Ideal

No todo vale

La Atlántida no estuvo en Jaén... ni en ningún otro sitio
  • opinión

  • «La Atántida, como realidad, no estuvo en Jaén... Ni aquí, ni en ningún lugar del planeta Tierra..., sencillamente porque no existió nunca, jamás.»

Cuando alguien se define como atlantólogo podría suponerse que se trata de un especialista en Atlanthropus mauritanicus, el Homo erectus norteafricano, o de un estudioso de la cordillera del Altas tunecino-argelino-marroquí, o de un especialista en los fondos del mar Atlántico. Pero si me dicen que se trata de un autonombrado especialista en la Atlántida platónica, me quedo asombrado de que alguien pueda decir tanta tontería sin ruborizarse, y que otros puedan tomarlo en serio. Es el caso de Georgeos Díaz-Montexano o de su colega Simcha Jacobovici, el 'descubridor' de los clavos de Cristo, de la tumba de Caifas, de la cripta familiar de Jesús, con María Magdalena y el común hijo de ambos; también de la sepultura del apóstol Santiago: un verdadero especialista en hallazgos de primer nivel que acabaron demostrándose, tampoco hubo que indagar mucho, simples falsedades. Toda una vida de estudio no bastaría para analizar tanta basura.

¿Existió alguna vez la Atlántida? Seguro que sí: en la filosofía de Platón, en la mitología, o en la retórica literaria: existió para sueños nacionalistas, especialmente el alemán de los años posteriores a la Primera Guerra Mundial que desembocó en el nazismo,. Ha habido muchas Atlántidas, en la literatura y en la ficción. Existe en la cabeza de Georgeos Díaz-Montexano. Pero dicho esto, la Atlántida, como realidad, no estuvo en Jaén, tampoco sus supuestos centros secundarios, ni sus templos, ni sus construcciones. Ni aquí, ni en ningún lugar del planeta Tierra, sencillamente porque una Atlántida histórica, no existió nunca, jamás. No hay arqueólogo ni historiador medianamente serio, que sostenga esa afirmación. Lo diga Georgeos Díaz, Simcha Jacobovici o el afamado cineasta James Francis Cameron.

Las afirmaciones que hemos leído estos días en los medios de comunicación, tienen trampa y esconden un olímpico desprecio a la ciencia al intentar argumentar que existen dos clases de arqueologías: una académica, encerrada entre los infranqueables muros de la universidad y otra para la que no son necesarios ni títulos ni método. Basta con autoproclamar la existencia de una supuesta ciencia bautizada como 'atlantología'. Más de veinte años de investigación, que como tal ha sido modélica aunque las autoridades no hayan hecho sus deberes, especialmente en lo que se refiere a la puesta en valor de las parcelas que se destinaron a ese fin, pueden quedar reducidos a cenizas por una estrafalaria, inconsistente o, incluso, falsaria 'opinión'. Y en ciencia no existen opiniones. Los arqueólogos no opinan sobre el pasado, construyen hipótesis a partir de una información fosilizada en la tierra. Y cuando tienen las evidencias suficientes las convierten en tesis hasta que nueva información modifique o incluso revoque las anteriores conclusiones. Ese es el método científico.

