Ideal

El apagón

Era julio de 1976. El Rey Juan Carlos acababa de nombrar Presidente del Gobierno a Adolfo Suárez, a la sazón Ministro del Movimiento Nacional. Un conocido historiador de la época –de cuyo nombre sí puedo acordarme- publicó un artículo en la prensa nacional bajo el título “El Apagón”, describiendo la enorme decepción que el nombramiento le había supuesto y pronosticando toda clase de desastres para la transición democrática que entonces se iniciaba. Afortunadamente para los españoles, el historiador se equivocaría diametralmente, y la transición sería un éxito extraordinario, y así quedó para la Historia.

Durante la madrugada del pasado martes al miércoles, cuando se confirmó la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales americanas, me acordé de ese artículo y yo mismo tuve también esa sensación: el mundo ha sufrido un apagón. Que la mayor democracia del mundo haya elegido a un personaje como Trump puede ser síntoma de muchas cosas –casi ninguna de ellas positiva-, pero, en todo caso, habrá que concederle el beneficio de la duda, al menos durante un tiempo.

Las causas de este resultado electoral tan inesperado –sobre todo para la prensa y las empresas de encuestas, pero éste es otro tema- son múltiples, y ya han sido tratadas hasta la saciedad en el corto espacio de tiempo transcurrido desde el martes. Quizás el mejor resumen de ellas venga de la frase de la famosa actriz Susan Sarandon, que dijo aquello de que “el miedo a la victoria de Trump no es suficiente argumento para votar a Hillary”. Es decir, el candidato republicano era nefasto, pero su contrincante no le andaba a la zaga.

Pero no debemos llorar por la leche derramada, Trump va a ser el presidente de los EEUU porque así lo han querido los ciudadanos norteamericanos y nada se puede objetar a eso. Por ello, quizás más interesante que analizar las causas de la elección, sea profundizar en las posibles consecuencias, sobre todo en lo que toca a Europa, y por ende, a España.

En el caso de que Donald Trump pudiera llevar a efecto sus disparatadas promesas electorales, se revisarían, entre otros, los Tratados de Libre Comercio, el Tratado de París sobre el cambio climático, o la posición de EEUU en la OTAN. Cualquiera de estas tres medidas nos afectaría muy directamente: nuestras exportaciones se verían dificultadas (no olvidemos que EEUU es nuestro mayor socio comercial después de la Unión Europea); el problema del cambio climático se recrudecerá si la mayor potencia industrial del mundo no cumple sus cuotas de emisiones, en perjuicio de nuestra salud; y estaremos peor protegidos en el Mediterráneo si los americanos desisten de involucrarse –o minoran su aportación- en la defensa de Occidente.

Pero a mi juicio, hay un nubarrón mayor en el horizonte, que ha quedado patente al poco de proclamarse el resultado, con el entusiasmo mostrado por los líderes populistas europeos: Le Pen, Farage, Orban. Lo peor de cada casa.

Un efecto dominó en Europa, provocado por el auge de los movimientos populistas, traería consecuencias imprevisibles para la supervivencia de la débil Unión Europea, que vive en estos momentos una situación crítica. Tras el Brexit, el impulso que supone la elección de Trump a la proliferación de estos movimientos (todos ellos de corte antieuropeista) en países como Francia, Holanda o Austria –o incluso Alemania- pueden dejar herida de muerte a la ya enferma Europa. En ese escenario, indudablemente, sólo podemos perder, y sólo por esto, la noticia de la elección de Trump no puede ser peor.

Ojalá me equivoque, como se equivocó el historiador de entonces. Algún rayo de luz o de esperanza tiene que haber, y el mejor que se me ocurre es el de las propias instituciones americanas. El Presidente es, como se suele decir, el hombre más poderoso del mundo, pero eso no significa que lo pueda todo, ni que tampoco pueda hacer lo que quiera. Tras más de doscientos años de Constitución y democracia, los EEUU han desarrollado un sistema de “checks and balances” que implica que Trump estará controlado por las Cámaras y por los Tribunales, de manera que habrá límites que no podrá rebasar, aunque lo pretenda, e incluso aunque lo haya prometido electoralistamente.

Recordemos aquí al viejo profesor, Enrique Tierno Galván, que dijo aquello de que “los programas electorales se hacen para no cumplirse”. Esperemos que así sea y que impere la racionalidad y el buen sentido, pues es muchísimo lo que hay en juego. La apuesta de los americanos, sin duda llevados por la desesperación ante la crisis económica no del todo superada y ante un establishment político de clanes familiares, -tan denostados por ellos mismos cuando ocurren más abajo del Río Bravo- es muy arriesgada: un presidente demagogo, xenófobo, machista, maleducado, fanfarrón, defraudador de impuestos y sin preparación política ni experiencia no es el mejor bagaje para sentarse en el Despacho Oval.