, es un sueño imaginario construido en falso. Los manigeros del independentismo, por arte de un birlibirloque democrático y legal han puesto un dogmático romanticismo en un mastuerzo y espurio mantel. Y mientras, han hendido en la herida, están quemando muchas de las naves, han dejado una fractura social en Cataluña de muy complejo achique. Les da igual que Cataluña se parta y España quede partida. Y dentro de todo esto, allí, pero también allá, y aquí, estoy viendo realimentarse ese fanatismo tan hispano. Los acontecimientos últimos en Cataluña me lo confirman. En todas partes, en las humanas acciones, hay una pugna entre razón y emoción. Somos razón y emoción, fuerzas que en muchas ocasiones apuntan en el mismo sentido, pero que en otras se enfrentan. Las emociones, las pasiones son importantes en nuestra vida. Pero hay que saber discernir y poner el sentido común en el fiel de la balanza. Mario Vargas Llosa en la manifestación convocada por Societat Civil Catalana el pasado domingo, que resultó multitudinaria, decía unas palabras que claramente suscribo: “Todos los pueblos modernos o atrasados viven en su historia momentos en los que la razón es barrida por la pasión. Y es verdad que la pasión puede ser generosa y altruista cuando inspira la lucha contra la pobreza y el paro. Pero la pasión puede ser también destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo”. El premio nobel peruano aducía que la peor de todas las pasiones, “la que ha causado más estragos en la historia, es la pasión nacionalista”. La razón es una fuerza elaborada, que cuesta bastante suscitar. La razón es la facultad que tenemos de identificar conceptos, cuestionarlos, hallar coherencia o contradicción entre ellos; y así, inducir o deducir otros conocimientos distintos de los que ya conocemos. En cambio la pasión, las emociones, la creencia dogmática, son muy fáciles de encarnar, no necesitan confrontar ideas, ni comprender, se inoculan fácilmente y se propagan como un virus velozmente enardeciendo las fibras de la vehemencia. Y ante la razón y las pasiones emocionales, una vez más estamos dando muestras de que las segundas se imponen en la identidad española. Y en estos días, en Cataluña y en nuestro panorama general estoy observando cómo vuelve a resurgir el maniqueísmo hispano, y el gusto por la fácil bronca tabernaria. Eso de las dos “españas” tan redicho, de un modo u otro, en una u otra versión, sigue vigente. De nuevo los matices no valen, la reflexión pausada, el diálogo, el poner el sentido común al servicio de los problemas y circunstancias, hacer uso de la razón, son cosas generalmente rechazadas. Manuel Vicent, en una de sus columnas decía hace poco que: “Si un extraterrestre, acostumbrado a las leyes que gobiernan el universo, visitara España en este momento, creería haber caído en un país de locos poseídos por pasiones pueblerinas, incapaces de someter sus problemas políticos a la razón, estúpidos dispuestos a aniquilarse una vez más por un ideal imaginario de unidad o independencia de una patria hipotética,(…)”. La emoción exaltada es una respuesta anímica y corporal que tenemos ante lo real o lo imaginario, que nos convierte en un santiamén en visionarios y en fanáticos. De esa pasión, ciega, surgen, el odio, las intransigencias, el ombliguismo más rancio, las xenofobias, los banderismos, las trincheras, las fronteras. En Cataluña tendrá que pasar mucho tiempo para, si es que se quiere, hacer una pedagogía que cierre tanto cisma. Y en toda España ya es hora de que poco a poco vayamos dando otros pasos para dejar de ser o santos o demonios. En medio hay muchas otras maneras de ejercer como individuos y como sociedad, poniendo más razón y más sentido común en nuestros pasos.

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