Ideal

El día que levantaron la cabeza

Las cuatro protagonistas del reportaje durante la entrevista en una cafetería.
Las cuatro protagonistas del reportaje durante la entrevista en una cafetería.
  • Sandra (31 años), Carmen (52 años), Laura (23), Irene (21) . Las cuatro son jienenses y han sufrido o sufren violencia de género. Ahora abren las puertas de su intimidad y cuentan sus historias para tratar de concienciar con motivo del 25-N

En la puerta de la nevera de Sandra (nombre ficticio) cuelga un folio, que tiene ya sus años, y que le recuerda cada mañana, cuando se levanta, cada noche cuando se acuesta y a cualquier hora del día, cuáles son las cualidades que definen a una mujer. Una mujer, según está escrito en el folio, debe ser independiente emocional. Debe tener fortaleza y elegir lo que quiere. También debe tratar de ser realista con la situación en la que se encuentra, mostrase segura y decidida y no tener miedo a equivocarse. Esta mujer es también resolutiva e informa de sus decisiones y de sus actos a las personas que tiene alrededor, pero no lo hace dando explicaciones, como si pidiera perdón.

Son una especie de reglas de oro que Sandra, cuya expareja tiene una de las órdenes de alejamiento más largas de España (no puede acercarse a ella hasta 2028), trata de tener siempre presente. Hace cinco años que recibió la última paliza y desde entonces su vida ha cambiado mucho, a mejor, por supuesto. Tanto que ahora habla de ello casi con normalidad, a fuerza de haber repetido su historia hasta la saciedad, porque se ha propuesto luchar contra la violencia de género, y lo hace dando charlas en institutos.

Sandra tiene ahora 31 años, empezó a recibir palizas con 21. La violencia de género no tiene edad ni perfil concreto y las cuatro historias que se cuentan a continuación son prueba de ello: Carmen (nombre ficticio) tiene 52 y ha estado casada 23 años con su maltratador, hasta que hace tres años y medio se divorció y lo denunció. Laura (nombre ficticio) tiene ahora 23 y sufrió malos tratos desde los 12 hasta los 18 años. Era su primer amor y le costó entender que no eran así como funcionaban las relaciones. Irene (nombre ficticio) tiene 21 y sigue sufriendo violencia de género. Puso una denuncia contra su expareja y la quitó. Ahora mismo en su cabeza se apelotonan ideas contradictorias porque, además, sigue manteniendo contacto con él.

Las cuatro historias son reales, las cuatro prefieren mantener su anonimato, pero quieren hablar bien claro de sus casos, con motivo de la celebración del Día Internacional contra la Violencia de Género, que se celebra el 25 de noviembre. Lo hacen por si otras mujeres se ven reflejadas en lo que ellas cuentan, y para dejar claro que de ese infierno se sale, y que se puede volver a ser feliz, aunque reconocen que el esfuerzo para conseguirlo «es sobrehumano».

Sandra

«Era la persona más torpe del mundo, siempre decía que me había caído»

Sandra empezó a salir con su agresor en 2007, estaba a punto de cumplir los 21 años. Durante los primeros meses vivieron una relación muy bonita. «Estaba como una princesa», recuerda. Llegaron a vivir seis meses en Perú, el país natal de él, aunque siempre había vivido en España. Funcionaban como una pareja normal hasta que llevaban once meses juntos, justo a la vuelta de Perú. «Fue llegar al aeropuerto y ya se le cambió la cara».

«La primera y la última paliza que me dio fueron las más duras», cuenta. La última por la brutalidad de los golpes que recibió, la primera no solo por los golpes, sino por lo inesperado. «Fue por algo absurdo, por ir a comprar cosas para el piso nuevo...Me escupió y me arrastró del pelo por el pasillo. Tengo una cicatriz permanente porque me pegó con un cinturón», recuerda Sandra, que explica que se sintió perdida, que no sabía qué pasaba y que quiso achacarlo todo a los cambios, al hecho de vivir en Jaén.

