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LACERRADURA
El pavo
27.12.07 -

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ERA un pavo de buena familia. Había crecido en una granja industrial, pero era lo de menos. La granja estaba en un bonito valle, había montañas a su alrededor, lo primero que vieron sus ojos a través de la blanca cáscara fue el culo de una gran pava. Qué felicidad. Fue alimentado con el mejor grano, recibió el cariño de las máquinas, la profilaxis de las inyecciones de hormonas, apenas tenía unos meses cuando ya era un individuo adulto que pudo pelar la pava. Cuestiones de producción. Los machos más sanos son seleccionados para asegurar el futuro de la especie. Cuando yo lo conocí era ya un pavo hecho y derecho. Me habían encargado un reportaje sobre la industria avícola en Andalucía Oriental, y fue un amor a primera vista: apenas pude resistir la conmoción de sus ojos despiertos, el rojo rubí de su papada, la cadencia de su gluglú cuando me dijo hola y esa cresta erecta sobre la cabeza, símbolo erótico de tiempos arcanos. No me costó trabajo convencer al dueño de la fábrica para que me lo vendiese. De hecho, me lo regaló, después de promesas sobre su fama inmediata. Así que me llevé el pavo a casa. Era el primero de octubre. Recuerdo bien ese día, cómo no iba a recordarlo, si se iniciaba la época más feliz de mi vida. Lo llamé Pepe, y desde entonces han pasado casi tres meses, cargados ya de la melancolía del amor perdido o del esfuerzo inútil. Ay, mi Pepe, luz de mi vida, pecado mío, alma mía, fuego de mis entrañas. En fin: mi pavo Pepe.

Al principio todo fue bien. Nos acostumbramos a comer juntos, a dormir juntos, a lavarnos y a vestirnos juntos -la delicia de las plumas desde la boca a los pies, y esas cosquillitas tan gustosas-, a trabajar y a pasear juntos. No tengo que decir que nos convertimos en la envidia del barrio. Los vecinos apenas podían explicarse de dónde había sacado ese pavo tan garboso, que meneaba sus caderas levantando pasiones y abriendo los estómagos. Y además era educado, valiente, generoso. Siempre te abría la puerta de casa, te dejaba el mejor asiento en el autobús, alejaba a las malas compañías a picotazos, sacaba la basura, compraba el periódico. Ni siquiera me importaba el ruido desagradable que hacía al comer, ni que mi ropa interior oliese ya como la granja. Era un señor pavo. Y ahí empezaron los problemas.

Su aspecto debió despertar en mí instintos atávicos, ocultos hasta entonces en mi subconsciente. Pero cuando lo miraba, ya no veía a Pepe, mi Pepe. Los síntomas comenzaron por una salivación excesiva cuando se sentaba a mi lado, cuando lo veía andar por el pasillo, sobre todo cuando nos encontrábamos en la cocina. De pronto no podía de dejar de mirar fijamente el horno, los cuchillos, las fuentes, y por la noche sufría sangrientas pesadillas. Confieso que lo planeé todo meticulosamente. Ni siquiera me conmovieron la ternura de sus ojos tan queridos, las súplicas de esa voz de terciopelo. Lo maté, lo desplumé y me lo comí. Fue en el día de Navidad, y no tengo ningún cargo de conciencia. Era un pavo, coño.

Felices fiestas.
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