SOCIEDAD

BIOGRAFÍA
-¿Cómo supo por primera vez que quería dedicarse a la ciencia?
-Yo casi lo supe desde pequeña. Aunque en los años 50 las mujeres apenas podían acceder a la Universidad, yo sí pude elegir. Estudié Química pero creo que con un fin muy distinto al de mis escasas compañeras de carrera.
-¿Qué significó Severo Ochoa en su carrera?
-Fue mi maestro y me ayudó a forjar una fértil y sacrificada carrera científica. En un mundo en el que nadie confiaba en las mujeres, él apostó por mí. Incluso cuado yo llegué con mi marido a Nueva York decidió separarnos profesionalmente. Lo hizo con toda la intención y por nuestro bien, nos dijo: «Estaréis en distintos grupos de trabajo. Si no aprendéis otra cosa, al menos hablaréis inglés».
-Desde su perspectiva, ¿cómo ha visto la evolución de la ciencia en estos 40 años de investigación?
-La verdad es que cuando mi marido y yo regresamos a España, en 1967, apenas existía la posibilidad de hacer grandes investigaciones. En realidad fue gracias a que trajimos ayuda americana y pudimos comenzar. Hoy en día todo ha crecido mucho y aquí en nuestro país hay grandes centros de investigación, y universidades en las que los jóvenes científicos pueden formarse.
Una relación de amor
-En una profesión que en algunos momentos puede resultar tan controvertida, ¿dónde cree usted que están los límites de la ética?
-Los límites de la ética los pone el ser humano que hay en cada científico. Cada uno debe de comprometerse con aquello en lo que realmente cree, y en ocasiones plantearse todo de nuevo y adaptarse a los agigantados pasos que experimenta la ciencia.
-¿Qué puede hacer la ciencia para mejorar el mudo?
-En este momento, con el descubrimiento del genoma humano tenemos muchas posibilidades de determinar el origen, las causas, de las enfermedades relacionadas con la genética. Eso es un gran paso porque quizás dentro de poco podamos vencer muchas de las plagas de este siglo. Pero la ciencia no lo puede todo y mucha culpa del mal funcionamiento del planeta la tienen la política y el mal reparto de la economía.
-Existe el mito de que los científicos tienden a ser fríos y más prácticos que idealistas, pero ¿qué es lo que les humaniza realmente?
-Quizás la forma que cada uno tenemos de enfrentarnos a la ciencia, y posiblemente lo que sentimos por ella. Es prácticamente una relación de amor y pasión en la que en muchos casos se deja todo.
-Y hablando precisamente de ese amor, ¿qué hay de ciencia en el amor?
-En mi caso mi amor por la ciencia fue el que me llevo a conocer el 'amor'. Me encontré con mi marido cuando inicié mi tesis doctoral y he permanecido unida a él hasta que falleció hace casi 10 años. Él supo entenderme, y en su momento se apartó para que yo tuviera un nombre propio y no fuera la 'mujer de', algo muy habitual en aquella época. Él para mí ha sido mi gran maestro. Creo que amor y ciencia, ciencia y amor son todo uno.
-Además de con el trabajo, ¿con qué se divierte y se evade?
-Me gusta mucho la música y el arte. Busco las ocasiones para acudir a conciertos y visitar exposiciones. Cuando era más joven jugaba al tenis, pero ahora me conformo con animar a los tenistas desde el sillón. ¿El cine? Me gusta, pero no la ciencia ficción; no puedo creérmela, está muy lejos de ser ciencia.
-Usted comenzó desde muy joven, ¿cómo cree que se puede transmitir a la juventud de hoy esa pasión por la investigación?
-Yo creo que con ese 'gusanillo' se nace, aunque evidentemente es posible fomentar el interés. Debemos hacer que la ciencia sea un pariente más cercano.





