Clásicas

La decisión de un estudiante de cursar letras o ciencias viene determinada por el prestigio social de las carreras universitarias

ERNESTO MEDINA RINCÓN

Reconozco que esta semana me siento en inferioridad ante maese Medina. Va de mano en las letras y en los números se defiende en cada línea hasta ajustarse a 400 perfectas palabras. Aún así argumento que si el cuerpo de un alumno está formado por un 75% de agua y el resto de materiales variados no hay que olvidar que su alma tiene la misma proporción en letras y en cifras. Somos un montón de palabras ordenadas por un cuarto de minerales matemáticos que ponen orden en el caos que es la vida. Pitágoras, además de sacarse de la toga el famosos teorema de la hipotenusa, pautó los sonidos de las cítaras y convirtió las ecuaciones en acordes y melodías.

Estoy hasta el logaritmo neperiano de que nos obliguen a elegir. Si yo me hubiera leído la Ilíada en versión original dejaría caer aquí una cita homérica pero lo más cerca que estuve del Olimpo fue cuando me quedé colgado, cómo un fruto algebraico, de una joven que me hizo los quebrados trizas y me atravesó la secante con la mirada de sus verdes bisectrices. Jamás necesité para sobrevivir resolver una raíz cuadrada, pero me las tuve que ingeniar para implementar una serie de algoritmos que me facilitaran las relaciones con los demás. Escribir códigos de amor hexadecimal e intentar solventar el principio de incertidumbre. Heisenberg ya lo dijo: «Es imposible medir simultáneamente, y con precisión absoluta, el valor de la posición y la cantidad de movimiento de un hijo un sábado por la noche en el botellódromo».

La poesía es medida, es métrica, es ritmo y compás. Los números ayudan a acabar con la entropía y el folio en blanco. La literatura es la propiedad biyectiva entre el autor y los lectores. Poder ser pensado y ser y pensar en el contrario y hacerlo existir. Pensar es crear. Cada hoja es un número. Cada dedo un dígito. Cada cabeza un plano cartesiano por construir. Ceros y unos trasladados a imágenes en pantallas como una caverna, con su mito, íntima y personal. Platón, de haber vivido hoy, hubiera puesto pizarras digitales en su Academia. Pero no todos podemos bañarnos en el río como Heráclito. Se necesitan hoplitas, artesanos, escribas y los demás menesteres de la polis. No somos o deletras o de números. Estamos hechos de ambos. Es un hecho. Es innegable. Lo estamos olvidando y lo terminaremos pagando.

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