Mil folios

Opinión | La Carrera

Me armé de temple y comencé a leer la sentencia desde la ingenuidad y el juego limpio, despojado de las cifras negras de sus antecedentes (...)

JOSÉ ÁNGEL MARÍNJAÉN

Como ha sido tanto el alboroto y las bajas causadas, me he puesto a leer despacio la sentencia de la Gürtel. Lo he hecho como haría el ciudadano medio, empezando por su primera página y acabando en la última por su pie de recurso, y no como solemos los juristas que leemos justo a la inversa. Ya se sabe que los dedicados al Derecho en ocasiones leemos las resoluciones judiciales al revés, comenzando por la última página, de modo que lo primero que buscamos es la decisión del asunto contenida en el fallo. O sea, destripamos el final antes de conocer la trama.

Esta manera -digamos- profesional de descifrar las sentencias se asemeja al proceder que será habitual estos días cuando los muy forofos del fútbol que no puedan seguir todo el Mundial, hagan lo posible para grabar los partidos con la idea de ver toda la contienda, aunque antes de ponerse delante del televisor ya sepan como acabó aquello.

Es obvio que cuando empecé esa lectura ordenada de la sentencia Gürtel ya conocía el final de la película. Aun así me propuse avanzar como cualquier hijo de vecino, párrafo a párrafo, intentando dejar de lado el clima de corrupción sistémica retratado en esta sentencia; la punta del iceberg. Intenté, de veras, apartar las noticias sobre el mercadeo de voluntades, sobre el mangoneo punible de mediadores y militantes, sobre el panorama putrefacto ofrecido no solo por el PP al andar demasiado pegado a su caja B. Así que intenté soltar el lastre de considerar la sentencia que tenía entre manos como un remedio contra la corrupción, tampoco quise verla como un síntoma.

Me armé de temple y comencé a leer la sentencia desde la ingenuidad y el juego limpio, despojado de las cifras negras de sus antecedentes, de su contexto, de sus afines y subsecuentes (pronto veremos la de los ERE). Me propuse leer los hechos probados y sus fundamentos jurídicos haciendo abstracción del fenómeno delincuencial en que algunos han convertido la política, sabedores de que la respuesta penal -si llega- es tardía, parcial y en muchas ocasiones benigna.

Inicié la lectura haciendo abstracción de que se sentaban en el banquillo altas esferas de poder, que se enjuiciaban delitos cometidos por cargos de copete frente a los que -ya se sabe- cuesta un mundo arrebatar la coraza de la impunidad. Aunque para mi tengo que la impunidad es clave para que se instale y generalice la corrupción. Me tragué las ideas sobre cuanto facilita, alimenta y refuerza ese círculo vicioso. Intenté obviar los múltiples controles previos desactivados, los filtros internos manipulados, los mecanismos propios de toda actividad administrativa que los condenados se pasaron por el forro.

Procuré no prescindir del texto y de la ética, pero cuando iba por el folio mil recordé que se cuentan con los dedos de la mano los procesos penales vinculados a la corrupción debidos a denuncias de órganos internos de control o por correligionarios. Hice una pausa y seguí leyendo.

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