Ideal

La madrileña posa delante de la Audiencia en la que desarrolla su labor desde 1988.
La madrileña posa delante de la Audiencia en la que desarrolla su labor desde 1988. / M. Á. C.

La defensora de las mujeres

  • LAS MIL CARAS DE JAÉN

  • Gracia Rodríguez, fiscal de la Audiencia de Jaén sobre la violencia contra la mujer

  • «Estamos retrocediendo totalmente, no entiendo el mundo», asegura la madrileña, jienense de adopción por una bonita historia de amor y adalid de la lucha contra la violencia machista

Las caras de ellas al cerrar los ojos te vienen. Hay días que me cuesta dormir. Sólo hay que verlas para saber que dicen la verdad e incluso que se están callando cosas de las que les pasan. La justicia juega con vidas cuando las mujeres están inmersas en este problema, no solo los médicos lo hacen, sino que con la violencia de género jugamos con vidas». Son palabras de Gracia Rodríguez Velasco (Madrid, 1961) y sabe de lo que habla: lleva toda su carrera como fiscal dedicada a la lucha contra la violencia machista. Ejerce desde 1988 en la Audiencia Provincial de Jaén (desde 2008 como fiscal delegada de Violencia de Género) y con su claridad y la contundencia de sus mensajes ha traspasado las fronteras provinciales. Este mismo año ha recibido la Medalla de Andalucía, junto a Joaquín Sabina, entre otros. En este tiempo ha ayudado a docenas y docenas de mujeres y es curioso, porque su vida apuntaba a otros derroteros, pero un hombre le hizo iniciar este camino.

Estudió Derecho en la Universidad Complutense, como sus cuatro hermanos, los cinco. Les obligó su padre. Ella quería haber hecho Arquitectura, siempre había estudiado ciencias y se le daba bien dibujar, pero él, abogado, hizo que todos siguieran sus pasos, incluida la única niña. «Pero de mimada nada, me ponía encendida cuando me lo decían. Entonces había muchas diferencias entre la forma de criar a las niñas y a los niños. Ahora tienen más libertad de hacer viajes y cosas, en aquella época no se podía hacer nada por el simple hecho de ser chica», subraya ahora.

En 1987 se vino a Jaén por amor. Se casó con un jienense de La Carolina, punto álgido de una bonita historia que comenzó cuando ambos tenían trece años. «Veraneábamos en el mismo sitio. Con diecisiete empezamos a salir como parejilla y estuvimos ocho saliendo. Un noviazgo largo», rememora con una sonrisa que aún hoy le viene a la cara.

Llegando de Madrid le llamó la atención que no había tiendas abiertas al mediodía. «Se podía aprovechar muy poco el tiempo», recuerda, y también el calor que hizo ese año; «ahora se vivía muy bien porque podíamos hacer vida familiar y de amigos a diario, que a eso no estaba acostumbrada». También rememora, sonriendo, que su madre vino a ayudarla a instalarse y que ambas caminaban por la calle con «el agobio» de Madrid «y la gente se volvía y nos miraba con asombro, en plan qué les pasa, y yo le decía a ella me parece que es por las prisas mamá», ríe.

Tiene cuatro hijos y como ella no les ha obligado 'solo' uno ha seguido sus pasos y estudia Derecho. Entre sus aficiones están la arqueología, la lectura y viajar. «Y las cañitas con los amigos». De hecho, si pudiera elegir echar una con un famoso se la tomaría con Alejandro Sanz, «me pareció muy bonito el gesto que hizo parando un concierto por una víctima de violencia».

Apasionada de la novela negra, «de lo poco que me sirve para evadirme» (destaca, y el título cuadra, la trilogía Millennium, Stieg Larsson, comenzando con Los hombres que no amaban a las mujeres) le encanta Nueva York adonde espera volver pronto «si Trump no lo destroza todo antes». «No me creo cómo en el mundo ha podido pasar esto. Estamos retrocediendo totalmente. Es indignante lo que ha pasado. Cómo estará la sociedad para haber optado por un personaje de este tipo, que desprecia a las mujeres, incluso a su propia mujer la descripción que hace de ella».

Este retroceso lo ve también en lo referente a su campo: «cada vez las manifestaciones machistas tienen más cuota en las redes sociales; son una manifestación de cómo está la sociedad. Se ven cada vez más barbaridades y más condescendencia hacia ellas. La gente joven centra cada vez más a la mujer en la belleza, el tipo y cosas que no son importantes, chicas y chicos, eh. La chica está cediendo en la defensa de su personalidad y de su ser, se está rebajando, con todo lo que hemos luchado, madre mía. Identifican y es lamentable, los celos con que me quiere mucho y no, son control, posesión y falta de seguridad en sí mismos. El lenguaje también se ha normalizado en el insulto y el improperio. Estamos perdiendo formas básicas de educación, que antes estaban muy inculcadas, y va a ser muy difícil de recuperar. La ofensa prima sobre el respeto».

Trabajadores sin formación

La solución es complicada, asegura, pero pasa por la educación (familia, sociedad y centro educativo), y formación. «En la gente que está luchando contra la violencia de género falta formación, ni ellos mismos saben lo qué es. Se han puesto medios, aunque muchos consideramos que no son suficientes, también las leyes y los organismos, pero han puesto a trabajar ahí a gente que no está formada. Es contraproducente, un ladrillo contra la violencia de género, un tiro a la línea de flotación del barco», lamenta.

Entre la multitud de casos que ha llevado le duelen especialmente «los de menores, violaciones de padres a hijos, me dejan KO. También los de mujeres separadas, con violaciones de la expareja, muy difíciles de demostrar». «He tenido casos gordísimos que me han hecho muy difícil dormir esa noche. Lo más lamentable de todo es que se acogen a un 'derecho', que aún existe para estos casos, de no declarar contra su agresor. Con muchísima frecuencia. Ese artículo debería desaparecer de la lucha contra la violencia machista. Es el mayor enemigo que tenemos dentro del Derecho Español».

Tiene, recalca, «la suerte» de vivir en el campo, lo que le permite «desconectar». En ocasiones la reconocen y le paran en la calle y mujeres que no conoce se le acercan y le dicen «cosas muy bonitas, que siga con mi lucha, que están orgullosas». Aunque lo mejor es «cuando víctimas que se han recuperado vienen y te lo dicen. Tenías que ver el aspecto tan diferente que tienen. La forma de vestir, de caminar, de mirar. Eso sí que da subidón, más de lo que te diga cualquier otra persona -subraya-. Ver que ha dejado de ser víctima».

Su máxima en el día a día la tiene clara: «Ser responsable con lo que te plantea la vida y actuar conforme a tu conciencia para dormir bien por la noche. Eso es lo que más me gustaría transmitir a mis hijos, para que cuando vuelvan la mirada atrás no piensen en lo que deberían haber hecho y no hicieron. No quiero repetir ni un solo momento de mi vida. No cambiaría nada. Para adelante. Siempre».