CUANDO el festival de cine de Roma negoció con la distribuidora la proyección de 'W.', filme de Oliver Stone sobre el presidente saliente de Estados Unidos, Silvio Berlusconi vetó la proyección personalmente. Unas semanas más tarde elogiaba al presidente Bush diciendo, en una cena oficial, que «la Historia demostrará que ha sido un gran presidente». Pero el 4 de noviembre hizo historia precisamente por evidenciar el triunfo de la percepción contraria, contagiando a buena parte del mundo el entusiasmo de un país que ansía renovarse, y ha cerrado con vigor incontestable el último capítulo del siglo XX en la Casa Blanca, para abrir el libro por el siglo XXI eligiendo a un presidente demócrata, joven y, como dijo Berlusconi, «bien bronceado».
Esta inconveniencia política, de claros tintes racistas, fue dicha con la ligereza insultante y la patética falta de malicia e intención de alguien habituado a referirse así a sus connacionales meridionales. Después, ante el escándalo subsiguiente, el primer ministro italiano abundó en la exhibición de su bronco carácter al hablar de una «lista de imbéciles» en la que incluía a los que le pedían que se retractara. Steve Scherer, periodista norteamericano que le pedía excusas, también se vio incluido en la lista y Berlusconi llegó a pedirle que pidiera él excusas a Italia. Con este catálogo sobre la mesa, la izquierda italiana, blanco habitual de los insultos y descalificaciones del temperamental milanés, hablaba de «la Italia de la 'barzelletta'». Aunque literalmente significa una Italia de chiste, nosotros diríamos la Italia de la pandereta para expresar la misma idea. Centenares de italianos escribían a 'The New York Times', CNN y otro medios norteamericanos para manifestar su repulsa e indignación por la actitud de Silvio Berlusconi, de modo que su lista de idiotas se habrá visto sustancialmente incrementada. De hecho, el magnate lombardo probablemente considera idiotas a todos aquellos que no están en la lista de los que le apoyan de forma explícita, que son muchos (su coalición superó a la de izquierdas en las últimas generales en nueve puntos).
Las actitudes de Silvio Berlusconi deben ser contextualizadas. Su irrupción en la política de la República se produjo en el momento del derrumbe de los partidos tradicionales y revestido de un aura de triunfador muy del gusto de la parte de la sociedad italiana que adora los trajes caros. Su visión maniquea de la realidad transalpina y su palpable racismo constituyen valores profundamente arraigados y extendidos en el norte italiano. Son varias las razones que, pese a la falta de contestación oficial por parte del equipo de Barack Obama, llevaron a su portavoz Robert Gibbs a decir como toda contestación: «No he estado en Italia jamás, pero por televisión parece preciosa». Lacónico y terrible. Italia no parece preciosa, sino que lo es; pero no es tanto un país cohesionado y un Estado eficaz cuanto un lugar, una evocación, un recuerdo, una sombra de lo que fue.
Uno de los aspectos más polémicos de Berlusconi es que mantiene un férreo control sobre los principales canales privados de televisión mientras que, como presidente del Consejo, ejerce su dominio sobre las televisiones públicas. Tiene en sus manos la principal herramienta de creación de opinión pública, y la utiliza. Habló meses atrás en Naciones Unidas ante un hemiciclo semivacío, pero la RAI intercaló imágenes de un auditorio muy concurrido, extraídas de la presencia de otro líder. Es sólo una anécdota. Lo grave es que ya ejercía control sobre la televisión y otros medios de comunicación cuando Italia se vio sacudida hace quince años por el escándalo conocido como Tangentopoli ('ciudad del soborno': Milán), un gravísimo escándalo, pero de suma y sigue en un país que ha tenido 62 gobiernos en los últimos 63 años, que fue profusamente aireado por los medios de comunicación, entre ellos muy activamente los de Berlusconi. Tangentopoli supuso el fin del sistema tradicional de partidos en Italia. Fulminó al Partido Socialista de Bettino Craxi y a la Democracia Cristiana, e hirió al Partido Democrático de la Izquierda, ex PCI.
Estos partidos no lograron refundarse, sino que fueron sustituidos por otros nuevos, entre ellos Forza Italia, de Berlusconi (que, elocuentemente, tomó su nombre del grito de apoyo más popular a la selección italiana de fútbol; hoy se llama 'Pueblo de la Libertad') y otras formaciones como el viejo y neofascista Movimiento Social Italiano (rebautizado como Alianza Nacional) de Gianfranco Fini, o la Liga Lombarda (después Liga Norte) de Umberto Bossi, ambos compañeros intermitentes de viaje de Berlusconi en la intermitente política de alianzas y gobiernos que padece Italia desde hace décadas. Forza Italia se instituyó como uno de los dos grandes partidos italianos sólo dos meses después de constituirse. Basaba su reclamo en la figura de su líder, un Berlusconi francamente obsesionado por ocultar con sucesivos injertos su pálida e irreversible calvicie, un 'imprenditore' bajo numerosas sospechas de corrupción, de las que ha llegado a escapar cambiando la ley para que no le fuera aplicada. Sobre estos mimbres se edifica la política de un país, Italia, tan golpeado por Tangentopoli que informalmente se habla de Segunda República para referirse al periodo abierto tras el escándalo de 1992. Berlusconi es el presidente de gobierno de un país profundamente desestructurado y asolado por múltiples problemas, entre ellos una gravísima falta de cohesión territorial e integración social.
Milán era y es el santo y seña de una significativa facción de la sociedad lombarda. Una facción políticamente próxima a la Liga de Bossi, pero con valores extendidos más allá de esas siglas: población atenta al acento del interlocutor y celosa de su propio dialecto, orgullosa de su secular abundancia, ensimismada en el lujo de la moda y el esplendor y el poder pasados y cerrada casi herméticamente a los inmigrantes meridionales, a los que se refiere despectiva y coloquialmente como 'terrone'. Berlusconi pertenece a ese fragmento de la sociedad milanesa para la que el racismo interior es cotidiano e indetectable, de tan arraigado y común. Una sociedad segregacionista, para la que el sur italiano, hermoso y vital hasta la insolencia, representa un lastre y un impedimento respecto a su propio desarrollo. Una ideología desintegradora en un país en desintegración, gobernado por un Berlusconi para quien hablar del bronceado de Obama es sólo una broma sin importancia.
Máximo mandatario elegido por un país que siempre ha sabido desarrollarse y evolucionar al margen de la escena política, el Silvio Berlusconi narcisista y acicalado que reta a la prensa, menosprecia a los opositores y bromea sobre la homosexualidad simulando que sodomiza a su chofer en el parking del palacio de Gobierno, convirtiendo al difunto Borís Yeltsin en icono del comedimiento, es uno de los políticos supervivientes del siglo XX en la misma medida en que Obama es saludado como el primer gran mandatario del siglo XXI. Son lo viejo y lo nuevo. Si el impulso victorioso de Obama acabará trascendiendo las fronteras norteamericanas para renovar un mundo agostado, el laboratorio político que Italia representa -así lo definió Berlusconi- se verá removido en sus cimientos: no hay dos Italias, ni blancos o negros, y el espléndido país mediterráneo aguarda todavía, con las viejas manos del magnate del falso tupé aferradas a sus mandos, su ingreso en el nuevo siglo. De todo cuanto ha dicho Berlusconi sólo una cosa resulta ser verdad irrefutable: es más viejo que Obama. Pronto será más viejo que la propia Italia. Forza, Italia.