Flores para Luis

Flores junto al lugar del accidente un año después.
Flores junto al lugar del accidente un año después. / Juan Esteban Poveda

Un año después de la muerte de un joven en un punto negro del tráfico en Jaén jamás falta un ramo | Más de 200 familias de la provincia perdieron a un ser querido en accidentes de tráfico en la última década, y miles conviven con secuelas irreversibles

Juan Esteban Poveda
JUAN ESTEBAN POVEDA

Loli pasó ayer por primera vez en un año por el cruce de Avenida de Madrid y Santo Reino. «Quería hacerlo. Tenía que hacerlo. Le habían puesto una corona preciosa, y quería verla», comenta con el temblor de la emoción en la voz. Las flores son para Luis. Su Luis. Su hijo, que murió en ese cruce el 12 de septiembre de 2016 en un accidente de tráfico. Tenía 22 años. La moto que conducía fue arrollada por un coche que supuestamente no hizo un ceda el paso. Desde ese día hay flores allí. Llueva o truene, ahí están las flores. «Mientras yo viva», asegura Vicente, pareja de Loli. Él es quien pone los ramos en la farola junto al punto donde murió Luis. Un punto negro del tráfico.

Ese 12 de septiembre Loli madrugó para ir a trabajar al restaurante que regenta la familia en la calle Cristo Rey. «Lo dejé en la cama. Estuvimos charlando. Tenía cita con el dentista. No quería ir y yo le animé a que fuera. Nos despedimos ...», recuerda. Ha revivido mil veces esos momentos con su hijo. Los últimos. Minutos después de las tres de la tarde Luis cogió la moto y salió hacia el trabajo, en un supermercado de la Avenida de Granada. Subía por la Avenida de Madrid cuando un coche que bajaba y quería hacer el giro hacia Santo Reino se lo llevó por delante.

«Esto nos ha destrozado la vida. La alegría se ha ido para siempre. Ha sido un año de dolor. Día tras día, dándole vueltas, sin entender nada, echándolo de menos. Así un día y otro y otro», afirma Vicente.

Tiene grabada una escena de esa tarde. «Estuvimos trabajando hasta las cinco de la tarde. Loli acabó en la cocina y se sentó a tomarse un café. Entraron unos agentes de la Policía Local para darle la noticia. Bajamos al hospital. Ya estaba de cuerpo presente el pobre. Ya había muerto». Comenzó el infierno entonces. El estupor.

Juan Manuel Alcalde, de Stop Accidentes en Jaén y padre de un chaval de 17 años fallecido en otro accidente describe así lo que se siente en las charlas que da por los institutos: «Al principio no sabes ni donde estás. Estás perdido. Te niegas a aceptar la realidad. No lo crees. Luego llega el dolor. Te duele todo. Sobre todo donde no se ve. Te duele el alma. Un dolor que no se calma. Te cambia la vida radicalmente. No hay alegría, solo penas y lamentos. Es lo que queda. Dolor».

Un drama social

El drama por el que pasan Vicente y Loli es el que padecen este año una veintena de familias de Jaén. En la última década los fallecidos en accidentes en la provincia son más de 200, y los heridos graves se cuentan por miles. Algunos en silla de ruedas para siempre, o sin poder reconocer a sus padres o atarse unos zapatos. Unos 4.000 casos al año en España. A los que hay que sumar entre doscientos y trescientos más que sufren amputaciones. Una enorme tragedia social que tiene repercusión pública el día del accidente y los momentos posteriores. Pero que deja heridas muy profundas en las familias. De por vida.

Para ayudar a las víctimas, la DGT abrió en 2013 la Unidad de Víctimas de Tráfico, donde heridos y familiares encuentran apoyo en funcionarios que los asesoran y ponen a su alcance abogados, psicólogos, ayudas públicas ... Desde su creación ha prestado auxilio a a 3.888 víctimas (familiares de fallecidos y lesionados) con 4.445 intervenciones, según datos facilitados por el jefe provincial de Tráfico, Juan Diego Ramírez, quien también destaca el papel que tienen las asociaciones de víctimas para superar el trance.

Salvar otras vidas

Tras la muerte de Luis se produjeron más accidentes en el mismo lugar. Finalmente el Ayuntamiento colocó señales reduciendo la velocidad en la Avenida de Madrid, puso bandas sonoras para frenar a los imprudentes y cambió de sitio un paso de cebra que entorpecía el cruce en Santo Reino. Mientras todo eso pasaba, Vicente seguía poniendo flores cada pocos días. «Si nos las quitaban un sábado de madrugada, o se las llevaba el viento en un temporal, ya estaba yo atento para poner otras nuevas rápidamente. Se lo prometí», relata. Se le desborda el cariño. «No era mi hijo biológico, sino de mi pareja. Para mi, como si lo fuera. Vivió conmigo como un hijo 17 años. Un chaval excepcional. Muy alegre, siempre con sus amigos, jugando al fútbol. Yo hasta quería que fuera profesional. Pero él prefería jugar en los barrios, con amigos. Tenía su trabajo, donde lo apreciaban mucho y donde iba progresando».

Los expertos dicen que la muerte de un hijo no se supera. Todo lo más, se aprende a vivir de otra manera. Vicente ha incluido en esa nueva manera de vivir sin Luis el hábito de mantener vivo el recuerdo con flores en el fatídico cruce. A Loli le ha costado un año pasar fugazmente por el lugar donde se le destrozó la vida. «Sólo por ver la corona, que había quedado tan bonita», musita.

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