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Emmanuel Macron.
Emmanuel Macron. / Patrick Kovarik (Afp)

El mirlo blanco del liberalismo busca un hueco como antisistema

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  • Nadie admite que Macron, situado al margen de los partidos tradicionales, pueda ser una amenaza, pero todos reconocen que es un fenómeno imprevisible que llega en tiempos inciertos

  • La polémica dominó buena parte de su periplo al frente del Ministerio de Economía, desde donde aireó de forma repetida sus divergencias con la línea gubernamental

  • Donde unos ven al niño mimado de la empresa, sus defensores perciben a un hombre sin prejuicios, con voluntad modernizadora y osadía para enfrentarse a un país esclerotizado

El nombre de Emmanuel Macron despierta estos días una sonrisa nerviosa en políticos a derecha e izquierda de Francia: nadie admite que, situado al margen de los partidos tradicionales, pueda ser una amenaza, pero todos reconocen que es un fenómeno imprevisible que llega en tiempos inciertos.

La pregunta que flota en el aire es si su candidatura presidencial, anunciada hoy, responde a una burbuja mediática alentada por los magnates que lo respaldan, o si existe en realidad hueco para que un rebelde aspire al Palacio del Elíseo.

En solo dos años al frente del Ministerio de Economía, Macron se convirtió en una referencia para el liberalismo -por mucho que el término produzca sarpullidos en la izquierda gala-, más querido por los empresarios que por los sindicatos. No es casual por tanto que se dispute con el primer ministro, Manuel Valls, el título de heredero del padre del socialismo liberal francés, el recientemente fallecido Michel Rocard.

El pasado 30 de agosto se consumó su salida del ministerio que dirigía, desde el que trató de inyectar moderadas dosis de liberalismo en una economía que percibe anquilosada. Desde entonces, ha ido desvelando a cuentagotas su credo político, con el que pretende erigirse como un candidato antisistema que todavía no ha sido engullido por el mismo 'statu quo' que hoy ha denunciado al postularse para el Elíseo.

Enfrentamiento con Valls

La polémica dominó buena parte de su periplo al frente de Economía, desde donde aireó de forma repetida sus divergencias con la línea gubernamental y no dudó en enfrentarse dialécticamente con Valls, mientras su valedor, el presidente François Hollande, callaba.

Macron ya había dejado clara su intención de agitar el tablero con el movimiento político que creó el pasado mes de abril, '¡En marcha!', en un aldabonazo que marcó su voluntad de cabalgar solo, al margen del Partido Socialista, al que dejó de estar afiliado en 2009.

Más allá de la producción de su ministerio desde que fuese designado como su titular en agosto de 2014, el rostro del político, de 38 años, se ha convertido en uno de los más reconocibles de la escena pública, donde genera reacciones encontradas. Donde unos ven al niño mimado de la empresa, sus defensores perciben a un hombre sin prejuicios, con voluntad modernizadora y osadía para enfrentarse a un país esclerotizado.

Óptimas relaciones con la elite financiera

Las óptimas relaciones de Macron con la elite financiera son un hecho que su biografía no esconde. Hijo de dos médicos de Amiens (norte del país), Macron se formó en el gran vivero galo de cargos públicos, la ENA (Escuela Nacional de Administración), donde coincidió con una promoción que hoy copa importantes puestos en el Estado. Tras completar sus estudios comenzó a trabajar como inspector de finanzas, antes de desembarcar en la empresa privada de la mano de la banca de negocios Rothschild en 2008.

Su pecado original, no haber sido nunca elegido para un cargo en unos comicios, le privó de convertirse en ministro del Presupuesto en el primer Gobierno de Valls. Decepcionado, decidió regresar a Rothschild, del que llegó a ser socio, un perfil que le granjeó críticas de la parte del ala izquierdista del socialismo. Y que también le hizo muy rico: su papel en la operación de compra por Nestlé de una filial de la farmacéutica Pfizer, valorada en 9.000 millones de euros, le convirtió en millonario.

Macron compaginó su trabajo en la banca con la colaboración con el entonces candidato Hollande, quien le encargó las relaciones con los empresarios. Una vez en el Elíseo, le designó consejero económico, un puesto al que muchos otorgan más poder que al ministro de Economía, adonde llegaría para reemplazar a Arnaud Montebourg, también aspirante a la Presidencia.

En Bercy, sede del ministerio, dejará como mayor legado la ley que lleva su nombre, un texto que contiene una tímida liberalización y cuyas disposiciones principales estipulan la ampliación de cinco a doce los domingos al año en que los comercios pueden abrir en las zonas turísticas y la desregulación de profesiones como la de notario.

Avezado músico (ganó premios como pianista en el conservatorio de Amiens) y lector de filosofía, su ubicuidad en los medios franceses se amplió al 'papel couché' por el perfil de su esposa, Brigitte Trogneuxm, antigua profesora suya en el instituto y 24 años mayor que él.

Macron siente que le ha llegado la hora de volar solo, pero, como ha admitido hoy al presentar su candidatura, sabe que no faltarán las zancadillas desde ambos lados.