Bestialidad sin fronteras

El escenario de la masacre ha sido un templo musulmán de rito sufí, seguramente muy moderado para los fanáticos que aprovecharon la concentración del rezo semanal de los viernes para desencadenar una masacre

El lugar de la masacre./Efe
El lugar de la masacre. / Efe
DIEGO CARCEDO

Para el yihadismo no hay fronteras ni geográficas, ni políticas ni religiosas. El atentado contra la mezquita de Al Raudá, en una localidad –Bir al Abed- de escasa importancia del Norte del Sinaí, lo demuestra. En esta ocasión ha sido un templo musulmán de rito sufí, seguramente muy moderado para los fanáticos que aprovecharon la concentración del rezo semanal de los viernes para desencadenar una masacre. Una más en la corta pero terrible historia del terrorismo islamista y una de las que deja un saldo mayor de víctimas mortales, 270 y muertos y otros tantos heridos; más víctimas incluso que las de los atentados perpetrados hace trece años en Madrid.

El Sinaí es una península semi desiértica que desde su devolución a Egipto, después de varias décadas ocupada por Israel durante la Guerra de los Seis Dias, ha caído de manera galopante bajo el control del ISIS que la convirtió en una provincia del Califato o Daesh. La gran extensión del territorio y la práctica imposibilidad de ejercer un control policial estricto facilitó su implantación, en algunos casos a través de la mentalización en el fundamentalismo y en la mayoría de los núcleos urbanos a través de la violencia y el miedo. Aunque el Gobierno del mariscal Abdelfatá al Sisi intenta actuar con contundencia, la realidad es que las fuerzas de seguridad no consiguen hacerse con el control pleno.

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Ya han sido varios los atentados cometidos en la Región y casi todos ellos contra mezquitas que no secundan la prédica del rigorismo con que los yihadistas intentan imponer sus creencias y, peor aún, sus actitudes y comportamientos, para muchos fieles nuevos e implacables. El Sinaí queda lejos, al menos en apariencia, del Occidente castigado a diario por la amenaza del terrorismo más salvaje que recuerdan los tiempos modernos. Pero lo que allí acaba de ocurrir demuestra que para los fanáticos que pretenden imponer su autoridad por encima de todo, incluido el derecho a vivir de cualquier ser humano, no existen diferencias entre sus objetivos potenciales. La moda reciente del asesinato de viandantes inocentes atropellados con un coche o apuñalados con un cuchillo, se completa con matanzas masivas como la que hoy estremece al mundo.

Ante hechos así, las noticias de lo ocurrido –una bomba en la mezquita y enseguida unas prolongadas ráfagas contra los sobrevivientes– se rematan con las promesas de los gobiernos de luchar contra esta lacra y con los análisis de los expertos, más comprometidos con la realidad de los hechos. Frente a la impotencia de los primeros y la frialdad con que lo exponen los segundos, la realidad es que vivimos ante un peligro grave, una amenaza de un sadismo incalificable, y con unas posibilidades de hacerle frente muy escasas. Matar es fácil, hay mil formas de hacerlo, y convencer a los asesinos profesionales y potenciales de que ese no es el camino para el respeto y la convivencia entre los pueblos, se está demostrando muy difícil.

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