Está claro que no era ese el motivo. «Yo era su saco de boxeo, siempre que tenía un problema lo pagaba conmigo», reconoce ahora Sandra, que llegó a cortarse el pelo para que le costara más trabajo cogerla de ahí.

Pero no solo había golpes, sino también un control absoluto. El era informático y llegó ha instalarle un GPS en el coche sin que ella lo supiera (se enteró años más tarde tras llevar el coche al taller) y un programa espía en el ordenador.

Cuenta Sandra que las veces en que se planteaba dejarlo, él la amenazaba con su familia. «Me decía frases como que mi abuela se podía caer por las escaleras o que mi madre confiaba mucho en él, era su forma de atemorizarme». En cambio, de puertas para afuera se mostraba como un hombre normal, agradable. «Aprendí a cubrirme las heridas, a maquillarme, a ser la persona más torpe del mundo, porque siempre decía que me había caído».

Así estuvieron cuatro años y medio, hasta la última paliza que podría haber acabado con su vida. «Fue a matarme», asegura. De un puñetazo le rompió el tímpano y le partió la nariz de una patada, «casi pierdo el pecho izquierdo de los golpes que me dio cuando perdí el conocimiento y estaba tirada en el suelo». Intentó partirle el cuello y como vio que no, fue a la cocina a por un cuchillo. «Te voy a dejar la cara que no te va a conocer ni tu puta madre», le dijo.

Por suerte los vecinos, al oír los gritos, llamaron a la Policía, que fue quien finalmente la sacó de allí. El fue a la cárcel dos años y medio, y ella asegura que debería de haber cumplido una condena por tentativa de homicidio, pero que su abogada llegó a un acuerdo con él, sin que ella fuera consciente. Eso la llevó más tarde a enfrentarse en un juicio contra esa abogada, «y la inhabilitaron un año del turno de oficio».

Hace más de dos años que su agresor salió de la cárcel y ella reconoce que, aunque al principio tenía miedo, lo ha superado. Su caso fue considerado de peligrosidad extrema, ha tenido escolta y ha tenido que informar cada vez que se movía de Jaén. Por suerte, no ha vuelto a tener noticias de él.

Después de esa última paliza y de que ella pusiera la denuncia, «comenzó otro infierno, pero ese infierno es el principio del fin». «De esto se sale, cuesta mucho pero se sale», asegura Sandra, que tuvo que enfrentarse a la dependencia emocional, a la incomprensión de algunos amigos, y a muchos comportamientos que tenía asumidos, como mirar siempre al suelo. «Volví a levantar la cabeza», dice. La terapia con las psicólogas del Instituto Andaluz de la Mujer (IAM) fue clave, no solo por el trabajo de las profesionales, que también, sino por ver y escuchar a otras muchas mujeres que también habían pasado o estaban pasando por ese calvario.

Carmen

«Me regalaba un abrigo de bisón y me tenía una semana sin comer»

«Creo que soy la única mujer a la que su marido le regala un abrigo de bisón y se infla de llorar». Carmen fue una niña criada 'entre algodones', con un carácter suave y «políticamente muy correcta», como ella misma reconoce. Conocía al que más tarde fue su marido desde muy joven, ambos eran de buena familia y acabaron emprendiendo una vida juntos. Al poco de la boda ella se quedó embarazada y tuvo mellizas. Cuando las niñas tenían nueve meses, él cayó enfermo y ella, que por entonces preparaba oposiciones para notaria, decidió «voluntariamente» dejarlo todo y cuidar de sus hijas y de su marido. «Ahí comenzó mi calvario», recuerda.

«Lo que más me ha hecho es daño psicológico, se ha cuidado mucho del daño físico», cuenta Carmen, a la que mientras habla le van viniendo recuerdos. «Si a una amiga mía le regalaban una pulsera, él me regalaba a mi otra más grande, vivía de puertas para fuera, pero de puertas para adentro llegó a tenerme una semana encerrada en casa sin comida. Ya había acabado con las existencias de arroz, de pasta, de galletas.. no tenía nada para comer».

