Contabilizar las horas que un profesor universitario dedica al día a la investigación es difícil. Ni ellos mismos lo saben, aunque de lo que no tienen duda es de que son muchas más las horas que invierten en su gran pasión, la de investigar, que dando clase. Es lo que aseguran tanto Francisco Espinola, profesor titular de Ingeniería Química, como Francisco Juan García Tortosa, del departamento de Geología.
Este último se dedica fundamentalmente a la Geomorfología Tectónica, que es una rama de la Geología que estudia la influencia de la Tectónica Activa en la forma y modelado de la superficie terrestre. «Para que se entienda, es una ciencia dedicada por ejemplo a identificar, a través del estudio y análisis del relieve actual, estructuras como fallas que puedan ser activas, es decir, que puedan generar en un momento dado terremotos». Luego, los resultados obtenidos se pueden utilizar para evaluar riesgos geológicos y por tanto en la gestión del territorio.
Sus zonas actuales de trabajo son la Cuenca de Guadix-Baza y la del Guadalquivir, donde en los últimos años ha reconocido varias fallas activas. Además de esas zonas, este año ha estado también trabajando más de un mes en la Antártida y unas semanas en Estados Unidos, cerca de Death Valley, donde junto a otros compañeros ha estudiado «estructuras muy interesantes que nos ayudarán a comprender mejor algunas de las reconocidas en nuestra zona de trabajo habitual», asegura.
En cuanto a si está reconocida o no la labor de los investigadores, dice que nunca se lo ha planteado, «quizás porque lo que más me compensa de mi trabajo es precisamente que me gusta y con eso tengo bastante, si no fuera así no podríamos echarle las horas que le dedicamos por lo general los investigadores», señala. De todos modos, cree que sí está reconocida en determinados ámbitos, sobre todo del entorno académico, pero cree que «existe una gran labor por realizar de acercamiento a la sociedad», que, según su propia experiencia, «responde muy positivamente cuando se hace el intento».
Por su parte, Francisco Espínola realiza investigaciones que en la mayoría de los casos tienen mucho que ver con el principal producto jienense, el aceite de oliva. Y lamenta que la mayoría de las almazaras y empresas oleícolas «no estén concienciadas de la necesidad de investigar para avanzar y no quedarse estancados».
Aunque, afortunadamente siempre hay excepciones, como la que les ha permitido demostrar, a Francisco y a su grupo de investigación, que la utilización de carbonato cálcico como coadyuvante tecnológico en el proceso de obtención del aceite de oliva es más barata que el talco, que es lo que tradicionalmente se utiliza, y además más segura, pues no supone riesgo para los trabajadores en caso de que lo inhalen.
«Yo creo que el papel de los investigadores no está reconocido y al igual que hay un plan docente, debería haber otro investigador en las universidades porque el sacrificio personal que hacemos es grande», argumenta Espinola. Eso sí, asegura que al final los resultados, cuando son positivos, recompensan, y eso hace que se olvide el resto.
De momento, ni a uno ni a otro les ha afectado la crisis para poder llevar a cabo sus proyectos. No saben que pasará en el futuro, pero piden que en cualquier caso se dé más importancia a lo que hacen.