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El olivar afronta su segunda revolución tecnológica para garantizar la rentabilidad

El olivar afronta su segunda revolución tecnológica para garantizar la rentabilidad
  • Drones, sistemas informatizados y optimización de recursos pueden salvar la supervivencia del olivar al margen de la subvención

El dron da una pasada sobre el olivar con sus cámaras y sensores multiespectrales y termográficos. La información obtenida se traslada después al agricultor, al ordenador del tractor con el que se laborea la finca y a los sistemas informáticos de gestión del riego. Así que el tractorista y el técnico que manejan ambas herramientas saben sector por sector, olivo por olivo si es preciso, dónde falta o sobra agua, dónde hay algún árbol enfermo, dónde van a empezar a salir malas hierbas, dónde faltan nutrientes y qué nutrientes son recomendables. Sólo hay que dar las instrucciones precisas a las máquinas -la tecnología aún no permite al 100% que éstas puedan recibir e interpretar por sí mismas los datos obtenidos por el dron- para que el olivo reciba justo los cuidados que necesita: agua, fitosanitarios, abonos ... No es el futuro. Ya se está haciendo, al menos parcialmente, o se podría hacer. Aunque a los no iniciados les puede sonar a ciencia ficción. Tanto como si hace treinta años a un olivarero le hablasen de cuadrillas sin varas ni mantones sino con vibradoras de paraguas, máquinas barredoras y sopladoras. Es la segunda revolución tecnológica del olivar, que ya arranca. La agricultura de precisión.

«Se trata de garantizar la rentabilidad del olivar. Los olivareros están dispuestos a invertir si toda esta tecnología les resulta rentable, y los datos demuestran que el futuro va por ahí. La agricultura de precisión permite ahorro de todos los 'inputs', desde agua hasta abonos, fitosanitarios, electricidad, combustible. Y al mismo tiempo es más sostenible en términos medioambientales», asegura Luis Carlos Valero, gerente y portavoz de Asaja-Jaén, organización que reúne desde ayer a unos 200 profesionales del campo en unas jornadas sobre estos avances tecnológicos.

«En Estados Unidos toda esta tecnología y los drones se están usando desde hace años para cultivos herbáceos, especialmente el maíz y los cereales. En España se empieza a usar ahora. También en el olivar, aunque poco de momento», asegura Anastasio Sánchez Bernal, director del centro de Atlas de Villacarrillo de la Fundación Andaluza para el Desarrollo Aeroespacial, FADA. Como espacio de investigación, el centro que dirige está implicado en el reto de crear tecnología rentable para el olivar. Aún hay poco. «Pero hay proyectos de investigación en marcha», asegura. Hay una iniciativa en la que está implicada la Diputación para desarrollar sistemas de vigilancia.

Valero por su parte recuerda que hay un proyecto en el que participa Asaja, la Universidad de Jaén, FADA y Caja Rural para desarrollos tecnológicos con drones específicos para el olivar.

Luis Delgado ya trabaja con drones y olivos. Desde febrero de este año vuela sus aparatos con Smartflight, una empresa con sede en Úbeda. «Estamos empezando. Tenemos clientes olivareros que gestionan sus fincas con criterios empresariales. Es una agricultura muy profesionalizada», indica. Están teniendo contactos con comunidades de regentes. El tema interesa y mucho. Pero de momento sólo son contactos. Los diagnósticos con drones cuestan 29 euros por hectárea de media. Son rentables a partir de diez hectáreas. El ahorro cuando se aplican las recomendaciones técnicas derivadas del análisis de los datos obtenidos por el dron están entre el 10 y el 20%. Lo que de momento es un negocio minoritario, para unos cuantos adelantados, puede generalizarse cuando entren comunidades y cooperativas. Entrarán si hay rentabilidad. Esa es la clave.

Para hablar de la rentabilidad participa hoy en las jornadas de Asaja Mamario Rodríguez, profesor de la Universidad de Córdoba y técnico del Instituto de Investigación y Formación Agraria de la Junta de Andalucía, Ifapa, coautor de un estudio sobre el tema que concluye que el olivar andaluz necesita una reconversión. Es lo que hay.

Según sus estudios, una gran parte del olivar solo se sostiene por las ayudas. «No obstante, en escenarios desfavorables (por bajos precios o baja producción) las explotaciones de olivar de sierra menos productivas (alta pendiente) no serían viables», señala el estudio.

Los costes anuales a los que se tiene que enfrentar un agricultor de sierra de baja producción son de unos 1.112 euros por hectárea. En sierra productiva alcanzan 1.594 euros por hectárea, el secano tradicional 1.719, en secano intensivo 1.790, en regadío tradicional 2.163 y en regadío intensivo 2.254. Es decir, las fincas más productivas soportan el doble de costes que las que menos producen. Sin embargo, multiplican el rendimiento conseguido casi por cuatro (de 2.429 kilos por hectárea a 8.012). Y los costes de recolección -el principal gasto de largo para el agricultor- son menos de la mitad gracias a la mecanización (de 0,230 euros por kilo a 0,105).

Sin ayudas, el olivar de sierra es poco atractivo aún en circunstancias buenas (cosecha media y precio alto) con menos de 500 euros de rentabilidad por hectárea, mientras que así el intensivo de regadío deja a su propietario unos 2.900 euros por hectárea. Si se suman las ayudas públicas, el olivar de montaña se queda en 'lo comido por lo servido' en años malos y en 829 euros de rentabilidad en cosechas buenas y precios altos. El olivar más productivo deja 1.641 euros por hectárea en años malos y 3.800 en los buenos.

Los drones, con sus cámaras de infrarrojos y ultravioletas, con sus sensores térmicos, y los sistemas informatizados en riegos y maquinas pueden mejorar estas cifras. Como ocurrió con la mecanización, el olivar va a remolque de otros cultivos. Y todo cambio tecnológico genera resistencias. Luis Poveda, agricultor de 82 años de Jabalquinto, recuerda que a finales de los 70 compró una vibradora americana Omi, importada por Santana. Una de las primeras que se veían en la comarca. «En California ya las usaban desde hacía tiempo. Todo el mundo decía que no funcionaría, que dañaría las olivas. Pero funcionó ... Hoy todo el mundo las usa, y se ven como algo normal», explica.