«Él cambiaba de coche cada dos años y a mi me daba una miseria para mantener a una familia de cinco personas», explica Carmen, que aún tiene en la memoria grabado que estando embarazada de su tercera hija, «me dejó sola tirada en mitad de la sierra».

También hubo palizas, y en una de ellas, en la que «también pegó a mis hijas» algo cambió en Carmen. «Hacía dos meses que había muerto mi padre. Le dije que por favor no nos pegara, que no habíamos hecho nada, que se lo juraba por mi padre». «A tu padre se lo están comiendo los gusanos, me respondió, y eso hizo que algo cambiara en mi. Ese día supe que le iba a plantar cara, no sabía cómo, pero lo iba a hacer».

Carmen fue dando pequeños pasos, «si me gritaba, ya le respondía, le prohibí que fuera a casa de mis padres...», y finalmente decidió separarse y poner una denuncia por malos tratos. «Me daba igual que me matara, yo ya me estaba muriendo».

Carmen llegó a perder 16 kilos. «Lo que más he tardado en quitarme es la culpabilidad», asegura. «A mis hijas les vino muy largo la denuncia por violencia de género, ellas me animaban a divorciarme, pero su padre les metió en la cabeza que hablar de malos tratos era de chusma». Durante algún tiempo la relación con sus hijas ha sido difícil por eso, «pero ellas nunca se han ido con él». Al poner la denuncia comenzó un «calvario». «Me asfixió económicamente, he estado en Cáritas por no hacérselo pasar mal a mi familia». Pero finalmente Carmen habló a los suyos sobre lo que estaba pasando y asegura que el apoyo que ha recibido de su familia y de sus amigos ha sido total.

Aún así, en el juicio penal llegó a un acuerdo con el abogado de su ex marido «para que no fuera a la cárcel». «Lo hice por mis hijas», asegura. Han pasado tres años y medio desde la denuncia y «ahora soy», dice Carmen, y con eso lo resume todo. «Sigo sin terminar de hallarme en ningún sitio, pero por lo menos tengo ganas de vivir». «De esto se sale, es cierto, pero el esfuerzo es sobrehumano».

Laura

«Me di cuenta de que mis amigas tenían novio y podían salir, yo no»

Laura comenzó salir con un chico cuando tenía 12 años. Su primer amor. Ambos son de un pequeño pueblo de la provincia y se conocían desde siempre. Él es de buena familia, y ella de una familia algo más humilde. Desde el principio ella vivió la relación con mucha ilusión. Él era muy celoso, pero «yo estaba loca por él y creía que esos celos eran porque me quería mucho». «Me trataba mal, me hacía comentarios ofensivos, me dejaba tirada...» pero ella se lo perdonaba todo. Cuando llevaban un año saliendo juntos, «el ya trataba de mantenerme aislada, no quería que viera a mis amigas. Tenía que estar en casa todo el día y esperar a que él llegara de trabajar con su padre, para poder salir un rato y verlo».

La llegó a maltratar físicamente escupiéndole, dándole patadas, guantazos o cogiéndola de los pelos, pero lo peor fue a a nivel psicológico, «me dejó hundida, me quedé sin carácter. No hablaba, me convertí en un cero a la izquierda».

En cambio, para la familia «él era ejemplar» y ella era la que parecía «la mala». «Cuando había gente delante, yo me atrevía a decirle cosas, sobre todo porque no quería que se emborrachara porque sabía lo que eso significaba». Cuenta que cuando había excursiones en la escuela, él no la dejaba ir, que no la dejaba tener cuenta en las redes sociales y que ella sabía que se acostaba con otras, «pero le decía que me daba igual, solo quería que estuviera conmigo».

Llegó un momento que ella tuvo que salir del pueblo para estudiar Bachiller. «Él no quería que estudiase, pero mi madre se empeñó». «Ahí empecé a ver que mis amigas tenían novios, pero que sus relaciones no eran como la mía, ellas podían salir y hacer lo que quisieran y yo no».

Cuando estaba estudiando segundo de Bachiller se decidió a dejarlo y, como era de esperar, él no lo aceptó. «Iba a mi casa con el coche a la hora que salía a coger el autobús y me perseguía, y hacía lo mismo cuando volvía de las clases». Entonces Laura, por miedo, le pidió a su padre que la acompañara y finalmente tuvo que contar lo que estaba pasando.

