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Florinda Bolkan se enamora de su ex marido que agoniza en la ciudad de los canales, al compás de 'Anónimo veneciano', de Enrico Maria Salerno
31.08.09 -

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Se hunde poco a poco. Un centímetro por año. Cuando hay 'acqua alta', Venecia se arremanga. La cantó Charles Aznavour. La pintaron Canaletto, Monet y Turner. Y la embellecieron los artistas del Quattrocento y Cinquecento: los hermanos Bellini, Tintoretto, Giorgione, Verrocchio. También Tiziano y El Veronés, aunque en esa época la 'cittá' ya se eclipsaba. Es tan bella como decadente. Por eso la recorren Enrico y su ex mujer Valeria en la película 'Anónimo veneciano', de Enrico Maria Salerno. Entre luces, sombras, palazzos y recuerdos, ella reconoce que aún le ama; él le confiesa que se muere.
Se llamaba la Serenísima República de Venecia. La crearon los vénetos en la costa del Adriático en el año 421, agobiados por germanos y francos tras caer el Imperio Romano. La dirigía el Dux, llamado Dogo. El león alado es su símbolo. La ciudad cuaja en Rialto. Allí llega en el siglo IX el cuerpo de San Marcos, según la leyenda. Viene de Alejandría. Será el patrón de Venecia. Para custodiarlo, el dux Giustiniano Partecipazio construye la Basílica de San Marcos en 1073. Con una cuadriga de cobre en la fachada que es una obra maestra del arte alejandrino, del siglo IV antes de Cristo, y procede de un hipódromo de Constantinopla. Durante cuatro siglos los venecianos decoran el templo con esculturas, mosaicos, esmaltes, plata y oro. Hasta lograr una joya gótica, vigilada por El Campanile encargado por el dux Pietro Tribuno en el año 888, que escucha dar las horas a los Moros de bronce fundidos en 1497 por Paolo Savin.
El Palacio Ducal es fastuoso. Especialmente el Salón del Colegio, donde recibía el Dux. Sin menoscabo para el del Consejo de los Diez, donde la Magistratura velaba para que la Serenísima no sucumbiera a las conspiraciones, que las había y muchas. Sobre todo en el salón del Gran Consejo, de 54 metros de largo y 25 de ancho, donde se reunían cerca de un millar de nobles que elegían al Dux y aprobaban las leyes. Había estancias aún más amenazantes, como los despachos de los inquisidores, que conectaban con las prisiones a través del Puente de los Suspiros. La leyenda dice que los condenados a muerte, al cruzar el pontón de ventanas caladas, suspiraban al entrever por última vez Venecia.
400 puentes
Nadie hará sombra a los mercaderes venecianos de 1400. Comercian con Constantinopla, Chipre, África. Controlan el monopolio de especias de Oriente. Las sedas, los brocados. Su flota es tan poderosa que al Adriático le dicen 'mare veneziano'. El dinero que mueven entre Oriente y Occidente brilla en los palacios asomados al Gran Canal: Franchetti, Foscari, D'Oro. Pero los turcos conquistan Constantinopla en 1453, los portugueses exploran las costas africanas y Colón descubre América en 1492. El comercio se desplaza al Atlántico. La República de Venecia languidece. Y muere en 1797: la invade Napoleón. A él se debe el mejor eslogan de la ciudad: «La Plaza de San Marcos es el más bello salón de Europa».
Hay más cosas bellas en Venecia. Como la escalera del Bóvolo que hizo Cambi (1499) y el Jorobado de Rialto, de Pietro de Saló (1541). O el Ghetto que la Serenísima concedió a los hebreos en 1527. Para perderse hay 120 islas, 100 canales y 400 puentes, aunque los de foto sean Academia, Rialto y Vecchio. Si llega al palacio Vendramín-Calergi, sabrá que perteneció a los Grimaldi; allí murió Richard Wagner, luego se convirtió en casino. Antes o después escuchará la música que Stelvio Cipriani compuso para 'Anónimo veneciano', de Salerno, según la novela homónima de Giuseppe Berto (1914-1978). Pero el 'adagio' del 'Concierto para oboe y cuerda en Re menor' que interpreta Enrico en la escena final es del veneciano Alessandro Marcello (1669-1747). Durante años se adjudicó la autoría a su hermano Benedetto y a Vivaldi. Lo estrenó Johann Sebastian Bach. De película.
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