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El Real Jaén no pudo conseguir el ascenso a Segunda División A al perder con el Villarreal B y rompe las esperanzas desatadas en toda una ciudad que se había volcado con su equipo

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Al filo de las once se levantó una muy jienense ventolera y la noche se cerró en llanto. Había comenzado a oscurecer para la afición jienense cuando aún en la primera parte Bordás quebró Dani Hernández y Galera no acertó a despejar bajo palos. No se sobrepuso el Real Jaén al palo del empate. Y todavía menos al segundo tanto del Villarreal B. Se fue cerrando la noche, una noche amarilla en lo que debía haber sido un día histórico para el equipo blanco y para toda una ciudad que se había volcado con su equipo como nunca lo había hecho. Tremenda la desilusión, reflejada en las lágrimas de los jugadores que se retiraban del campo derrotados, con la grada puesta en pie aplaudiéndoles por la euforia y las esperanzas levantadas en las últimas semanas. Todo en vano. El Real Jaén se queda un año más en Segunda División B.
La ciudad había amanecido ya de blanco. Desde primera hora de la mañana coches y motos engalanados con banderas recorrían las calles, saludando al mundo con pitorradas y cánticos. Por las aceras se contaban con los dedos de una mano a quienes no iban con alguna prenda blanca o morada, a los que no respondían a los saludos de los cláxones. La euforia crecía por momentos.
Día grande
El ambiente de día grande se mantuvo todo el día. En los bares. Por las calles. Todas las miradas puestas en La Victoria. Todas las ilusiones. Era más que un partido.
Una hora antes de las nueve de la noche el estadio estaba ya repleto. La grada rugía sin desmayo. Un feo detalle antes del pitido inicial: bronca del público al presidente del Villarreal cuando ocupó su sitio en el palco. Tuvo que terciar el presidente Carlos Sánchez desde el terreno de juego para pedir paz. Fue verlo y el público enloqueció al grito de 'presidente, presidente', y cayó en el olvido la afrenta de los castellonenses, que en la ida encerraron a la afición visitante en una jaula acristalada con más intención de cocerlos que de garantizar su seguridad.
Sólo enmudeció el estadio un minuto. Se guardó silencio en memoria del policía nacional Antonio Puelles, asesinado por ETA. El resto del tiempo atronaron los cánticos, las trompetas, los aplausos y los silbidos por los lances del juego.
El palco, repleto
La presencia de políticos en el palco (encabezados por la alcaldesa Carmen Peñalver y el secretario de Estado Gaspar Zarrías) mostraba lo cotizada que era ayer la foto del ascenso. Nadie pensaba en otra cosa. Justo antes de empezar, la megafonía pedía que «pase lo que pase» la afición no invadiese el campo tras el partido.
El Real Jaén salió muy enchufado al juego. En pocos minutos tuvo varias ocasiones. Después, el Villarreal lo enredó en una maraña que sólo se despejaba cuando los castellonenses salían a la contra. En un arranque de furia marcó Esparza. La euforia de todo el día estalló en el graderío. Nunca ha rugido La Victoria como con la celebración de ese gol. Era el gol del ascenso soñado. Del retorno a la elite del fútbol nacional. Diez minutos duró la alegría. Después se fue haciendo la noche. El amarillo desplazó al blanco.
El Real Jaén lo ha tenido muy cerca. Lo ha acariciado con la punta de los dedos para ver cómo el sueño se alejaba después. En junio del año pasado el club lanzó su campaña de abonados: «Se buscan socios para un equipo de Segunda A. Entre todos los haremos posible», era el lema. Y ha estado ahí, tan cerca. En un año exitoso después de haber conquistado la Copa Federación, primer título conseguido en medio siglo. Segundos en la Liga. Brillantes en las eliminatorias de la lucha por el ascenso. Todo justificaba la euforia de una ciudad volcada con su equipo. Una ciudad que anoche lloró su derrota con lágrimas blancas.
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