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La Revolución de Terciopelo cumple 25 años con sentimientos cruzados

Dos caras de la revolución: la retirada de una estatua de Josef Stalin (i) tras la caída del régimen comunista en la República Checa y el cantautor Karel Kryl
Dos caras de la revolución: la retirada de una estatua de Josef Stalin (i) tras la caída del régimen comunista en la República Checa y el cantautor Karel Kryl / EFE
  • El 16 y 17 de noviembre de 1989, Bratislava fue el escenario de protestas estudiantiles que fueron la mecha que derrocó la dictadura comunista checoslovaca

Después de 25 años de la Revolución de Terciopelo que en 1989 derrocó a la dictadura comunista checoslovaca, los ciudadanos afrontan la fecha con sentimientos cruzados, entre el optimismo por la libertad recuperada y la decepción por los sueños que no han llegado a cumplirse.

El 16 y 17 de noviembre de 1989 se produjeron en Bratislava y Praga grandes manifestaciones estudiantiles contra el régimen, que terminaron con unos 600 heridos en enfrentamientos con la policía. En pocos días, el movimiento se convirtió en un fenómeno de masas que acabó con el poder comunista, que como piezas de dominó fue cayendo ante la enorme presión ciudadana y los cambios en otros países socialistas vecinos.

De esta forma, se fue abriendo el paso hacia el poder de los hasta entonces líderes de la disidencia, como el escritor y dramaturgo Vaclav Havel, quien fue investido como presidente checoslovaco el 29 de diciembre de 1989, lo que supuso el colofón a una revolución sin derramamiento de sangre. "Al principio hicimos un 'borrón y cuenta nueva' con el pasado, al no llamar a las cosas por su nombre, de forma clara y precisa, como que detrás de los errores del comunismo hay personas responsables", explica la ex primera ministra eslovaca Iveta Radicova.

En unas declaraciones en Praga, la política democristiana lamenta que tanto en la República Checa como en Eslovaquia se haya llegado a un "acuerdo tácito con el poder anterior (comunista)" que permitió a los exgobernantes simplemente "cambiarse de chaqueta".

Al final, asegura Radicova, se configuró lo que el destacado académico británico Timothy Garton Ash ha calificado como una "democracia de nomenclatura". Tras la euforia inicial, los problemas entre las dos entidades que formaban Checoslovaquia se pusieron en evidencia y el país se dividió en 1993 de forma amistosa en la República Checa y Eslovaquia.

Solo a partir de la Revolución de Terciopelo , Eslovaquia "pudo decidir si la modernización la hace en un estado conjunto o como república independiente", recuerda Peter Weiss, entonces uno de los líderes comunistas eslovacos y hoy embajador de su país en Praga. "Ha quedado claro que la decisión de separación, por la tensión que había entre la elite política, fue acertada", explica.

Entrada en la UE

En todo caso, el diplomático eslovaco destaca que con la entrada en la Unión Europea (UE) en 2004 ambas repúblicas son socias de nuevo en un proyecto compartido. Pese a la mejora de los niveles de vida, el PIB per cápita continúa en ambos países un 25 % por debajo de la media de los 28 países de la UE, aunque al mismo nivel que Portugal, un país con más tiempo de pertenencia al club comunitario.

El foco de desarrollo en ambos países está centrado alrededor de las capitales, con Praga convertida en un imán turístico y Bratislava en un atractivo centro industrial por sus bajos salarios y cercanía a los países del centro de Europa. Pero, por encima de estadísticas económicas, los cambios democráticos han permitido a toda una nueva generación decidir por sí mismos sobre su vida y su destino.

"A diferencia de mis padres, todo depende hoy de otras cosas y no del juicio que el Partido Comunista emita sobre uno", cuenta a Efe el alcalde de Praga, Tomas Hudecek, quien, a sus 35 años de edad, tiene solo recuerdos infantiles del sistema socialista. La sociedad checa es hoy, en su opinión, "más tolerante, abierta, liberal y menos agresiva" que antes.

En todo caso, el edil sin afiliación política y geógrafo de profesión añade que se ha pasado "del comunismo a un individualismo extremo", aunque al mismo tiempo echa en falta más capacidad de asumir riesgos y emprender por cuenta propia. El cambio ha llegado también gracias a las nuevas tecnologías que abrieron tras la caída del Telón de Acero nuevos horizontes a una generación de checos y eslovacos.

Una de ellas es la informática checa Tatana le Moigne, de 46 años de edad, quien fue la primera ciudadana de Europa del Este excomunista que logró ser contratada en los años noventa por Microsoft en su sede europea de Múnich. "Me abrió la mente y fue único. Y aprendí a sobrevivir en un paisaje competitivo, y también a cultivar las buenas formas en el trato social", recuerda Le Moigne, quien dirige desde 2006 la división checa de Google.

Su ejemplo demuestra que muchos de estos jóvenes, que salieron en los años noventa a conocer el mundo, al final volvieron a su tierra. "Si no volvemos a Praga, mis hijos no entenderán los giros del idioma y el sentido del humor", cuenta Le Moigne. Es el caso también del escritor eslovaco Michal Hvorecky, que vivió durante años en Alemania y cuyas obras han sido traducidas a numerosos idiomas, como el alemán, polaco o italiano.

"Tenía interés en mi identidad eslovaca, seguía las noticias de mi país, ya que nadie en Hamburgo hablaba en eslovaco conmigo", recuerda el escritor. "Al final, decidí volver para ayudar a la comunidad, a la que no quería dejar solo en manos de los políticos", concluye Hvorecky