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La 'olla comunitaria' del Valle no se enfría

Olla de grandes dimensiones, que en la actualidad da de comer a cerca de 40 familias.
Olla de grandes dimensiones, que en la actualidad da de comer a cerca de 40 familias. / LIÉBANA
  • «Los excluidos, por definición, no se ven», afirman las educadoras del proyecto, que atiende a cerca de 40 familias con financiación de la Junta

  • La iniciativa, que implica a sus beneficiarios, se renueva por tercera vez ante «la realidad de la crisis»

Bajo una pancarta con el lema 'Que sea delito dejar a una familia sin recursos', desde primera hora de la mañana se afanan educadoras y voluntarias en preparar decenas de comidas, que al mediodía serán retiradas en 'taperware' por las propias familias beneficiarias. Y todo ello en un pequeño local alquilado en el Polígono del Valle. Este proyecto social tiene un nombre de corte más bien administrativo pero todos lo conocen como 'la olla comunitaria' y su máxima es que, a cambio de la comida, tienen que aportar algo, bien trabajando en la cocina o bien formándose para obtener el graduado escolar o en cursos de informática o de otro tipo, alejándose por tanto del concepto clásico de comedor social.

La 'olla' empezó a cocinar en febrero de 2014. La comunidad de barrio del Polígono del Valle llevaba años trabajando y pensando en una iniciativa así. A través de la Fundación Proyecto Don Bosco presentaron la solicitud al programa de Solidaridad Alimentaria, incluido en el Plan de Solidaridad y Garantía Alimentaria de Andalucía previsto en el Decreto Ley de Medidas Extraordinarias y Urgentes para la Lucha contra la Exclusión Social. La Consejería de Igualdad, Salud y Política Sociales de la Junta de Andalucía decidió apoyarlo, y a comienzos de este otoño se ha hecho efectiva una tercera renovación, por lo que funcionará hasta la próxima primavera, como mínimo, o incluso más allá como ha ocurrido en los dos proyectos precedentes, hasta donde puedan «estirar» la actual subvención, como apuntan la dos educadoras que coordinan el proyecto, Lola Contreras Izquierdo y 'Lala' Solís Gómez.

De esa subvención sale todo: alimentos, alquiler del local, materiales, electricidad, agua, teléfono, el sueldo de ambas, etcétera. En principio sólo se contemplaba la contratación de una educadora y un cocinero, pero decidieron partirlo dado el carácter formativo del proyecto y puesto que la intención era que fueran los propios usuarios los que cocinasen.

El programa de la Junta era para comedores sociales tradicionales, pero desde la comunicad de barrio decidieron darle otra filosofía, más participativa y menos asistencialista. «La 'olla' no está sólo para recoger la comida. Para eso hay otros recursos sociales. Tienen que participar y poner los medios para mejorar su situación», explican sus responsables. «Solemos decir que la 'olla' tiene que ser un primer peldaño para ayudarte a salir de la situación en que estás y no para que permanezcas ahí», añaden.

Hubo selección

Por eso buscaron un perfil determinado en las reuniones mantenidas con Cáritas y los técnicos de los servicios sociales comunitarios, para detectar las familias que más lo necesitaban y a la vez hicieron entrevistas para buscar un perfil colaborativo. «Luego hicimos reuniones en grupo, pues era fundamental para el proyecto que las familias se conocieran para colaborar, porque tenía que ser un éxito», apuntan, con el fin de que tuviera la utilidad y la continuidad perseguidas. Para ello, los beneficiarios tienen que cumplir unos requisitos mínimos: estar inscritos en el SAE (Servicio Andaluz de Empleo) y solicitar por escrito la ayuda de emergencia social y el salario social, «para tener evidencias de la situación de la gente».

De este modo, cada familia «tiene su compromiso», que no se reduce a la implicación en la cocina sino que también hay quien asiste a la Escuela de Adultos del Polígono del Valle o a la Fundación Proyecto Don Bosco para obtener el graduado escolar, o a clase de informática en colaboración con Fejidif, o trabajan en el huerto social asignado al proyecto de la 'olla comunitaria'.

También ha habido un grupo de jóvenes aprendiendo a cocinar, otro específico de mujeres con actividades propias y un tercer grupo para trabajar con los desempleados, «para que muevan el currículum y para presionar a las administraciones para que reduzcan los plazos», ahora demasiado largos, desde que presentan la solicitud y les conceden los salarios sociales o las ayudas de emergencia. Y recuerdan que de las casi 40 familias implicadas en la 'olla', más de la mitad no tiene recurso alguno durante más de la mitad del año.

Orgullo

Las coordinadoras señalan que hay dos perfiles que acuden a la 'olla': personas que siempre han estado en los servicios sociales y, el grupo mayoritario ahora, «familias que tenían su vida organizada y normalizada, pero que han perdido el trabajo y no pueden pagar lo básico». Una situación causada por la crisis y que siguen siendo «una realidad».

Y casi tres años después, afirman que el balance es «espectacular». «Porque sirve primero para garantizar un mínimo de alimentación a las familias y, segundo, porque han encontrado aquí una segunda casa, pues apenas tenían relación en el barrio, lo sufrían de puertas a dentro y al encontrarse aquí con otras personas en la misma situación no se culpabilizan. Todos agradecen que no fuera un comedor tradicional. Se siente orgullosas. Dicen que ellas se ganan la comida y por ello no tienen vergüenza de salir a la calle y decir que están en la 'olla'», señalan.

Aunque, lo que más les gustaría, afirman, es que no exisitiera. Porque significaría que no hay necesidad de atender un aspecto tan básico como la comida. Pero mientras eso llega, defienden este proyecto social.

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