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Rocío Estepa sufrió «la muerte más angustiosa» con diez minutos de agonía
JUICIO. Martín Javier a su entrada a la Audiencia para ser juzgado. /FRANCIS J. CANO
Una sonrisa que le llenaba la cara e irradiaba ganas de vivir. Unos ojos con una chispa especial. Son los rasgos de Rocío Estepa que todo el mundo recuerda dos años y un mes después de su desaparición. Ayer los forenses explicaron al jurado que juzga al autor confeso de su muerte cómo se truncó la sonrisa. Como se apagó la chispa. Con la lógica brutal de la física aplicada al cuerpo humano. Más brutal aún por cómo pasó: Rocío sufrió «una muerte de las más angustiosas que existen, de las que provocan más agonía». Lo más probable es que Martín Javier O., su pareja, primero intentase estrangularla. Después usó una almohada o una colcha -o incluso es probable que se subiese sobre ella poniéndola bocabajo contra el colchón y apretase en la nuca- para no dejar que entrase ni saliese aire de su cuerpo. Durante muchos minutos.

Primero Rocío perdió la conciencia. El forense fue muy didáctico en su explicación: «Al no tener la oxigenación que el cerebro necesita, éste desconecta. Se produce la inconsciencia». Después llegó la alteración cortical del cerebro. El cuerpo sufrió convulsiones, sacudidas, pequeños ataques. El bulbo raquídeo falló. El corazón y otros órganos vitales se pararon. Y llegó la muerte.

«Como un globo»

Para completar este proceso, física pura, se necesitan entre cinco o diez minutos aplicando «una fuerza muy importante, extremadamente importante». Todo ese tiempo duró la terrible agonía. Hasta que explotaron los alveolos. «¿Cómo un globo?», preguntó el abogado de la acusación, con esa fría lógica de la mecánica aplicada a la muerte que ayer gobernaba la sala de vistas de la Audiencia. «Como un globo», asintió el forense.

Rocío además tuvo pocas oportunidades de defensa. Nada más entregarse, Martín fue reconocido por los médicos, que no reflejaron ninguna herida típica de pelea en sus informes. Las huellas en el cuerpo de Rocío tampoco indican que tuviese muchas oportunidades. Hematomas en los brazos típicos de haber sido agarrados con fuerza. Un moratón en el tercio medio del muslo derecho propio de un golpe. Y restos de la piel de él bajo las uñas.

Los labios de Rocío hablaron en su cuerpo sin vida durante la autopsia: presentaban heridas internas, con los dientes impresos en el tejido. Cuentan que le apretaron la boca con fuerza, para que no respirase. Por fuera no había grandes morados, lo que indica que usaron un objeto blando y maleable para asfixiarla. Tampoco los leves moratones del cuello tienen «la suficiente entidad como para provocar la muerte». Aunque sí le oprimieron la tráquea.

La ausencia de señales defensivas grandes contrastan con que «la posibilidad mayor es que hubiera resistencia y fuerza», indican los forenses. Toda la fuerza capaz de hacer una mujer de 29 años, sana, en la que no se encontró rastro de alcohol o drogas que mermasen sus facultades.

Martín explicó el lunes, en la primera sesión del juicio, que en el calor de una fuerte discusión empujó a Rocío sobre los pies de la cama. Que la cogió de las mejillas mientras ella estaba sentada. Que ella reculó hacia el cabecero. Que él iba siguiéndola mientras que ambos se gritaban. Que su cabeza estaba contra la oreja de ella, que no veía el cuerpo. Y que cuando se dio cuenta sólo él estaba gritando. Que sus manos estaban sobre el cuello de ella. Y que cuando se dio cuenta Rocío estaba tendida a su lado, «como dormida». La física más brutal desmontó ayer su historia. Aunque el resultado es el mismo. Ya no había vida en la sonrisa ni chispa en los ojos de Rocío.
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