Los complejos

Opinión | La Carrera

A nuestro país le cuesta quitarse el complejo que identifica el franquismo con España, en lugar de identificar lo español con Ramón y Cajal o Iniesta

JOSÉ ÁNGEL MARÍN
JOSÉ ÁNGEL MARÍNJAÉN

El ser humano es el único bicho viviente que se complica la existencia por gusto. La vida podría ser sencilla pero la hacemos compleja. Se ve que así todo resulta más distraído y menos biológico, aunque ello nos genera quebraderos de cabeza. Cuántas veces no decimos ¿qué necesidad tenía de meterme en este berenjenal, quién me mandaría? Preguntas que expresan la realidad cotidiana que en un momento pasa de lo cómico a lo trágico y viceversa.

Complican la cosa los complejos. Refiero hoy la baja autoestima nacional cuando España lidia en el cónclave global. En ese contexto nuestro país asume papel menguante y se deja jibarizar por otros Estados, iguales en soberanía, que sacan pecho al tiempo que tapan miserias bajo alfombras de poderío económico.

A nuestro país le cuesta quitarse el complejo que identifica el franquismo con España, en lugar de identificar lo español con Ramón y Cajal o Iniesta. Esos complejos tan españoles cristalizan en un achicarse ante lo foráneo, ante los que dan oxigeno a una camarilla de golpistas catalanes.

Pero no me centraré en el papanatismo europeísta, ni en relatos concretos sobre el deporte de flagelarse, tan hispano. Comentaré algo relacionado con el fenómeno auspiciado por un grupo de levantiscos que desea la balcanización de España tras percatarse -hace ya años- de que nos gobiernan pusilánimes, líderes cargados de complejos a quienes hacen llagas las costuras de las bragas. Conscientes de ello, los sediciosos fueron a lo suyo contando con la galbana de unos dirigentes nacionales a los que se les da de perlas titubear y tejer redes clientelares desde su posición institucional. Vieron los amotinados catalanes que la clase política española -como es costumbre- se desentiende de sus responsabilidades y cuelga 'el marrón' a los jueces, como si éstos no tuvieran bastante con intentar atajar la gangrena de la corrupción que llega a cada rincón de España, putrefacción sistémica que alcanza también al extranjero. Claro, y si los gobernantes se desentienden, qué puede hacer el ciudadano medio, pues eso, taparse la nariz, acudir a las urnas cuando es llamado y vomitar en la intimidad.

Que sepamos, el Poder Ejecutivo en un Estado democrático y de Derecho tiene como misión constitucional hacer cumplir las leyes y dejarse en casa los complejos, y no dedicarse a fumar puros y a manosear el mando a distancia buscando en Eurosport hasta el parchís en pista cubierta.

No, hoy no dedicaré ni una letra a la cantinela de la independencia de la república layetana. No lo haré porque España no es ninguna mazmorra de territorios, sino todo lo contrario. Es más bien un coladero de pretensiones mal fundadas en derechos históricos que -como era previsible- causan agravios y hacen saltar por los aires las razones de Estado. A propósito de este argumento, recomiendo encarecidamente la lectura de los tres primeros artículos de la vigente Constitución francesa, que creo no es sospechosa.

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