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Curro Díaz triunfa en Las Ventas

Curro Díaz, feliz sale a hombros de la plaza de Las Ventas.
Curro Díaz, feliz sale a hombros de la plaza de Las Ventas. / EFE
  • El de Linares corta dos orejas en la primera corrida de la temporada madrileña y abre la puerta grande

El torero linarense Curro Díaz triunfó ayer en la plaza de Las Ventas de Madrid, donde abrió la puerta grande en la inauguración de temporada con una corrida de Gavira de trapío y cuajo despampanantes.

Cinqueños los dos primeros. Con uno, descarado, vuelto de cuerna, noble pero pegajoso y de puntear cuando se apagó, confirmó alternativa Juan Ortega. Torero formal, capotero de buen aire, muletero de buena compostura. El otro cinqueño, el toro de la devolución de trastos, 550 kilos, muy finas cañas, fino hocico de toro Tamarón, se empleó bien de salida y en varas. Casi letal un primer puyazo.

Lances cumplidos de Curro Díaz por la mano izquierda, un segundo puyazo apenas señalado y un quite de David Galván que iba a marcar el festejo. Chicuelinas, en la tercera se quedó debajo el toro, desarmó y casi al tiempo se derrumbó. Estaba algo pesado el piso. Devolvieron el toro. Salió un sobrero también cinqueño. De los hermanos Revesado y del hierro de Torrealba. Castaño, carifosco y ojalado, largo y hondo, soberbias hechuras, armado por delante, ligeramente tocado. Una hermosa. Fue un toro extraordinario. Galope, fijeza, elasticidad, prontitud, entrega, ritmo. Todo eso tuvo el toro, Impetuoso, número 7.

Suelto de un primer puyazo severo, cobró en la puerta un segundo certero y medido. Volvió a quitar por chicuelinas graciosas David Galván. Era toro de brindis y al público brindó Curro Díaz una faena de buena resolución y muchas luces. Ni en tablas, donde el toro apretó en una trinchera antes de tiempo, ni tampoco en el tercio, donde probablemente se habría venido arriba el toro. Sino entre rayas.

La figura gentil, juncal del torero de Linares, su garbo de siempre, con el que ya ha cortado orejas en Madrid. Muleta pequeña pero de buen vuelo. Una gota de gitanería y un trabajo algo más largo de lo que tiene por costumbre. Muy jaleados el prólogo y tres tandas en redondo bien cosidas. En la segunda, tres muletazos de desmayo, y el de pecho a pies juntos. En la tercera, de cuatro ligados abriendo siempre al toro lo justo y enganchando un poco por fuera, la mano baja, un remate inspirado: la trinchera y el de la firma.

El código de la pinturería, amparada además en las embestidas tan templadas del toro de los Revesado. Volcada la gente. Los fieles estaban guarecidos de una fina llovizna en gradas de sol o sol y sombra. No fue igual el compás, del torero y no del toro, por la mano izquierda. Cites a la voz y no a los vuelos, hasta que la gracia de una madeja de muletazos cambiados -la trincherilla, el kikirikí, el desplante ligero- puso a todos de acuerdo.

Media estocada trasera, rueda de peones, dos descabellos. Una oreja con el toro ya enganchado en las mulillas.

Cogida de Galván

Ya no saltaron más cinqueños, pero sí dos toros de los Gavira de muy buena condición. El tercero, cornalón y cornipaso, bizco, dos garfios jamoneros, percha brutal, se escupió del caballo de pica, no paró de correr como los purasangres. Como no se fijaba, estaba por ver. Galván abrió faena fuera de las rayas -y el toro también- con un escalofriante cambiado por la espalda. Del lance salió medio atropellado y derribado. Una cornada, se supo después, que atravesó la pantorrilla derecha. De machos a zapatilla de la pierna, una mancha de sangre que fue haciéndose bien visible a medida que ganaba altura, categoría y dimensión una faena de rica verdad por su ajuste y su calma, su acento sencillo incluso en el alarde un circular de última hora.

Faena templada, de una seguridad sorprendente. Toreo bien rematado. Por una y otra mano. Clasicismo. La cornada, precio de la temeridad, multiplicó el valor de la cosa toda.

Manoletinas antes de la igualada. De pasarse Galván el toro cerquísima. Una valiente estocada trasera pasando el fielato. Había sonado un aviso antes de entrar a Galván. Y otro cuando, recostado contra las tablas pero no aculado en ellas, dobló el toro. Oreja de las caras. El año del cambio y de los toreros nuevos, ha vaticinado Simón Casas, muñidor de carteles refrescantes. Pues otro más en la nómina de las novedades. Proyecto claro de torero mayor este Galván. Bien de verdad.

Grande Curro

El cuarto fue el otro toro de Gavira de buena nota. Castaño, armado, amplio. Tambaleante de partida, asentado después de picado en tres viajes. Y aquí vino Curro Díaz a dar su golpe mayor y a firmar su más redonda de siempre en Madrid. Primero, por apostar tan enseguida por el toro, que no se sabía. Luego, y otra vez, por la listeza para elegir terrenos, medir la faena, pautarla, ligarla y salpicarla del repertorio casi completo de las pinturerías, como las del catálogo de Finito de Córdoba, el torero de ahora que mejor las conoce y ejecuta.

Al hilo del pitón la faena, que, sin ser de altibajos, tuvo calibres desiguales. Los muletazos con la izquierda fueron de largo trazo; más recortado el toreo en redondo. Espléndidas las trincheras. Un par de antológicos pases de pecho. Y una estocada. La punta de la espada apuntando al cielo. Y un volapié en parábola. Cierto delirio a pesar del frío, Una oreja, casi dos.

El quinto gavira hondo, incierto y tardo, reservón pero listo para arrear, se defendió con seca violencia. Paciente, el joven Juan Ortega no se arrugó. Curro Díaz estaba en una nube cuando se soltó el segundo del lote de Galván, que escarbó y solo vino con la cara alta. Esperaba la puerta grande.

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