Ideal

Obama frente a la Historia

Barack Obama medita apoyado en su sillón instantes antes de pronunciar un discurso en una escuela elemental de Connecticut.
Barack Obama medita apoyado en su sillón instantes antes de pronunciar un discurso en una escuela elemental de Connecticut. / PETE SOUZA
  • Cuando el presidente es ya un 'pato cojo' al final de su mandato, los analistas empiezan a valorar qué parte del sueño hizo realidad

No todos los presidentes tienen la oportunidad de reflexionar públicamente sobre su mandato durante la campaña para elegir a su sucesor. George W. Bush llegó a este momento tan desgastado por el apocalipsis de Irak que sus índices de popularidad eran los más bajos de la historia. Aparecer con él en un escenario hubiera perjudicado a su correligionario John McCain. Al Gore estaba tan enfadado con Bill Clinton por haberle mentido sobre su affaire con Monica Lewinsky que no quiso su ayuda, a pesar de que tenía el mayor índice de aprobación desde Eisenhower. George H. Bush ni siquiera pensó que fuera a perder la reelección frente a él. Estaba convencido de que aún gobernaría cuatro años más.

Barack Obama, sin embargo, trabaja para pasar el testigo a la mujer con la que compitió por el poder y a la que ha llegado a admirar como secretaria de Estado. Si Hillary Clinton gana las elecciones, ambos podrían protagonizar el periodo de gobierno demócrata más largo de la historia desde que Roosevelt y Truman sacaran a EE UU de la Gran Depresión. En su victoria le va a Obama su propio legado, porque al no haber tenido la colaboración del Congreso, la mayor parte de sus logros consisten en órdenes ejecutivas que Donald Trump podría revocar con una firma el primer día de su gobierno, como ha prometido.

Por eso siempre ha querido intensamente que le suceda un demócrata, más allá de la lealtad de partido, pero el éxito del excéntrico millonario de escasa talla moral ha sembrado en él una inquietante duda existencial. El contraste entre dos candidatos presidenciales nunca ha sido mayor, pero la diferencia en las encuestas es mínima. Obama, que hizo campaña con la promesa de unir al país y borrar sus divisiones políticas, sabe que los fanáticos de Trump son un símbolo de su propio fracaso. «Cuando pienso en todo el entusiasmo y la esperanza que teníamos en 2008 y 2012 y en todo el trabajo que hemos hecho, todas las promesas que hemos cumplido, uno a veces se pregunta: ¿Cómo hemos llegado al punto en que nos tengan tanto rencor?», se preguntó en una cena del Partido Demócrata en Ohio.

En su mente debían estar sucediéndose los rostros indignados de millones de trumpistas que gritan en los mítines «¡Enciérrala!» y aseguran por radio que ambos, el presidente y su septuagenaria delfina, «apestan a podrido, porque son el demonio y no te puedes lavar la maldad», según dijo el presentador de radio Alex Jones. «No es broma», insistió el locutor. A Obama eso le llegó al alma. «Dicen que olemos a azufre». Y a continuación se llevó la nariz al brazo: «¡Venga, hombre!».

Contra esos fanáticos que ha alumbrado el Tea Party y el Partido Republicano durante su presidencia no puede hacer nada, pero con los moderados a Obama le gusta recordar «el camino que hemos viajado juntos», suele decir. «Hemos salido adelante de la peor recesión económica desde la Gran Depresión. Nuestras empresas han cambiado las pérdidas de empleo por la creación de 15 millones de nuevos puestos de trabajo. Le hemos dado la vuelta a la industria automovilística y ahora fabrican los mejores coches del mundo, que se venden mejor que nunca».

«Le hemos dado un tajo a nuestra dependencia del petróleo extranjero –la gente ya ni siquiera nota que los precios de la gasolina son cada día más bajos–. Hemos doblado la producción de energías renovables, los salarios están subiendo entre todos los grupos demográficos, el año pasado se produjo la mayor reducción de la pobreza desde 1968 –desde que yo era niño–. El número de gente sin seguro médico es el más bajo que haya habido nunca: 20 millones de personas que no tenían antes seguro lo tienen ahora».

«Hemos traído más soldados a casa con sus familias. Le impartimos justicia a Bin Laden. Y hoy en EE UU, donde quiera que vivas, te puedes casar con la persona que ames. Hemos estado muy ocupados mejorando las vidas de la gente de todo el país. Prácticamente no hay indicador económico por el que no estemos sustancialmente mejor que cuando asumí el poder» hace ya casi ocho años.

Sanidad para (casi) todos

David Birdsell, decano de la Facultad de Asuntos Públicos e Internacionales de Universidad de Baruch, puede apuntar el malestar de uno de esos sectores demográficos que el presidente ve con desconcierto: «Los ingresos en el centro del país han caído catastróficamente entre los hombres blancos, más de un 20% desde 1992 entre la gente con estudios de instituto o menos. El sufrimiento es real».

