Se acabaron las sardinas y el 'procés'

Espetos de sardinas en la subida al Castillo, durante la romería de Santa Catalina./José M. Liébana
Espetos de sardinas en la subida al Castillo, durante la romería de Santa Catalina. / José M. Liébana

El buen tiempo incrementa la romería de Santa Catalina y los jienenses vuelven a sus asuntos

José M. Liébana
JOSÉ M. LIÉBANAJAÉN

Me subo al autobús gratuito en la parada de Roldán y Marín en el último día de su existencia porque hoy se pone en marcha la peatonalización del centro de Jaén. «Pues tenía que llover, que hace mucha falta», comenta una señora y eso que va como el resto a la romería de Santa Catalina, patrona de la ciudad, bajo un cielo encapotado que no amenaza lluvia. De hecho, nadie lleva paraguas. 16 grados. Ni frío ni calor. Ni viento. Los muchos 'peregrinos' de este año suben sin ropa de abrigo, aún sin vender en muchos casos pese al 'Black Friday'. Tiempo de cazadora o chandal a cuerpo. El autobús tiene que dar un rodeo por la 'Ruta del Colesterol' porque La Carrera está en obras. «Nos van a dar un paseo turístico por todo Jaén y gratis». «Aquí se mató 'El Chato', ahí está el monumento, por eso hicieron un rotonda», comenta un viajero. «Pues ya hay gente en la Cruz», dice otro el entrar en La Alcantarilla. La 'rotonda del pino', en obras de jardinería. En la Senda de los Huertos se suben unos padres con un niño de unos cuatro años que nunca ha montado en autobús y que se queda jugando con el torno, que pronto pasará también a la historia pese a la oposición de la empresa. Cinco días tiene para quitarlo. Pero aún está. Una señora explica cómo hacer que las sardinas no huelan tanto cuando si se asan en casa: cortándoles la cola. Otro apunta que ha visto a su nuera hacerlas en el microondas y que «salen también muy ricas y sin olor», dice como si hubiera presenciado un truco de magia. En los olivares cercanos a la carretera ya se ven olivareros. En la parada de la glorieta Doña Lola Torres hay muchos esperando y como el autobús va casi lleno, los pasajeros dejan escapar un «¡uf!» sostenido. Así que cuando llega a San Felipe, el amable conductor, que también los hay, como en todos los gremios, informa a los que aguardan que va lleno. «¡Cinco han pasado ya llenos!», dice un señor que ilustra sus palabras con una 'manita' agitada y en alto: «¡Cinco!».

Subida

El autobús aligera el paso. Desde el cruce de la carretera al Castillo ya se ven peregrinos a pie por la cuneta o campo a través. Campo seco. Cerca ya de Caño Quebrado, el autobús tiene que esperar a que baje el que hay arriba, como en las estaciones de las líneas de tren de una sola vía. Algunos se bajan impacientes. Muchos han hecho una ruta senderista por los caminos junto a las antiguas murallas y se les ve con bastones. Y otros han subido en bicicleta de montaña, que aparcan en un cercado nada más dejar atrás el cruce hacia El Neveral.

A partir de ahí cambia el decorado, los pinos tiene más verdor y en el suelo hay hierba. Comienza la subida peatonal, salvo algún coche de color negro oficial y los alojados en el Parador, que pasan con cara de extranjeros y ojos muy abiertos al ver la que hay montada, pacientes y respetuosos, sin tocar el claxon.

Aún no es la hora de comer pero la comida ya está hecha. Además de las clásicas ristras de chorizo y morcilla que como gallardetes ondean en lo alto de los puestos para llamar al público, los cocineros posan orgullosos ante enormes paelleras con migas, patatas a lo pobre y arroz, los tres clásicos. A un lado de la carretera, una mujer vende castañas asadas aunque este año, a diferencia del anterior, no haga frío. De hecho, junto enfrente hay un cartel de 'Hay agua fría, un euro'.

Y en la curva cerrada que hay antes de la ascensión al Castillo, una barca típica de la costa, a doce euros el espeto, hace las delicias de los aficionado al 'selfie'. Aunque no todos los bolsillos están para estipendios, que la crisis no se ha ido para muchos, y se ven jóvenes y familias enteras tirar de bocata y de latas de refresco y cerveza traídas de casa y de las que dan cuenta sentados en los riscos o en los magníficos bancos de hormigón que hay mirando a los impresionantes montes cercanos de La Mella y Jabalcuz.

Los peregrinos aprovechan la fuerte subida final para hablar y hacer paradas. Que si la sequía, que si la peatonalización, que si mi cuñado tiene ahora toda arbequina, que ayer compré por Amazon, que mi hija no piensa volver de Nueva York para ganar quinientos euros al mes. Nadie habla ya del 'procés' catalán, que hasta hace poco era tema recurrente del que todo el mundo hablaba o sacaba bandera.

Junto al arco de entrada al recinto, un cartel de 'Chocolate y churros en el Castillo'. Y a las puertas del Parador, dulces, turrón y almendras rellenas en el prólogo de la Navidad. Y más puestos de cerveza y comida. Los concejales, los representantes de las fuerzas de seguridad y los miembros de la cofradía toman un refrigerio a los pies de la torre del homenaje, para recuperarse del esfuerzo de la subida acompañando a Santa Catalina. Y en el interior de la fortaleza hay un ir y venir a la capilla de la santa, para poner una vela o hacer una foto.

Protección Civil me informa que no ha habido nada destacable. Ni no destacable. Nada. Y me confirman que este año hay más gente, sobre todo por el buen tiempo. Y al bajar, en los puestos me cuentan que este año se les han acabado las sardinas.

Y la gente en el autobús de regreso sigue hablando de sus cosas. «El chorizo es más fuerte que la morcilla». «Pues donde hay buenos chorizos es en Huelma». «Y en Jamilena y en Carchelejo, en muchos sitios». «Lo que hay hoy son muchos chorizos», dice una mujer con picardía. Y uno la caza al vuelo: «Vaya, y en La Moncloa están los mejores».

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