Líneas discontinuas: doce botones disparatados

La historia de una pareja y sus propios usos en Nochevieja

ERNESTO MEDINA RINCÓN

Los seres humanos somos mucho de adornar el paso del tiempo con ceremonias y ritos. Lo mismo inventamos complicadas coreografías para cortarle la cabeza a algún desgraciado que pasaba por allí coincidiendo con el tránsito de Júpiter por Marte. O nos da por amancebarnos entre la mies recién cortada, con lúbrica urgencia, para dar gracias por la cosecha. Somos así. Nos gusta pensar que colocar algunos mojones en el camino del tiempo nos permitirá ser más felices, más fértiles y más afortunados. Para ello no paramos de inventar ritos de paso, ceremonias de iniciación y creer que colocar un anillo en el interior de una copa convierte al vino en un poderoso filtro de amor, en un potente brebaje mágico, en un bálsamo contra el dolor que nos aguarda en el futuro. Recordad sólo algunas de las costumbres que aún perduran como cortarles el prepucio a los infantes, mandar a los adolescentes a que maten a un león o pasar por la quilla al grumete que cruza por primera vez el Ecuador. Los Amish se someten a la Rumspringa, el Salto al Buey de los Hamar, los Sateré-Mawé usan un guante lleno de hormigas bala y así una larga lista que nos retrata como especie. De esa primitiva dignidad hemos pasado a una antropología del disparate. Huérfanos de referencias sociales obligamos a vestirse de mamarracho al varón que se casa en breve o a colocarle una diadema de penes bamboleantes a la hembra pocos días antes de la boda. Pensamos que todo esto nos hará mejores y que el destino nos será propicio si pensamos, muy fuerte, un deseo justo antes de soplar las velas de la tarta de cumpleaños. Perdón pero no me creo que usar una braga tanga de color rojo en la última noche del año sea la solución para no pasar estrechuras económicas el año que viene. Por ahí no paso. Uno será pobre pero la dignidad hay que mantenerla, sobre todo, en la entrepierna. Tampoco tengo fe en que saltar a la pata coja mientras Ramonchu canta las campanadas sirva para demasiado ni en dejar unas maletas en la puerta ni en llenar un cubo con agua por la mañana y vaciarlo a las 12 ni echar azúcar al aire o comer lentejas. Yo quiero que el paso del tiempo me haga más viejo, no más tonto. ¡Feliz 18!

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