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Brexit: ya están en la pole position

Finalmente, el Tribunal Supremo británico ha resuelto que será el Parlamento, y no el gobierno, el que debe invocar la aplicación del artículo 50 del Tratado de la Unión Europea para la salida de Reino Unido de la Unión Europea. Sin embargo, esto no supone en la práctica ningún revés para el gobierno británico. En primer lugar, porque el Tribunal Supremo ha determinado que el parlamento escocés no debe votar. En segundo lugar, porque son muy pocos los parlamentarios de los partidos políticos mayoritarios que van a votar en contra de la salida. Presentarán enmiendas, habrá un cierto debate, pero ya han declarado que, en su mayoría, van a votar según la disciplina de sus partidos, esto es, a favor. Y en tercer lugar, porque el gobierno, según parece, ya contaba con ello, y ya tiene preparada incluso la resolución que llevará al parlamento para su votación.

La Primer Ministro Theresa May tiene, por tanto, el camino despejado para iniciar el proceso de salida de la Unión Europea. Definitivamente tendrá lugar el Brexit, y éste será, según sus palabras, “limpio”, eufemismo para no decir “duro”, como se le venía llamando hasta la semana pasada. Pero el Brexit, le guste a ella o no, será “duro”, y lo será especialmente para su país, para Reino Unido.

Será duro el propio proceso de salida, por lo que va a conllevar de negociaciones a múltiples bandas, con la propia Unión Europea, con los sectores especialmente afectados (financiero, farmacéutico, aeroespacial, por poner tres), y con terceros países con los que se intentará llegar a nuevos acuerdos de libre comercio. Hasta que se consiga llegar, si es que se consigue, a esa especie de paraíso global de libre comercio que pintaba May la semana pasada, serán infinitos los recursos en tiempo y dinero que se habrán consumido en el intento. E infinitas las compañías (si no sectores) que se quedarán por el camino.

Será duro desde el punto de vista político, porque lo más probable es que se pierda Escocia (e Irlanda del Norte?).

Será duro especialmente para los jóvenes británicos, porque vivirán en una pequeña Bretaña, de espaldas a Europa, con la pérdida de oportunidades y de posibilidades que ello conlleva, no solo laborales sino también culturales y sociales. O, en todo caso, vivirán en la Singapur de occidente. No sé cuál de las dos opciones me parece menos apetecible.

Pero a los políticos, todo esto parece importarles muy poco. Podemos echarle la culpa del Brexit al populismo. Podemos seguir metiendo en el mismo saco al votante del Brexit y al votante de Trump. Pero nos estaremos equivocando. El voto a Trump ha sido un voto anti-establishment, anti élite política. El voto al Brexit debe mucho a la élite política británica, la élite del Partido conservador, y a veces también incluso, la del partido laborista. El camino a la salida de la Unión Europea no lo inició Farage con su UKIP. Tampoco comenzó a gestarse en la época de Cameron, que convocó el referéndum para externalizar el sentimiento anti europeo que tenía en el interior de su propio partido. Ni siquiera de Margaret Thatcher, gran euroescéptica. Ya desde que Reino Unido entró en la Comunidad Económica Europea en 1973, e incluso antes, en las negociaciones para la entrada, las relaciones han sido, cuando menos, disfuncionales. La referencia del Tratado de Roma a “una unión cada vez más estrecha” (“an ever closer union”) ha producido alergia a la mayoría de los gobiernos británicos y su retirada del Tratado ha formado parte de muchas negociaciones sin éxito.

También parte de la élite intelectual y académica ha propiciado el Brexit. Hay abundante literatura académica que apoya las tesis euroescépticas. El título “The euroescheptical reader”, editado por Martin Holmes, de la Universidad de Oxford, supone una buena recopilación al respecto. Y no sabemos qué habría opinado en la actualidad Tony Judt, pero en 1996 se autodefinía como “europesimista” en su libro “A grand illusion. An essay on Europe”. Todas estas ideas, de la élite política y académica, han creado un caldo de cultivo propicio a la desconexión del proyecto europeo. Lo que ha aportado Farage con su populismo ha sido, eso, la conexión con el pueblo. Agitando la bandera anti-inmigración y de la xenofobia, que no se encontraba entre los parámetros de la élite política o académica, ha conseguido dar la victoria al Brexit, haciendo un gran favor al partido conservador, a mi entender. La prueba es la falta de resistencia que están mostrando los parlamentarios ahora que tienen una cierta oportunidad. Sólo un miembro del parlamento del partido conservador ha declarado que votará en contra. En fin, que le deben un gran favor a Farage. Lo mismo le dan la Embajada en Washington.