Los milagros de San Lucas

Voluntarios de Cruz Roja en una noche de Feria./TWITTER: CRUZ ROJA
Voluntarios de Cruz Roja en una noche de Feria. / TWITTER: CRUZ ROJA
Crónica de una madrugada en la feria

La Vestida se ambientó antes de lo normal, y a las nueve de la noche no cabía un alfiler en el botellón

LAURA VELASCOJAÉN

La noche prometía para mi amiga Ana y para mí. Era martes, 17 de octubre. Jornada previa al día de San Lucas, la gran efeméride de la Feria. Miles de estudiantes sin clase al día siguiente, al igual que muchos trabajadores, que tendrían el día libre. La Vestida se ambientó antes de lo normal, y a las nueve de la noche no cabía un alfiler en el botellón. Porque sí, el botellón sigue siendo la salida más económica para echar unas copas y no tener que vender un riñón en el intento. Botella de tinto: un euro y medio. Botella de Pilycrim: gratis, rapiñando en los recovecos de la casa de Ana. Asequible para los bolsillos de esta periodista.

Antes de reunirnos con nuestro grupo de amigos, tuve la fantástica idea (nótese la ironía) de subir a una de esas atracciones que te remueve por dentro todo lo que has cenado en los últimos tres días. Una especie de péndulo que te pone boca abajo. Más fantástica fue aún mi torpeza. Dejar todos los objetos susceptibles de caerse en el suelo de la atracción. Todos, menos las llaves de casa, las cuales volaron cual superhéroe. Afortunadamente no actuaron como bala perdida contra ninguna cabeza y cayeron en el suelo. Y allí se quedaron, lejos de mí. Aunque de eso me daría cuenta seis horas después, al intentar entrar a casa sin éxito.

El núcleo del asunto llega ahora. Un multitudinario y pacífico botellón. Bebida en compañía de amigos, anécdotas, risas, buen tiempo. Hasta aquí todo idílico. Hasta que el destino, el karma o la mala suerte, como queramos llamarlo, llamó a la puerta. Pensaréis que fue fruto de las copas de más, pero no. No nos había dado tiempo aún a ver doble. Fue pura y simple torpeza. La mítica Ana, la cual os he presentado antes, protagonizó el tropiezo/guantazo más épico que Jaén ha presenciado en los últimos años. Lo que se dice besar literalmente el suelo. Tardé unos segundos en reaccionar, ante la incredulidad de quien ve a su amiga pegada como una pegatina. La acción acababa de empezar.

Tras gastar cinco pañuelos en parar la sangre que brotaba de su rodilla como si de la Fontana di Trevi se tratase, creí que sería buena idea ir a la Cruz Roja. Lo fue. Aquella brecha necesitaba unos puntos. Y los puntos se tienen que dar en el hospital. Primer notición de la noche. A partir de ahí, nos encontrábamos ante una espléndida hora de espera con los voluntarios de la organización, cuya labor, todo sea dicho, es encomiable. Están allí por pura vocación. Se dejan la piel (como mi amiga se la dejó en el suelo, paradójicamente) en facilitarle la noche a todo aquel que haya tenido un percance. Charlamos con ellos, nos contaron experiencias, tranquilizaron a Ana, la arroparon con una manta. Todo y más. Y es que claro, unos puntos en la rodilla son jodidos, pero no urgentes. Por ello, las ambulancias tenían siempre algo más prioritario que atender. Un chico inconsciente, un posible coma etílico, una caída grave. Y mientras, las dos 'marías' esperando su turno. Hasta que por fin llegó.

La palabra surrealista iba al pego con el hecho de ir en ambulancia a las doce de la noche con una amiga desollada y con mi camisa blanca llena de sangre. Eso sí, nuestra flor de flamenca no se nos cayó del pelo en ningún momento. Antes muertas que sencillas, que nunca se sabe donde vas a encontrar al amor de tu vida. Y otra cosa no, pero reír, reímos un rato. Tomamos con humor cada paso que dimos. Aunque Ana no estaba para dar muchos pasos. Ya en el Hospital Neuro-Traumatológico, tocaba otra horita de espera. Mientras, un par de anécdotas más. Ana en silla de ruedas paseando por la sala como Heidi por el campo. Yo preguntando a escondidas a los enfermeros sí le iban a doler mucho los puntos. «La verdad es que sí, sobre todo cuando se le pase el efecto de la anestesia» (refiriéndose al alcohol). Y yo ocultando tal verdad como buena amiga. Que la verdad a veces duele. Como le dolieron los cinco puntos sin anestesia que le dieron en la rodilla.

La personaje de mi amiga no se quejó en ningún momento. Bueno sí, se quejó de que estaba perdiendo un buen rato de Feria allí en el hospital. Y que si iba a poder volver ahora. «Estás loca», le decían las enfermeras. El médico le insistió en que no pisaría La Vestida hasta el sábado mínimo. Lo que no sabía es que una hora después estaríamos bailando al ritmo de Henry Méndez. Y Ana simulando ser un pirata con la pata de palo, con la pierna tiesa. Las enfermeras le vendaron bien la rodilla y, de extranjis, le dijeron que tuviera cuidadito. Creo que sabían que volveríamos a la Feria. Era luchar contra lo inevitable. Al igual que los compañeros de Cruz Roja, su labor fue también alabable, y no perdieron la sonrisa en ningún momento.