La cosa quedó ahí hasta que su agresor se encaró un día con su madre. «Eso no podía permitirlo», dice todavía con rabia, y al día siguiente se fue al cuartel de la Guardia Civil de su pueblo a denunciar. «Los guardias me dijeron que iban a bajar a hablar con él, pero yo no quería que hablaran, yo lo que quería era denunciar», dice Laura, que asegura que no se sintió apoyada por la Guardia Civil en ese momento. «Me hicieron un cuestionario que yo ni entendía».

Su agresor estuvo «dos horas en el calabozo» y a continuación «su familia le buscó un gran abogado». Ella comenzó con uno de oficio, «pero nos dimos cuenta que necesitábamos un abogado mejor». Aún así, perdió el juicio. La sentencia está recurrida y hoy, dos años después, sigue esperando una orden de alejamiento. A su ex pareja tiene que verlo todos los días: viven en el mismo pueblo y los amigos son los mismos. «Al principio, cada vez que me lo encontraba me iba, pero ahora ya no. Ahora levanto la cabeza y lo miro a la cara, no le digo nada, pero tampoco me voy».

Laura estudia ahora en la Universidad de Jaén. Toda esta historia le costó repetir segundo de Bachiller. Ahora se siente feliz, pero la marca la tiene: «Me cuesta mucho empezar una relación, ahora voy con pies de plomo siempre»

Irene

«Sigo enganchada emocionalmente, y él se aprovecha de eso»

Irene tiene 21 años y acaba de terminar su carrera en la Universidad de Jaén. Lleva dos años y medio vinculada a un chico que la maltrata, verbal y físicamente, pero ni mucho menos ha conseguido pasar página. Hace un par de meses que retiró la denuncia que presentó contra él por violencia de género. «He vuelto al círculo, sigo enganchada emocionalmente, y él se aprovecha de eso», explica.

Mientras hacemos esta entrevista, él casualmente pasa por la calle donde nos encontramos. A ella se le corta la respiración y se le ponen los ojos llorosos. Casi por instinto coge el bolso y busca el móvil. Él ya le ha escrito un mensaje.

Irene cuenta que él nunca le ha tratado bien, que nunca se interesó por sus cosas, que nunca la apoyo con sus problemas y que cuando salían, él solo se mostraba cariñoso con ella cuando quería 'marcar terreno'.

Todo empeoró cuando en uno de sus muchos baches como pareja, ella estuvo con otra persona. Sintió remordimientos y se lo confesó. Los celos de él desembocaron en una pasión que no era tal. «Ya no me gustaba, me hacía daño». Hasta tal punto que en una ocasión llegó a darle tantos bocados por el cuerpo que la llenó de moretones. «Después de aquello seguimos juntos varios meses más, pero ya eran insultos constantes. Se tiró medio año insultándome cada día, por mensajes de voz por whatsapp, y yo siempre pendiente del móvil. Llegaba a ponerme alarmas mientras dormía para mirar si me había dicho algo, para contestarle y que no pensara que pasaba de él». «Te quiero mucho, pero has sido muy puta», me decía.

Irene llegó a intentar suicidarse, pero sus padres la encontraron a tiempo. Él se enteró y trató de volver con ella, y lo consiguió. «Durante tres meses fue precioso, incluso me preparó una cita por San Valentín muy bonita, y yo pensé que había cambiado», cuenta. Pero a los tres meses le volvió a agredir, y esta vez los bocados fueron por todo el cuerpo, y los cardenales también.

«Ese día vi la luz y decidí ir a urgencias, no con la intención de denunciarlo, pero sí para que me hicieran un parte de lesiones». Con ese parte en la mano, finalmente le confesó a sus padres lo que le estaba pasando y «me presionaron para que fuera a denunciar».

Hubo un juicio, una orden de alejamiento de cien metros, pero él no la ha cumplido, y de momento, ella ha retirado la denuncia y «ha vuelto al círculo».