Librerías

Las librerías han sobrevivido en peores condiciones que el lince o el quebrantahuesos y aun así no han recibido apoyo

Librerías
MANUEL MOLINA

Existen librerías y supermercados del libro. Ambas coinciden en el objeto expuesto en anaqueles y baldas para su venta, pero no en el trato tanto del usuario como del género. Por unas caminan libreros que ayudan en la elección y recomiendan si se les solicita su opinión; por otras transitan vendedores o ni siquiera estos, tan solo libros expuestos, en su mayoría de grandes editoriales y con poca resistencia al tiempo, de calidad, diríamos que variable.

Soy, he de aclararlo, lector formado en bibliotecas públicas a la vez que compatibilizaba esa querencia con la compra semanal de mi paga como hijo invirtiendo en libros de bolsillo. Fui seguidor de colecciones variadas como la de Alianza de Bolsillo -qué grande Daniel Gil en las portadas- o Cátedra de Letras Hispánicas. No entendía entonces los sesudos prólogos, pero me aferraba en descifrarlos, costó su tiempo pero los doblegué. Y allí estaba siempre una señora que siempre fue mayor o al menos a mí me lo parecía, que atendía diligente. Como niño de pueblo el hecho de aparecer en una librería de la capital supuso una impresión memorable aún hoy. Allí estaba, como Borges, en el paraíso, rodeado de libros de todas las materias y formatos. Los de arte eran los más atractivos pero para un bolsillo endeble como el mío solo me permitía el hojeo. Tal vez por esa circunstancia se decantó mi vocación por la filología y no por el arte.

Las librerías han sobrevivido en peores condiciones que el lince o el quebrantahuesos y aun así no han recibido apoyo. El personal pone la pasta y la arriesga y reconozco que he visto a la gran mayoría perderse en la desolación del cierre. Sufrieron la embestida de la fotocopiadora, la del libro electrónico, la del analfabetismo funcional, la falta de promoción en cadenas televisivas de lo relacionado con los libros, la imposición de porcentajes y precios de las grandes editoriales en detrimento de las pequeñas, apenas existentes salvo como rarezas y arrinconadas, solo reconocibles por lectores extraños, l venta de cartulinas y tijeras sin filo para sobrevivir. Los últimos románticos venden libros que han leído, basan su existencia amenazada en la presencia, compitiendo con el dios semioculto de la mensajería global, tal que una novela de J. K. Rowling.

Resulta evidente que no existe relación proporcional entre ser buena gente y la lectura, Himmler o Goebbels eran avezados lectores, pero sí alcanza grado de relevancia el hecho de que una sociedad lea y pague por sus libros. Recuerdo mis tiempos de doctorando en Madrid, donde te mezclabas con lo más variado. Entre ellos coincidí con un tipo curioso, bajo su apariencia de normalidad cada cierto tiempo solicitaba un libro, siempre el mismo en distintas ediciones y librerías, arrancaba una hoja que robaba oculta en su cuerpo para ir montando un libro en su domicilio, página a página. No quiero espantarles, tan solo llamarles la atención. Ahora piensen ¿será verdad, será ficción? Algo deben tener las librerías cuando han sido tan censuradas y clausuradas siempre que han venido dobladas las circunstancias, pero aun así siempre hubo un cajón, una trastienda para salvaguardar la libertad, la de todos, lectores y no lectores.

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