En ese punto de la noche, sobre las una y media de la mañana, nos dejamos diez euritos en el taxi de vuelta al recinto ferial, ya que si estás como una regadera y te vas a bailar en lugar de a casa, eso no lo cubre la Seguridad Social. Qué raro. Una vez allí... A recuperar el tiempo perdido. Bailamos hasta que el dolor de mi querida amiga era tan intenso que tuvo que admitir que era hora de marcharse. Pero hasta entonces, seguimos riendo. Ana le enseñó su venda hasta al último feriante, que ya que una sufre, qué menos que el mundo se entere. La heridas de guerra están para mostrarlas.

Eran las tres y media de la mañana y la rodilla de mi amiga dijo basta. Nuestros amigos se portaron y nos llevaron a casa en coche. Dejaron a Ana en su portal, dolorida pero sin para de reír. «Hasta luego lisiada, pata chula», fueron mis últimas palabras. Pero la noche no había acabado ahí.

Compuesta y sin llaves

Cuando llegué a casa me despedí de mis amigos, que tenían que ir a su pueblo, Torredonjimeno. Y ahí empezó mi odisea, parte dos. En el minúsculo bolsillo de mi falda no es muy difícil buscar. Si no está, no está. No insistas Laura, solo tienes dos euros y el DNI. Las llaves no están, así que actúa. «Ana, no te duermas, que voy para tu casa. No habíamos tenido suficiente por hoy, he perdido las llaves». Ana, que había movilizado a su padre para contarle su súper noche, le hizo venir a recogerme. Y el pobre hombre nos echaría a las dos todas las maldiciones que conociese, supongo.

Y ahí estábamos las dos, quitándonos el poco maquillaje que nos quedaba, ya que la mayoría ya se había ido con las lágrimas de tanto reír. Qué menos que dormir con tu compañera de batalla tras una mítica noche de guerra. Antes, un WhatsApp puso en conocimiento de mi casero que tenía que dejarme su copia de las llaves de casa, ya que ninguna de mis compañeras de piso estaban en Jaén. Y a las nueve de la mañana, ocho llamadas perdidas de mis caseros. Se iban a Córdoba, así que si quería acceder a mi dulce hogar tendría que decirles mis coordenadas. Me las trajeron como buenos samaritanos, para darme otro de los noticiones del día. «A esta llave no se le puede hacer copia, tengo que mandarla al fabricante con el código. Cuesta 70 euros». Me dolió más que a Ana los puntos sin anestesia.

Tras un San Lucas de descanso, de dormir, de mensajes con mi lisiada recordando la noche anterior, de mandarle las fotos que nos hicimos con la silla de ruedas del hospital, mi objetivo estaba claro. Tenía que encontrar las malditas llaves. Por ello, el alma fiestera de mi amiguita nos llevó de vuelta al ferial en la noche del miércoles. Y llegó el momento crucial. Mis esperanzas estaban puestas en aquel hombre de la taquilla de la atracción donde perdí las llaves y la cordura tras cinco minutos bocabajo. «Disculpe, ayer me monté aquí y perdí las llaves, por si alguien las ha encontrado y las tenéis». En ese momento, miró a su izquierda de reojo. Hizo el amago de coger algo. Se obró el milagro. ¡Eran mis llaves!

Emociones a flor de piel

Lo que vino a continuación equiparó la celebración del gol de Iniesta en el Mundial, encontrar un billete de veinte euros en unos pantalones que no sueles usar o despertarte por la noche y comprobar que aún te quedan unas horas más para dormir. Gritos, hurras, bailes (los movimientos que la lisiada podía realizar, que no eran muchos) y un pensamiento claro: esto hay que celebrarlo.

Según Ana, los 70 euros que me iba a costar la copia de las llaves podían invertirse en copas, era lo justo. Desechamos la idea, era demasiado. Pero si algo estaba claro es que bailaríamos en la medida de sus posibilidades, que San Lucas es solo una vez al año y una no encuentra unas llaves perdidas todos los días.

Y si otra cosa nos quedó clara es que todo pasa por algo, que la vida con humor es mucho más vida y que nunca una noche se estropea si la actitud es positiva. 'Lo hacemos y ya vemos', como dice la máxima de la taquillera película de 'La llamada'. Y así fue. Bailamos y luego ya vimos. Vimos que le dolía, pero que ya habría tiempo para descansar. Vimos que llovía, y que bajo las gotas de agua se baila mejor. Vimos que somos un equipazo y que teníamos una bonita historia de Feria que contar. Y en mi caso, vi que aquellas frenéticas horas podrían convertirse en una crónica para el periódico en el que trabajo. Porque la noche del martes prometía, pero fue mejor. Brindaremos por sus puntos, mis llaves y mi santo (se aceptan felicitaciones) el próximo fin de semana. ¡Qué viva San Lucas y las amigas locas!

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