Líneas discontínuas: ANTROPOLOGÍA DEL DISPARATE

No paramos de inventar ritos de paso y ceremonias de iniciación

ANTONIO AGUDO MARTÍN

Dado que el catedrático Agudo ya ha pontificado sobre la estupidez humana en lo tocante a los ritos de Año Nuevo, me permitirá que le cuente la historia de una pareja que estableció sus propios usos en Nochevieja.

Era la primera vez que iban a estar solos. Los hijos habían alquilado un hotel rural con los amigos. «¿Nos vamos con mi hermana y la familia de su marido? Mejor nos quedarnos en la casa tranquilos, a nuestro aire. Una cena sencilla, bailamos en el salón la música de los ochenta y luego lo que nos apetezca».

La tarde del día 31 ella se encontró encima de la cama dos cajas. La pequeña contenía un cordón de plata liso para ponérselo de gargantilla. La grande era un vestido. Desconfiada, miró primero la talla. La había clavado. Tras quitarle el papel de seda, se lo probó. Era de una pieza, tipo lápiz, de tejido crepé negro. Manga francesa rematada con encaje guipur. Escote bajo de barco. El vestido cerraba a un lado con una doble abotonadura. Doce botones en total. Se miró en el espejo reparando en el simbolismo. Sonrió complacida, «me queda perfecto». Dejó preparados unos zapatos rojos de salón con tacón de aguja.

A la hora de la cena ella agradeció los regalos mientras que él ensalzaba, deslumbrado, su elegancia y belleza. «Tú también vas hecho un pincel con ese traje Príncipe de Gales». «Pálido reflejo tuyo», respondió convencido, excluida la galantería.

Poco antes de las doce ella preguntó malévola, «¿has preparado las uvas?». La miró silenciosamente unos instantes, «no; hoy no hay uvas. Las he cambiado por los botones de tu vestido». Ella se puso de pie a la espera de la primera campanada.

Cuando hubo desabrochado los primeros botones descubrió que el carmín de los labios había geminado redondo y puntiagudo en su pecho. Tras descerrajar los siguientes comprobó que la tersura de su vientre no encontraba obstáculos, ni naturales ni artificiales, hasta alcanzar dos cintas de raso negro que con nudos de lazo sostenían las medias. Al sonar la última campanada la atrajo hacia sí cogiéndola por la gargantilla.

Una hora después, mientras el buzón de voz de sus móviles se llenaba «papá, mamá, ¿dónde estáis? Os estamos llamando para felicitaros el año nuevo», ellos volvían a susurrar las campanadas retransmitidas desde las Canarias para tomarse otra vez los doce botones.

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