Obama sigue siendo fiel al optimismo del candidato de la esperanza que le permitió ganar la presidencia en 2008, frente a la visión apocalíptica que tiene de su gestión Donald Trump. Son los expertos los únicos capaces de poner los puntos sobre las íes y empezar a definir su verdadero lugar en la historia.

La mayoría coincide en que la historia será más amable con él que la opinión pública actual, pero no tanto como la Academia sueca que le otorgó el Nobel de la Paz meses antes de jurar el cargo. Obama entró en la historia como el primer presidente afroamericano de un país que buscaba redimir su pecado capital, pero por orgullo y ambición hizo votos de que su legado no se redujera al color de piel.

A pesar de sus esfuerzos, casi todos los 53 historiadores consultados por la revista ‘New York Magazine’ coinciden en que primordialmente será recordado por eso, seguido de la reforma sanitaria en la que empeñó todo su capital durante los primeros dos años de su gobierno, en los que tuvo mayoría en ambas cámaras. La ley de Asistencia Sanitaria Asequible (ACA, por sus siglas en inglés) dividió al país como ningún otro proyecto legislativo y encabeza la lista de las que quiere anular el Partido Republicano si llega al poder. Obamacare, como él mismo ha aceptado que se llame popularmente, estará siempre ligada a su nombre pero su supervivencia no depende sólo del resultado electoral. El año que viene 1,4 millones de personas en 32 estados perderán su seguro médico a medida que las compañías de seguros a las que no les salen las cuentas del negocio abandonan el plan del Gobierno. El resto verá aumentar su factura una media del 25%, o entre 50 y 100 dólares al mes. En los cálculos para que a las aseguradoras privadas les cuadrasen los números aceptando a todos los ciudadanos con condiciones preexistentes a los que antes rechazaban se subestimaron los costes de los pacientes sanos, a los que ahora se les obliga a asegurarse. Una vez que lo pagan, también lo usan, y ahí es donde falla la aritmética.

El propio Bill Clinton reconoció hace tres semanas que esta ley es «la mayor locura del mundo», porque a la clase media se le han doblado las pólizas y reducido la cobertura. Trump promete anularla para reemplazarla «con algo mejor» que no ha definido. Hillary Clinton se compromete a defenderla y ampliar su cobertura, por lo que una vez más el legado de Obama dependerá del éxito que tenga la mujer que aspira a ser su guardián.

Plan de choque contra la crisis

Obama será también recordado por salvar a EE UU de la debacle económica en que lo dejó sumido George W. Bush. Países como España, Grecia o Portugal aún arrastran la crisis de las hipotecas basura que nació en Wall Street, pero la primera economía del mundo se recuperó rápidamente con una política contraria a la de la austeridad: el Plan de Estímulo Económico que inyectó 787.000 millones de dólares. Ni un solo republicano votó por él. El líder de ese partido en el Senado, Mitch McConnell, dejó claro meses después que su principal objetivo era lograr el fracaso de Obama para que fuera «presidente de un solo mandato», como Jimmy Carter. El demócrata le defraudó obteniendo la reelección en 2012, para orgullo de los afroamericanos. Su líder también les ha dejado «una presidencia sin escándalos –apunta Steven Taylor–, ni personales, ni de corrupción». Según este profesor de Gobierno de la American University en Washington DC, durante su primer discurso inaugural «Obama puso el listón de sus objetivos relativamente bajo, pero en cuanto llegó a la Casa Blanca se puso a trabajar en ellos y cumplió lo prometido».

Se le acusa de haber sido demasiado ingenuo en su intento de negociar con la oposición, que, como admitió después el líder del Partido Republicano, no tenía más objetivo que hacerle fracasar. Muchos, incluido Taylor, creen que en este rechazo visceral influyó su color de piel. Con Obama se perdió por primera vez el respeto a la figura del presidente. Se puso en duda su legitimidad cuestionando su lugar de nacimiento, se le acusó de ser musulmán y un senador republicano se atrevió a gritarle «mentiroso» en el sacrosanto Capitolio durante uno de sus discursos a las cámaras.

Los republicanos aún no lo sabían, pero al alentar ese extremismo en su seno estaban dando rienda suelta a una bestia que acabaría devorando el alma del partido de Lincoln y Reagan, ahora en manos de Trump. «No actuéis como si hubiera salido de ninguna parte», les dijo Obama la semana pasada. «Puede que en comparación otros republicanos parezcan mejor, pero no os olvidéis de que son los mismos que intentaron impedirnos que rescatásemos la economía, que votaron en contra de rescatar a la industria automovilística, que han intentado quitarle a la gente el seguro médico cada vez que han podido, que se niegan a votar la subida del salario mínimo y que se niegan a apoyar la igualdad salarial para las mujeres. ¿Tan difícil es eso? ¿Por qué querrías que tu hija gane 80 céntimos por el mismo trabajo con que el hijo de otro gana un dólar?».