Pero vayamos a la Atlántida: Platón (427-347 a.n.e.) al escribir sus Diálogos de Critias y de Timeo, pretendía exponer sus críticas posiciones político-filosóficas sobre el Estado Ateniense. El personaje central del relato, al que Platón parece tener en alta estima, explica a Sócrates el fabuloso mundo de la Atlántida. Se trata de Critias, un oligarca ateniense, responsable de asesinatos y deportación de ciudadanos de su propia ciudad, al que Filostrato llamó «el mayor malvado de todos los hombres», tirano depravado que para Platón fue un hombre refinado, un aristócrata distinguido. Con estos principios Platón construye su universo ideal, una sociedad donde los campesinos y artesanos trabajaban, los guerreros vigilaban y los gobernantes-aristócratas tomaban sabias decisiones en beneficio de la comunidad. En realidad, su modelo de sociedad ideal sería similar al de Esparta, muy alejado del que tenía Atenas en el momento mismo del nacimiento del filósofo, herencia principal del recién fallecido Pericles (429 a.n.e.). Y de ahí nace el mito de la Atlántida, según algunos investigadores una metáfora del imperio Aqueménida con el que los griegos habían mantenido un largo y doloroso enfrentamiento. La Atlántida habría sido un fabuloso reino donde la virtud, el sentido de la justicia y la sabiduría de sus gobernantes, habrían creado un continente ideal, que sólo los dioses, enojados por la soberbia que con el tiempo caracterizaron a la monarquía atlante, habrían truncado mediante una gigante y catastrófica ola.

El filósofo, que creaba el mito para defender su filosofía política, describió ampliamente el lugar como si de un escenario real se tratase, una enorme isla, en realidad un continente, una metáfora narrada como si de una historia verdadera se tratara: A Critias se la contó su padre, que la escuchó de Solón, y que se remontaba a los orígenes del universo griego, unos nueve mil años antes de Platón ¡En el Mesolítico! Las cronologías obtenidas para las estructuras de los fosos de Marroquíes, con metodología científica (C14), cifran su origen, fosos 0 y 1, en torno al 2800 a.n.e., más de seis mil años después de la supuesta destrucción del mítico continente. Es decir los atlantes, en su caso, estarían todos muy calvos antes de la construcción del extraordinario, magnífico, espectacular, asentamiento Calcolítico de Jaén.

El origen

Efectivamente y ahí estoy de acuerdo con Georgeos Díaz-Montexano, un espacio verdaderamente excepcional, digno de recibir mucha más atención de la que se le dio una vez realizadas las excavaciones arqueológicas. Tan excepcional que no necesita de florituras literarias ni su identificación con el universo mitológico atlantista. Marroquíes está en el origen de lo que somos los hombres y mujeres que habitamos esta tierra. Esa sí es nuestra identidad y no la fabulosa leyenda de un reino de atlantes aristocráticos y antidemocráticos al gusto platónico; en Jaén tenemos una historia repleta de momentos álgidos que deberían servir para aumentar nuestra autoestima como pueblo, sin necesidad de recurrir a absurdos inventos formulados no está claro con qué propósito, salvo el de vender exclusivas en los medios de comunicación.

Ese mensaje debería calar entre nuestros políticos, que en su mayoría han ignorado el patrimonio histórico de la ciudad. Un sencillo ejemplo: Yo llevo treinta y seis años investigando en el oppidum ibero de Puente tablas; ¿saben cuantos alcaldes(a) de Jaén han mostrado su interés por el sitio? ¿Cuántos han preguntado o solicitado información sobre uno de los asentamientos más emblemáticos, conocidos y publicitados de la provincia? Ninguno.

Ahora vienen unos freelance, con el pedigrí de un medio de difusión internacional y se les hace el culo agua y se plantean hasta revisar las licencias de obra en el lugar, en vez de suspender, en interés general, ese sí, urgente y objetivo, la licencia de obras de la cantera de la Fuente de la Peña, por ejemplo. Pero como lo dicen desde fuera hay que darles más crédito que a las docenas de arqueólogos que han trabajado en Marroquíes Bajos. Por otro lado, en muchos ciudadanos, verdaderamente interesados en el patrimonio de la ciudad, se ha creado la ilusión de que esta situación puede ayudar a defender ese patrimonio. «Bueno -dicen- es una barbaridad, pero puede contribuir a proteger nuestra historia» ¡No! Junta y Ayuntamiento deberían establecer los mecanismos para la puesta en valor del Marroquíes, para el uso social, también como recurso económico, de ese extraordinario patrimonio. Pero de la fábula no puede surgir nada bueno. No podemos resolver nuestros problemas con la falsedad, con la mentira. No a cualquier precio.