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opinión | EL MORTERO

Muletillas

En este tiempo quien no introduce una muletilla tras de otra en la conversación está fuera de onda. La muletilla, palabra o frase que se repite consecutivamente o por hábito llegando en ocasiones al extremo de no poder decir frase alguna sin ella, se ha convertido en soporte del discurso en la comunicación diaria. Un vicio más del lenguaje que resta brillo y seriedad a la expresión verbal.

'¿Me entiendes?', '¿me sigues?', '¿lo pillas?', '¿sabes lo que te quiero decir?' Pues claro que te entiendo, te sigo, lo pillo y sé lo que me quieres decir, si me lo estás contando. Y es que la muletilla, también conocida como coletilla, latiguillo, bordón, bordoncillo o ripio, no está dirigida específicamente al oyente, ya que al no tener contenido informativo directo, el oyente solo percibe que el interlocutor no tiene claro lo que quiere decir y que necesita apoyarse en frases o palabras sin sentido para poder continuar hablando, por eso una muletilla representa un tic verbal en la conversación.

A veces, el tic se convierte en insostenible y ahí aparecen los 'bueno', 'vale', 'no', 'sí', 'okey', 'como aquél que dice' y el maldito 'pordonaaa' con la a tónica y la mandíbula inferior descendiendo al sótano de la caverna. Durante una época el reinado de las muletillas lo tuvieron los futbolistas, cantantes y toreros. Hoy el trono lo acapara Telecinco con orgullo y autocomplacencia. Menos mal que muchas muletillas tienen un tiempo de moda y luego caen en desuso o son despreciadas por anticuadas y pasadas de moda.

Las muletillas y palabras comodines, las repeticiones innecesarias de vocablos u otras incorrecciones lingüísticas, se convierten en defectos idiomáticos que atentan contra una disertación bien preparada. A veces el emisor acude a ellas a conciencia para dar un aire improvisado y espontáneo a su discurso, tentación en la que caen con frecuencia conferenciantes, contertulios y políticos. Deberían abandonar una práctica que si algo denota es falta de vocabulario, nerviosismo e inseguridad.

Las muletillas, tediosas, cansinas y cargantes, si tuvieran un toque de atrevimiento y provocación, si ofrecieran matices con acercamiento a la tierra, se podrían contemplar desde la indulgencia, la dilección. Así me pareció cuando, paseando por una zona de olivares cercana al núcleo de Guadalén, el poblado de colonización de Vilches, me encontré a mi amigo Tomás que apaleaba olivos debajo de un árbol lleno de aceitunas maduras. Tomás aparcó la faena para contarme que varear es sencillo pero trabajoso, que la mecanización representa para el campo una ayuda importante y que conseguir una cuadrilla en condiciones cuesta lo suyo. En su charla mi amigo me soltó media docena de 'qué pollas', que sentenciaban con denominación de origen sus argumentos campestres.

A mí me resultaba incuestionable la contundencia, porque no trataba de articular una frase coja, sino de aseverar su información verbal. Se trataba además de una muletilla ingenua, fuera de órbita, nuestra, de la tierra, no radiotelevisada, al margen del lenguaje políticamente correcto. Dicho de otra forma, su 'qué pollas' no es que valga, 'lo siguiente', que también los topicazos tienen derecho a existir en el mundo incierto de la comunicación nuestra.

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