Elogio del patio

Opinión

Hasta hace unos tres mil años, casi anteayer, no se logró asentar un invento que provocaba beneficios para los moradores de las chozas asirias y babilonias, que ya habían descubierto el beneficio de la plaza común

MANUEL MOLINA
MANUEL MOLINAJAÉN

La arquitectura en muchas ocasiones se une al sentido común y después de la observación y experimentación, una vez se supera la causa de error/acierto, logra soluciones que se perpetúan hasta quedar por obvias. Hasta hace unos tres mil años, casi anteayer, no se logró asentar un invento que provocaba beneficios para los moradores de las chozas asirias y babilonias, que ya habían descubierto el beneficio de la plaza común. Añadieron un pequeño espacio privado que regulaba la temperatura a la vez que ofrecía aporte a la intimidad. En nuestro sur de cálidos y sofocantes veranos lo hemos incluido como algo cultural.

Para ello debieron ocurrir varios determinismo, por una parte el funcional ya que desde el este y desde el sur llegó la solución del espacio abierto cerrado por tres o cuatro paredes. En distintos lugares sin relación entre sí se llegó a la misma solución. A ello se unió el determinismo ambiental en busca de una idea constructiva que regulara la temperatura elevada, que posibilitara la aireación de la casa y que iluminara las estancias interiores. Algo tan sencillo tuvo una evolución compleja desde el 'megaron' micénico, la domus romana, el patio árabe de los pueblos nómadas que lo convierten en el centro de la casa, los claustros monacales o los patios de armas. Espacios polivalentes que delimitan estancias. Un dicho antiguo nos muestra su importancia: un nuevo rico quería hacerse una vivienda en una ciudad andaluza y buscó uno de los mejores arquitectos de la época, que le inquirió sobre su propósito, al que este contestó indicándole que deseaba una gran casa con un patio y soportales, rogó, al final, que si sobraba espacio le hiciera habitaciones.

Me gustan los patios con flores, con sencillos y coloridos poemas sobre la cal, las macetas, otro gran invento, embellecen de forma sencilla los lugares cotidianos y en este mes de mayo, cuando canta la calandria y encañan los trigos, que decía el romance, comienzan a dar su mayor prestancia y esplendor. Por allí pozos, fuentes, cancelas y pilones junto a pequeños jardines y albercas darán tregua a la calor y convertirán ese lugar de tránsito en un paraíso de naturaleza ordenada.

¿Y quién cuida de ese orden y estética? Mujeres. Sí, mujeres que entregan su tiempo para el adecentamiento y lustre, para el disfrute de los ocupantes y del que visita ocasionalmente. Manos laboriosas que encalan, pintan y encenefan, que dan brillo al esmalte de azulejos, que abonan y miman esquejes o semillas, que hacen crecer la belleza para que haga compañía de manera callada. Borges, que ensalzaba la forma más grata de vida en un patio nos dejó estos memorables versos: «El patio es el declive/por el cual se derrama el cielo en la casa». Lo mismo que la escena un domingo en que Juan Ramón Jiménez nos legaba el trajín de los gorriones un domingo en el patio de su casa, junto a Platero. Un patio, de otro modo, también nos lo describió Marcos Ana: «Amanezco, y ya todo/ -fuera del sueño- es patio:/ un patio donde giran/ los hombres sin espacio.» Pero ese es otro patio, desde el que siempre se añora el otro, aquel de la canción infantil que se mojaba como los demás.

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