James Thurber, director del centro de Estudios Presidenciales y del Congreso, autor del libro ‘Obama in Office’, advierte de que nada de eso le eximirá en el implacable juicio de la historia, donde sólo se le juzgará por lo que haya logrado y lo que no, sin recordar qué se lo impidió. Su legado lo define en los dos primeros años en el poder, en el que gracias a su exigua mayoría en ambas cámaras logró aprobar 388 leyes, o el 96% de las que propuso. «Más que Eisenhower, fue algo extraordinario», apunta.

Entre ellas destaca la Ley Dodd-Frank para volver a regular Wall Street y evitar que la ingeniería financiera vuelva a poner en jaque la economía mundial. La ley creó también una Oficina de Protección del Consumidor que pone límites a la letra pequeña y a las comisiones abusivas en las tarjetas de crédito. Una vez más, ni un solo republicano de la Cámara Baja le dio su voto.

La oposición también se opuso a la primera orden ejecutiva de Obama para cerrar Guantánamo prohibiéndole el traslado de los presos a territorio estadounidense y obligándole a obtener permiso del Congreso para extraditarlos. A menos de tres meses de que Obama entregue el poder el próximo 20 de enero, aún quedan 60 reos en la infame prisión. La historia no se lo perdonará, y él lo sabe.

Los drones no mueren

Donde sí parece ser juzgado con benevolencia por sus compatriotas es en la política internacional. Obama cambió la guerra de a pie en la que murieron 4.425 soldados estadounidenses por una guerra de drones por control remoto en la que el comandante en jefe dispone con sus generales, al margen de la justicia, quién debe ser ejecutado. Hospitales, colegios, bodas y cualquier civil que se encuentre cerca del objetivo, certero o errado, pude convertirse en blanco, pero «a los estadounidenses no les importa mientras no sean sus soldados los que mueren», admite Thurber. Según las cuentas del Gobierno, los drones de Obama sólo habrían matado un máximo de 116 civiles, una cifra que el ‘Bureau of Investigative Journalism’ eleva a 2.753 asesinatos.

Al comandante en jefe de los drones no le pesan esos muertos, lo que le remuerde es la intervención de Libia, que muchos consideran su particular Irak. Ahí donde Bush falló en anticipar el escenario que seguiría a la caída de Sadam Hussein, Obama admite que no planear el día después de la desaparición de Gaddafi «fue el mayor error de mi presidencia», dijo en abril pasado. Como en Irak, su ejército de soldados y mercenarios se ha diseminado por el norte de África desestabilizando el Sahel y alimentando el flujo de yihadistas en Siria.

Hay matices. Los primeros misiles que cayeron en Trípoli pudieron ser Tomahawk, pero la iniciativa de velar por un pasillo aéreo no partió de Washington, sino de París y Londres. A diferencia de Irak, la intervención contó con el apoyo internacional y el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU. Obama cumplía así el compromiso multilateralista que ha diferenciado su mandato y promete continuar su jefa diplomática.

El 44 presidente de EE UU no ha utilizado su liderazgo para alentar nuevas guerras, sino para obtener el consenso en la lucha contra el cambio climático que se materializó con los acuerdos de París. Cumplió su promesa de negociar con sus enemigos al firmar un acuerdo con Irán para desnuclearizarlo y romper la Guerra Fría con Cuba, donde hacía casi un siglo que no ponía el pie un presidente de EE UU.

A diferencia del cowboy al que sustituyó, rodeado de halcones, Obama ha sido más bien un guerrero renuente que creyó poder cambiar el mundo creando alianzas y tendiendo la mano a quienes les odian. Su discurso al mundo musulmán en la Universidad de El Cairo llegó apenas cinco meses después de ocupar la Casa Blanca, pero no logró reconciliar a los fanáticos con la estela imperialista que ha dejado su país. Cuando tocó poner freno al tirano en Siria, marcó una imaginaria línea roja con el uso de armas químicas que mermó su credibilidad. Tres años después, Siria continúa hundiéndose en el averno.

Su fama sufre de las expectativas que desató, pero la historia será más objetiva. Tiene aún tiempo para aumentar la huella. A los 55 años Obama deja la Casa Blanca en la plenitud de su vida, a una edad similar a la de Bill Clinton y Jimmy Carter. Como este último, hay quien espera que sea mejor expresidente que presidente. Una vez más, las expectativas se adelantan a sus hazañas.